– Bien, bien -dijo-. Veamos, de momento lo mas prudente es que continueis igual: siendo un aprendiz perfecto para vuestro Jean. Cumplid sus ordenes e intentad progresar en la orden. Deberiais averiguar que era esa «cosa» que vio Giovanno y cual fue la causa de su muerte. Sea lo que fuere lo que habia en ese saco, provoco que reforzaran vuestra comitiva con nueve caballeros. Debeis averiguar de que se trata, es obvio que es importante. Por otra parte, lo de renunciar al crucifijo, y el «ha resucitado», son aspectos que deberiais ir tratando con Jean poco a poco.
– ?Y lo de los sabios judios?
– Es otro misterio. Sin duda los necesitaban para traducir o descifrar textos antiguos, algo que hallaran en el Templo de Salomon.
– Creo que nunca llegaremos a entender nada.
– Tened paciencia Rodrigo, tened paciencia. Nos encontramos ante algo grande, muy grande. Vamos a tardar anos en averiguar lo que ocurre aqui. Sabed que el Temple es, hoy por hoy, muy poderoso. ?Que os parecieron sus instalaciones de Paris?
– Sencillamente impresionantes.
– No sabemos de donde sacan tanto dinero. Hay quien comienza a rumorear que han dado con el secreto de la alquimia; no tiene otra explicacion. Se han convertido en banqueros. Podeis depositar una cantidad de dinero, digamos, en Paris, y ellos os dan un pagare. Luego acudis a cualquier encomienda del Temple, por ejemplo en Jerusalen, y os devuelven vuestro dinero. Asi se puede viajar sin el riesgo que supone llevar grandes cantidades de oro. Ademas, son prestamistas. Creo que el mismisimo rey de Francia les debe un capital.
– Vaya.
– Progresad, haced lo que podais, amigo.
– Debo irme. Dentro de poco tocaran a maitines.
– Id con cuidado.
– Lo hare.
Rodrigo inicio de inmediato sus pesquisas. Decidio que lo primero que tenia que averiguar era que habian traido de Paris en aquel cofre. Jean se habia puesto muy contento al recibir el baul. ?Que contenia?
Concluyo que lo mejor era preguntarle directamente. De hecho, el no haber mostrado curiosidad por ello podia parecer mas sospechoso aun. Jean acostumbraba a dar un paseo a caballo por el valle todos los dias, al atardecer. Le gustaba que los lugarenos sintieran que vigilaba sus tierras, ya que era un senor duro y despiadado cuando se hacia necesario. De hecho, los tres paisanos que habian asaltado la posada enfrentandose a Rodrigo habian tenido que escapar, pues el comendador habia ordenado que se les ajusticiara por haber levantado la mano contra un noble.
Por otra parte, el cura que habia provocado la desgracia de Robert Saint Claire habia muerto desnucado. Que oportuna muerte…
Rodrigo sabia que bajo sus maneras amables Jean de Rossal escondia un talante duro y despiadado. Al comendador le agradaba que Rodrigo lo acompanara a todas partes. El aragones se estaba convirtiendo en una suerte de secretario de Jean, que delegaba en el mas y mas funciones.
Una tarde, aprovechando sus largas conversaciones en los paseos a caballo al caer el sol, Rodrigo le pregunto:
– Jean, ?que contenia el cofre que trajimos de Paris?
El comendador sonrio.
– Me extranaba que no me hubierais hecho esa pregunta.
– Me habeis ensenado a obedecer sin preguntar.
– Bien dicho, hermano. Pues contenia algo muy valioso.
– Lo imagino.
– Es algo… muy querido para nosotros.
– ?Un Cristo??Una Virgen?
De Rossal rio a carcajadas.
– No, Rodrigo, no era un Cristo. Es algo que ahora no podeis conocer… no estais preparado.
– Quiero saber, Jean, quiero conocer.
– Las cosas no son sencillas. El camino de la iluminacion no es facil. Se necesita ir poco a poco, que un maestro os guie.
– Estoy dispuesto a ello.
– No me cabe duda, Rodrigo.
– Tengo treinta y siete anos, no soy un nino.
– Si, pero habeis de tener paciencia. Estais llamado a grandes cosas.
– ?Relacionadas con el hebreo?
– Siempre fuisteis muy perspicaz. Si, en parte.
– Recuerdo que me dijisteis que mis conocimientos de hebreo podian ser utiles a la orden, pero debo deciros que temo haberlo olvidado. La falta de practica.
– No necesitareis mucho tiempo para poneros al dia, seguro.
– Pero necesitare un maestro. Y que sea bueno. ?Tiene la orden maestros que puedan ensenarme el idioma de los judios? -pregunto pensando en los siete sabios desaparecidos diez anos atras. Quiza con esa excusa lograria averiguar su paradero.
Jean penso por un instante.
– La orden, no. Pero unos buenos amigos, si.
– ?Quienes?
– El Cister. Cuando Bernardo de Claraval fundo su monasterio en Clairvaux se dedico a estudiar numerosos textos hebraicos ayudado por celebres sabios judios. Creo que dichas lecturas fueron traidas por Hugues de Champagne desde Tierra Santa, tras la cruzada.
– ?Y de eso hace…?
– Pues, tras la Cruzada. Unos veinticinco anos.
Rodrigo penso que aquellos sabios no eran los desaparecidos hacia diez anos y que los documentos no podian ser los hallados en el Templo, pues se encontraron mas tarde, en 1128.
– Gracias a sus lecturas sobre ensenanzas hebraicas, Bernardo alcanzo un alto grado de iluminacion espiritual. Creo que en Clairvaux siguen contando con buenos maestros de hebreo. Mirad, Rodrigo, se me ocurre una idea: intentare que podais ir alli. Cursare las solicitudes pertinentes.
– ?Nunca hemos contado con la ayuda de buenos sabios judios? -se arriesgo a preguntar Rodrigo-. Me refiero al Temple.
– No, no, creo que en eso siempre nos ayudo el Cister.
Era evidente que si en algun sitio se sabia algo de los siete desaparecidos, aquel lugar era Clairvaux. Podia ser una buena oportunidad. No perdia nada por intentarlo.
– Jean, ?y el objeto?
– ?Si?
– El que traje de Paris.
– No os lo puedo decir ahora, pero pronto lo sabreis. Os lo mereceis, sin duda. Sereis un iniciado. -Y con esa enigmatica frase dieron por terminada la conversacion.
Durante las jornadas siguientes, Rodrigo volvio a emplearse a fondo para ser un buen templario. Silvio de Agrigento le habia insistido en que no debian verse, pues era algo que podia perjudicar a la mision, asi que una vez por semana bajaba a la posada y entregaba una carta a Beatrice, que la joven hacia llegar al secretario de Lucca Garesi.
Tras el toque de maitines, los caballeros, semivestidos, acudian a la pequena capilla donde rezaban treinta padrenuestros; despues, iban a las cuadras a dar de comer y cuidar personalmente a sus caballos de combate, para luego descansar un poco antes del amanecer. Ese era el momento que solia aprovechar Arriaga para bajar a toda prisa a la posada y entregar el informe a la joven. Ella aparecia en camison, sin ponerse siquiera una manta o un chal por encima, por lo que Rodrigo adivinaba el perfil de sus tersos pechos tras el inmenso escote rematado en una especie de lazo que cada vez anhelaba mas desatar. Solia abrirle por la puerta trasera, con el pelo
