verduras y hortalizas y proporcionando el lugar ideal para el desove y la cria de inmensas truchas y carpas que habrian de completar la estoica dieta de los cistercienses.
Tras aquellos huertos regados profusamente por numerosos canales que se entrecruzaban, se advertian otros dedicados enteramente al cultivo de arboles frutales. Habia multitud de variedades: manzanos, cerezos, ciruelos y perales, todo cuidado ron mimo por los hacendosos frailes.
El complejo de edificios que delimitaban el monasterio era impresionante. Habia cuadras, talleres e incluso un magnifico molino que aprovechaba las aguas que ya habian sido utilizadas y volvian al rio Aube, extramuros. Para ello, los confreres de Bernardo habian excavado una poza en una especie de curva que hacia el canal, provocando un salto de agua que daba fuerza suficiente para mover las inmensas muelas que habian de triturar el trigo. Habia bodegas y tenerias para los curtidores. Aquello era, en verdad, como una pequena urbe.
Al llegar a la hospederia los recibio el cirellero que, obviamente, los esperaba.
–
Ellos contestaron lo mismo al unisono.
Los tres descabalgaron y mientras Tomas acompanaba a dos novicios para acomodar las monturas en los establos, Toribio y Rodrigo acompanaron al hermano cirellero, Paulus, a un inmenso dormitorio para huespedes. Segun les dijo el fraile, era identico al que poseian, justo al otro lado del claustro, los monjes que habitaban el cenobio. Ambas estancias estaban situadas en la primera altura del edificio, aunque a la distancia necesaria para que los visitantes no importunaran la tranquila vida de los monjes. Pudieron descansar hasta visperas en sus incomodos catres, hora en que se encontraron con Tomas en el exterior de la abadia. No asistieron al oficio. Charlaron un rato con el crio y luego acudieron a la cena en el refectorio de visitantes, que estaba separado del de los monjes por un consultorio, la despensa y la cocina. La cena fue frugal y el ambiente severo. Rodrigo vio que al fondo de la mesa comian cuatro hombres entrados en anos, de rostro serio y luengas barbas, que llevaban bonete al estilo de los maestros judios. Habia frailes de otras ordenes que sin duda habian acudido alli a traducir o copiar algun ejemplar de la bien nutrida biblioteca y peregrinos de distintas nacionalidades. Cuando tocaron a completas, acudieron a la iglesia atravesando el solido y hermoso claustro. La abadia y su entorno eran de indudable belleza, pero no se podia decir que Bernardo hubiera caido en el error de decorarla con los lujos que tanto critico a Cluny. La capilla era grande. Al fondo estaba el coro para visitantes y el resto del personal laico. Justo delante del altar mayor se situaba el coro de los monjes, que llegaban al mismo por una escalera llamada de maitines y que comunicaba la iglesia directamente con su dormitorio. La iglesia tenia planta de cruz latina y, aunque amplia, resultaba austera, reflejando el caracter duro y ascetico de aquella orden que surgio como una escision de la de Cluny, cuyas costumbres, segun Esteban Harding, se habian relajado un tanto.
El oficio fue corto. Junto al capellan, Rodrigo identifico a un hombre alto, delgado, que rondaba la cincuentena. Su pelo rubio y barba rojiza le daban un cierto aire juvenil. Era Bernardo de Claraval. Poseia un cierto halo de paz que exhalaba en todos y cada uno de sus movimientos. Era un tipo fibroso, acostumbrado al ayuno y al ejercicio vigoroso de la vida de monje:
– Esperad aqui -dijo el joven cisterciense.
Al momento volvio acompanado por un hombre de aspecto docto que debia de rondar los sesenta anos.
– Este es Isaias Guior, vuestro maestro en Clairvaux -repuso el joven.
– Shalom -dijo Rodrigo.
– Shalom -contesto el otro-. ?Tuvisteis buen viaje?
– Si, bueno y tranquilo.
– Me alegro.
– Vaya, que casualidad, Guior, «valle de la luz» en hebreo, como Clairvaux en frances…
– En efecto -contesto el maestro-. Caprichos del destino. -Cambio de tema y pregunto-: ?Descansasteis bien?
– Si, si, he dormido como un nino.
– Entonces comenzaremos las lecciones de inmediato. Fray Bernardo en persona me ha pedido que me esmere con vos.
– ?Podre conocerle? -dijo Rodrigo al novicio.
– Os recibira en su despacho antes de la comida -contesto el joven monje.
– Muy bien -dijo Rodrigo-. ?Estudiaremos aqui, en el
– No -repuso el judio de luenga barba-. Lo haremos en nuestra habitacion, junto a la teneria. El olor es algo fuerte pero tendremos la tranquilidad necesaria. Tomareis lecciones todas las mananas, desde laudes hasta la hora tercia. El resto del dia lo dedicareis al estudio personal y a vuestro entrenamiento militar, si os place.
– Perfecto.
– Bien, pues seguidme entonces. Gracias, Pierre -dijo el rabi despidiendo al monje.
Salieron al claustro, donde el ir y venir de monjes portando pergaminos y volumenes en direccion a la biblioteca sorprendio a Rodrigo. Maravillado ante aquel panorama, siguio a su mentor. Era mas menudo que Moises Ben Gurion aunque parecian cortados por el mismo patron: vestian de manera similar, muy rigurosa, de negro y sin artificios, y sus modales eran serios, sin chanzas ni sonrisas innecesarias.
Salieron del enorme edificio y se encaminaron hacia las habitaciones que tenian los maestros judios cerca de las tenerias. Rodrigo reparo en que pese a utilizarlos como sabios de renombre, los cistercienses habian dispuesto a los judios unos aposentos junto a la zona que peor olia en el recinto de Clairvaux. Un monje y tres novicios se afanaban en apalear algunas pieles, metidos hasta los tobillos en pozas de arcilla con agua de distintos colores. No parecia importarles el frio.
Enseguida llegaron al cuarto de Isaias. Era amplio y desde el mismo se divisaba el molino. Una puerta daba acceso a una habitacion de tamano superior, una suerte de estudio donde sobre una inmensa mesa descansaban cientos de anosos pergaminos. Olia a polvo y a madera vieja. Unas vetustas estanterias tapizaban la estancia, albergando libracos y viejos documentos.
– No solemos trabajar aqui durante el dia; lo hacemos en el
– ?Cuantos sois, rabi?
– Seis.
Rodrigo penso en los siete sabios desaparecidos de Paris.
– ?Y venis de…?
– Yo soy de Lyon, y mis otros hermanos del resto de Francia.
– ?Alguno proviene de Paris?
– No, ninguno. ?Por que?
– Por si conocia a alguno de ellos -mintio.
Alguien llamo a la puerta. Isaias abrio y aparecio otro novicio.
– El recado de escribir -dijo el judio-. Sentaos, Rodrigo.
Cuando el monje los dejo a solas el maestro quito de en medio algunos papeles y se sento junto a su nuevo alumno. De inmediato comenzo la leccion. Rodrigo comprobo algo azorado que su hebreo escrito habia empeorado bastante con el paso de los anos. Una cosa era chapurrear, hablar con algun hijo de Sion e
Isaias era un maestro exigente. Desde el primer momento demostro a su alumno que no era amigo de perder el tiempo. Rodrigo comprendio que aquello no beneficiaba a sus propositos, pues se habia planteado sonsacar al viejo judio entre ejercicio y ejercicio y este no parecia proclive a la conversacion vana o a las familiaridades excesivas. De hecho, el alumno se gano una buena reprimenda solo por haber escrito mal la letra s, la equivalente a nuestra en la frase «el caballo es bueno».
