me hacia sentirme invadido por un miedo que no experimentaba desde mis tiempos de soldado. El tunel era estrecho y bajo, y la humedad rezumaba sin dejar respirar apenas. Al doblar una esquina me di de bruces con una extrana figura esculpida en la piedra; de pronto, de la oscuridad, surgio una cara frente a mi, una especie de rostro barbudo de aspecto maligno que me hizo soltar un grito y perder la candela, que cayo al suelo apagandose para siempre. En aquel tramo la cercania del rio era manifiesta, pues el agua nos llegaba a los tobillos. Quedamos a oscuras. Palpe la pared y en cuanto mis ojos se acostumbraron a la oscuridad pude reparar en que los tabiques de piedra se hallaban, en aquella zona, enteramente labrados de imagenes que al tacto se me antojaban horripilantes y demoniacas.

– ?Vamonos de aqui, mi senor, vamonos! -rogaba Tomas entre susurros.

– ?Silencio! -ordeno Toribio en aquel instante.

Un extrano canto, una letania lenta y repetitiva, llegaba desde el fondo de aquel tunel. Me arme de valor y dije:

– Vamos.

Asi, avanzamos agarrados los unos a los otros, tropezando como ciegos e indefensos ante el mal que acechaba. Un tenue resplandor nos guiaba al fondo, asi que, callados como muertos, continuamos caminando.

Llegamos al fin del tunel y hallamos una escalera de piedra. El canto siniestro de aquellos hombres sonaba mas cercano. ?Cantaban en hebreo! Una melodia sorda, grave y repetitiva. Reconoci sus palabras. Eran del Libro de los Salmos, de David. Comence a traducir:

– Bendecire… a Jehova en todo tiempo… Su alabanza sera… sera… siempre en mi boca…

– Pero, entonces… ?son judios? -pregunto Tomas.

Toribio y yo chistamos para que el joven callara y nos asomamos a un saliente de las escaleras. Vimos una cripta que estaba, sin duda, situada bajo la iglesia del pueblo. Alli, rodeando una mesa de piedra redonda, habia cuatro personajes encapuchados que vestian amplios habitos blancos. Sabia quienes eran, pues los identifique en su reunion anterior, si bien esta vez faltaba el joven Saint Claire. Cantaban el salmo una y otra vez, y aquello ponia los pelos de punta. En el centro de la mesa estaba el cofre que contenia el misterioso objeto.

?Que era aquello que habia matado a Giovanno? Debo confesar a Su Paternidad que senti miedo de veras. Entonces, por una vez, dude. Temi por mi mismo y por mis sirvientes.

– Tapaos los ojos -dije.

– ?Que? -respondieron ellos al unisono.

– ?Vamos! -repuse energicamente.

Los encapuchados se inclinaban como adorando aquel objeto que, oculto en el cofre, amenazaba nuestras vidas. ?Podria aquella cosa matar a alguien con su sola contemplacion? ?Era eso lo que habia ocurrido con Giovanno? Recorde el unico objeto que conocia con poder para matar a un hombre con su simple visionado: el Arca de la Alianza. De inmediato deseche ese pensamiento, pues el cofre era demasiado pequeno como para contenerla.

– Si me ocurre algo sacadme de aqui a rastras -dije en un susurro.

El chasquido de la cerradura indico que los templarios iban a sacar aquel objeto, asi que Toribio y Tomas agacharon la cabeza y yo me gire hacia el lugar donde los cuatro caballeros se habian quitado las capuchas. Uno de ellos, Beltran, saco unos panuelos humedos de un cubo y de inmediato se los ataron a la boca. Asi, embozados, abrieron la tapa del cofre, que chirrio sobre sus propias bisagras. Comenzaba a entender aquello. Recorde que los caballeros que lo habian empaquetado en el Temple de Paris tambien estaban embozados.

Con mucho cuidado y portando guantes sacaron el saco de arpillera del cofre. Entonces Jean se puso en medio. Me cortaba la vision y solo pude intuir lo que hacian. Supe que sacaban esa «cosa» y que la limpiaban con panos humedos que habian vuelto a sacar del cubo.

– ?Lo sabia, lo sabia! -dije por lo bajo.

– ?Sabiais que? -dijo Toribio, que permanecia con la cabeza agachada y los ojos cerrados.

