– Mas o menos. Mirad, Rodrigo: gnosis, en griego, como bien sabreis, significa conocimiento. Conocimiento claro, exhaustivo, conocimiento profundo de algo.

– ?De que?

– Es dificil de entender. A traves del conocimiento trascendental del hombre y del universo, y siguiendo ciertos ritos, se puede llegar a la autorrealizacion del ser, es decir, de las infinitas posibilidades del alma y la mente humanas. Desde antiguo han existido corrientes gnosticas en Egipto, en el judaismo, en el culto celta… Bernardo parecia muy interesado en ello. El y sus amigos tenian textos antiguos que habian sacado de no se sabe donde. Textos en hebreo.

– ?Y que decian?

– Cosas… yo solo recuerdo retazos de los fragmentos que tuve que traducir. Algo asi como que aquello era la via para conocerse a uno mismo, para renacer, resucitar y saber que somos, que eramos y hacia donde vamos. Al conocerse uno a si mismo al nivel mas profundo se termina conociendo a Dios.

– Vaya. Y eso, ?como se consigue?

– Vos lo comprobareis. Os ensenaran, sois uno de ellos. Creo que abandonando el cuerpo, dominandolo en una primera fase, sacudiendose del yugo de nuestra envoltura mortal. Luego, una vez conseguido esto, se llega a alcanzar la iluminacion en otra fase: el renacimiento.

– ?Renacimiento?

– Si. Al parecer, para alcanzar la gnosis, la iluminacion, hay que regenerarse nuevamente, recrearse. Recuerdo cierta frase… «Algo viejo debe morir en el hombre y nacer algo nuevo». Esa era la resurreccion de los nazareos; entonces se vestian de blanco como estos cistercienses o vuestros templarios…

– ?Los nazareos?

– Si, vuestro supuesto Mesias lo era. El resucito asi, nacio a la gnosis. San Pablo no entendio nada y lo resucito fisicamente. Creyo que Jesucristo habia resucitado, que habia vuelto de la muerte, pero no fue asi.

Rodrigo comenzo a asustarse de veras ante el cariz que estaba tomando la conversacion.

– Pero esos nazareos… -comenzo a decir en el momento en que se abrio la puerta y se presento alli el cirellero.

– Os llaman, Rodrigo. El abad os quiere comunicar algo. Parece que se os reclama en Paris. Quieren trasladar al joven Saint Claire a Escocia y dicen que sois el hombre idoneo para acompanarle. Venid conmigo.

Rodrigo lamento vivamente aquella interrupcion. Estaba avanzando de veras en la resolucion del enigma.

El secretario de Bernardo de Claraval entrego a Arriaga una esquela que acababa de llegar de Paris: se le reclamaba inmediatamente en el Temple.

Al parecer, Bernardo de Claraval habia utilizado sus influencias y se habia ordenado el traslado del joven Robert Saint Claire a su tierra natal, Rosslyn.

No le agrado tener que interrumpir su estancia en Clairvaux pero, al menos, suspiro de alivio al ver que su joven y demente amigo iba a salvar la vida y lo habian elegido a el para escoltarlo de vuelta a casa.

Le costo trabajo encontrar a Toribio. Tomas estaba donde siempre, leyendo en el scriptorium. Era casi media tarde cuando dio con su antiguo escudero, que se estaba beneficiando a una moza en un cobertizo junto al estanque. Ni el hecho de vestir el uniforme de sargento de la orden ni hallarse dentro del cenobio lo habian frenado.

Cuando Rodrigo pateo la puerta de la fragil construccion, se encontro con su poco agraciado amigo poseyendo por detras a una moza no muy favorecida y entrada en carnes. Sostenia sus enormes pechos entre sus manos a la vez que le decia groserias al oido. No tenia remedio. La moza se bajo la falda avergonzada y salio huyendo, mientras Toribio se subia el calzon entre los empellones de su amo, que se mostro enfadado de veras con el.

De camino al dormitorio de invitados para hacer el petate, Rodrigo recrimino su lascivia a aquel satiro, que le aclaro que estaba «trabajando en la mision».

– ?Que? -repuso el templario sonriendo. No podia creerlo.

– Si, si, Rodrigo. Esa moza es nada menos que la sobrina de don Isaac, uno de los companeros de vuestro maestro, un judio catalan que acabo afincado en Lyon. La dejan entrar al monasterio durante las horas del dia para hacer de sirvienta de los traductores judios y para que limpie y mantenga ordenadas sus habitaciones junto a las tenerias.

– Pues no hace demasiado bien su trabajo -espeto el templario recordando el desorden de los aposentos de los maestros.

– El caso es que me propuse sonsacarla.

– Dificil y sacrificada mision, tratandose de vos.

– Lo cierto es que la moza es ardiente, si -dijo Toribio sonriendo con malicia y frunciendo su frente uniceja-. El caso es que hoy mismo me he enterado de algo.

– ?Y bien?

– Su tio, el tal don Isaac, era pariente lejano de uno de los siete sabios desparecidos en Paris.

– ?Y?

– Cuando se produjo la desaparicion, toda la comunidad judia se empleo a fondo para dar con el paradero de los siete sabios. En primer lugar pensaron que los habian traido aqui porque sabian que Bernardo de Claraval tenia sabios judios trabajando para el.

– Es logico.

– Bien, pues aqui no los trajeron -continuo relatando Toribio-. Todos los judios de Francia se conjuraron para dar con los sabios, sin suerte. Parecia que se los hubiera tragado la tierra hasta que un buen dia, dos anos despues de la desaparicion, un comerciante judio que comia en una taberna vio entrar a un rabi acompanado por dos templarios, y se sentaron a una mesa apartada. Creo que hubo una trifulca y los dos milites se levantaron a poner orden. Entonces, el rabi se acerco al comerciante y con disimulo le dio una esquela. Los templarios parecian llevarlo preso, pues, al parecer, se sentaron uno a cada lado del misterioso hebreo. Cuando pudo salir de la taberna el comerciante leyo la esquela. Era de un sabio judio, en efecto, que decia haber sido secuestrado por el Temple y que pedia que le hicieran llegar a su familia la noticia. La esquela decia que estaba vivo y que lo mantenian retenido en La Rochelle.

– Era el pariente de don Isaac.

– En efecto.

– ?Y dieron con ellos?

– Lo intentaron, pero el Temple cuenta con varias fortalezas alli y la orden es hermetica, como bien sabeis.

– Eres tremendo, Toribio… no se como recompensarte.

– No se merece, no se merece -contesto aquel depravado encaminandose a su catre para hacer el equipaje.

Chevreuse, a 2 de enero del Ano

de Nuestro Senor de 1141

De Rodrigo Arriaga

a su eminencia Silvio de Agrigento

Estimado Padre:

Os escribo con premura nada mas llegar al Chateau de la Madeleine porque mi partida hacia tierras escocesas es inminente. No he podido comunicarme con vos en el mes largo que he pasado en Clairvaux, por lo que son muchas las cosas que os tengo que contar. Intentare ser breve, pues escribo a la luz de una vela en la posada y debo darme prisa para volver a la encomienda antes de maitines.

En primer lugar, dire que Bernardo de Claraval es hombre preeminente en todo este negocio, eso esta claro.

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