Los templarios se aplicaron durante un buen rato a la tarea de frotar aquello con los panos. Seguia oculto a mis ojos. Sabia que Giovanno habia muerto envenenado, asi que ya no temia verlo; es mas, ardia en deseos de contemplar aquel objeto. Entonces, justo cuando Jean se iba a hacer un lado, el tonto de Tomas hizo un ruido haciendo rodar un canto. Tuve que tirarme al suelo de golpe. Los templarios interrumpieron su quehacer.

– ?Que ha sido eso? -dijo una voz.

– Miaaauuuu… -farfullo Toribio, haciendo gala de las habilidades adquiridas en sus correrias nocturnas. Debo reconocer que no conozco a nadie que imite mejor el canto del grillo, el ulular del mochuelo, los aullidos de los perros o el maullido de un gato.

– Es un gato -dijo Jean-. Tranquilos.

– Voy a ver -comento otra voz, lo que me puso los pelos de punta.

Empuje a aquellos dos idiotas que tenia por companeros y volvimos semiagachados por el tunel que nos habia llevado a aquel tetrico lugar.

Cuando respire el aire puro y fresco de la noche, me maldije por no haber podido contemplar el objeto. ?Que seria aquello?

Antes de despedirme les insisti en que debian estar tranquilos. Giovanno habia muerto envenenado.

– ?Como? -pregunto Toribio.

– Si. Yo tenia razon. Ese objeto, sea lo que sea, ha sido cubierto con una capa de polvo, quizas obtenido a partir de serrin y cubierto con algo de resina para que las particulas del veneno sean respiradas por el infortunado. Cianuro y digital; eso es lo que lleva ese polvo. Por eso los caballeros se cubrieron la boca con trapos humedos que ataban a su nuca, para no respirarlo. Y por eso limpiaban el objeto con trapos humedecidos, para quitarle los residuos de veneno. Como el veneno queda apelmazado entre las pequenas particulas de serrin y la resina hace que tarde mas en liberarse, por eso Giovanno tardo unas horas en morir. Es ingenioso: si alguien roba o contempla el objeto sin permiso, muere envenenado en pocas horas al respirar ese polvo mortifero.

– Vaya -exclamo algo liberado el joven Tomas.

– Ya no tenemos que temer intervenciones diabolicas. El mal en este mundo es cosa del hombre -sentencie antes de irnos a dormir.

Cuando me eche en mi catre respire aliviado. Ya veis, vuestro fiel sargento Giovanno de Trieste no murio por la contemplacion de algo maligno, sino por el polvo venenoso que lo impregnaba.

No hemos vuelto a tener ocasion de contemplar esa «cosa», pues de inmediato me dijeron que partiamos hacia Clairvaux.

Espero aclarar algo alli. Os enviare una misiva en cuanto pueda.

Vuestro hermano en Cristo,

Rodrigo Arriaga

Rodrigo y la compana llegaron a Clairvaux siguiendo el curso del rio Aube. El cauce discurria por un estrecho valle que separaba dos montanas que iban desapareciendo poco a poco al acercarse a la abadia. Justo cuando el valle empezaba a ensancharse, uno se topaba con el muro que protegia los inmensos huertos del monasterio. El cansado espia comprobo maravillado que los cistercienses habian logrado hacer de aquel lugar un remanso de paz y un enclave prospero, repleto de huertos y campos de frutales. Cuando Bernardo de Claraval se hizo cargo de la donacion que le hiciera Hugues de Champagne, aquel valle, remoto y aislado, era un refugio de ladrones. De inmediato lo llamo el Valle de la Luz, Clairvaux, y tanto el como sus monjes se pusieron manos a la obra. Su trabajo habia dado fruto de veras.

Conforme atravesaron la puerta de acceso al huerto que les franqueo un novicio que los esperaba, se dieron de bruces con un panorama edificante. Aquellos dedicados monjes habian dividido el curso del rio en dos: hacia la izquierda, un ancho canal de cristalinas aguas se adentraba en las tierras del monasterio; hacia la derecha, el rio seguia su curso natural. El novicio tomo a duras penas la brida del caballo de Rodrigo y los guio por aquellas inmensas instalaciones. Segun avanzaban contemplaron desde sus monturas que aquellos laboriosos frailes habian ido dividiendo el canal en pequenas acequias que delimitaban espacios regulares, casi todos de seccion rectangular. Por esos pequenos canales discurria el agua con viveza, irrigando la tierra donde se cultivaban

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