– No digo que si ni que no… Mi senor era un hombre de edad avanzada pero fuerte como un roble. No estamos aqui para juzgar los designios de la Providencia. Su Santidad tuvo a bien nombrarme sucesor de mi fallecido amo.

– O sea que vos sois ahora el hombre fuerte, controlais la red de informacion de Roma.

– Asombroso, ?verdad? Debo reconocer que es algo que no me disgusta.

– ?Acabaramos! Ellos lo eliminaron. Estaban de acuerdo con vos.

– ?Cuidado con lo que decis! -El cardenal miro a su guardaespaldas y dijo-: ?Fuera! ?Y estos dos tambien! - Senalo a Toribio y Tomas.

Tras unos momentos y una vez se cerraron las puertas retomo la palabra. Estaban a solas Arriaga y el, como al principio del negocio.

– Ay, ay, mi fiel Tomas, se ha hecho todo un hombre en estos meses. ?Os ha sido de ayuda?

– Si, y recopilo todo lo que averiguamos en un libro. -Al instante se arrepintio de haber dicho eso.

– Bien, bien… esa insinuacion que habeis hecho antes sobre mi implicacion en la muerte de mi senor os podria costar cara, muy cara. Pero sabed sottovoce que si, le envenenaron. No tengo duda al respecto, aunque no se pudo demostrar. Acudi en ese preciso momento a Su Santidad y quise que actuara con contundencia, pero ellos se me habian adelantado. ?Me habian propuesto como sucesor! Tan solo a cambio de una cosa…

– Vuestro silencio.

– Digamos que llegamos a un acuerdo: no nos hariamos dano mutuamente. No olvideis que el Papa debe su baculo a Bernardo de Claraval. Hoy por hoy son intocables. Decidi tomar lo que se me daba de momento y…

– Mirar hacia otro lado.

– Si quereis decirlo asi…

– Acabaran con la Iglesia.

– ?No seais ingenuo, Arriaga! Nada ni nadie ha podido con la Iglesia de Roma en mil anos, y cuatro condes con delirios de grandeza tampoco podran. Ademas, al Papa le interesa que el Temple siga en Tierra Santa. Es vital. Los estados musulmanes se estan reorganizando y no sera facil mantener aquellas tierras en manos cristianas.

– Os habeis vendido.

– No mas que vos. Un espia, un asesino a sueldo, que, por cierto, queda en una dificil situacion.

– ?Que quereis decir?

– Que vos y vuestros amigos estais en posesion de una informacion que no beneficia a nadie. Ni a las familias ni a Roma.

Entonces el nuevo amo de los espias de la Iglesia de Roma toco una campana y se abrieron las puertas. Tras ellas aparecieron Tomas y Toribio, maniatados y escoltados por los cuatro guardias. Otros dos surgieron tras una cortina y se volvieron a colocar junto a Silvio de Agrigento.

– Y ahora, traed el libro del muchacho.

Los guardias hicieron lo que se les decia.

– Y vos, Arriaga, entregaos.

Rodrigo desenvaino la espada.

– No hagais ninguna tonteria -dijo un sargento.

Antes de que pudieran reaccionar, el espia lanzo la daga con la zurda, a la vez que salto sobre los guardias lanzando dos mandobles tras los que ambos rodaron por el suelo.

Silvio de Agrigento miro con asombro la daga clavada en su pecho que sangraba de manera alarmante. Entonces, Toribio embistio contra los dos piqueros que tenia mas cerca y Tomas corrio hacia Rodrigo, que habia tomado un hacha de un escudo en la pared. Paro un envite del sargento con la espada y le clavo el filo de la hachuela en la cerviz. Al ver rodar inerte al sargento, los otros piqueros recularon. Rodrigo corto las ataduras de Toribio, que tomo la espada del sargento.

– No quiero mas muertes -dijo Rodrigo-. Si os apartais nadie lo sabra. Dejadnos salir y nos iremos.

Los otros cuatro se miraron.

Cuando Rodrigo y Toribio cargaron, dos de los alabarderos les dieron la espalda y huyeron. Uno cayo atravesado por la espada del criado de Arriaga y el otro tropezo con una mesa y rodo estrepitosamente por el suelo.

– ?Ahora! -dijo Arriaga encaminandose hacia la ventana lateral del edificio. Antes de salir fue cuando Silvio de Agrigento recupero su daga.

– Os maldigo -murmuro el nuevo cardenal vomitando sangre.

Los tres amigos salieron al jardin, atravesaron corriendo el estanque y llegaron donde estaban los caballos. Salieron al galope de alli.

– ?Llevais el otro libro en las alforjas, Tomas?

El joven asintio.

Millenium [17]

– Mirad, esto es lo que haremos… -dijo Arriaga con los ojos fijos en el chisporroteante fuego en el que se asaba una liebre. Habian acampado al aire libre, en un claro en mitad de un hayedo, lejos de miradas indiscretas-. Tendreis que ir a Benas, en el Pirineo. Os firmare poderes plenipotenciarios para que podais vender mis posesiones. Id primero a hablar con mis guardas, Matias y Eufrasia, son gente del pueblo y se encargaran de todo. Decidles que vendan a buen precio pero que sea rapido. Que se queden con la decima parte del beneficio. Una vez hecho esto, ireis al valle de Bujaruelo. Es un lugar perdido en el Pirineo, hacia el oeste, Matias os guiara. Tiempo ha compre alli un casa, en un paraje hermoso y lejos del hombre. Es un lugar excelente para esconderse porque el valle comunica con el reino de Francia y, dado el caso, se puede escapar hacia uno u otro lado de los Pirineos. La casa es apenas una cabana de lenadores, pero Matias se ha encargado de que este siempre habitable y con reservas de lena como para aguantar dos inviernos. Bien, una vez alli esperadme. Cambiad de nombre, aunque en aquel paraje no os topareis mas que con aguilas, rebecos o marmotas. Hay mucha caza y viene el buen tiempo. El rio queda cerca de la vivienda. No tendremos problemas: entre la venta de mis tierras, el oro que me dio el de Agrigento y la bolsa de monedas que cobre por el supuesto asesinato de Robert, no pasaremos penurias. No hableis con nadie y cubrid el camino hasta alli rapidamente. Hemos matado a un cardenal de Roma, nuestra vida no vale nada. Los templarios nos buscaran tambien; seguro que saben de la existencia del libro, que debe quedar a buen recaudo. Escondedlo en lugar seguro, puede ser nuestra salvacion en caso de que nos capturen. Manana al alba partimos.

– ?Y vos, a donde ireis?

– Tengo un negocio…

Toribio interrumpio a su senor.

– Ese negocio… ?trabaja en una posada?

– Quiza.

Tomas hablo:

– No deberiais ir a Chevreuse, es peligroso.

– He sido espia, ?recordais? Quiero que Beatrice venga conmigo.

Debia de ser pasada medianoche cuando se abrio la puerta de la cocina y un mendigo entro sacudiendose el frio del cuerpo. Vestia apenas unos andrajos de color gris y una larga cicatriz surcaba su cara semicubierta por una capucha.

– ?Quien sois vos? -dijo el desconocido a un tipo que vestia un delantal de carnicero y que se empenaba, hacha en mano, en descuartizar un gorrino que yacia sobre la enorme mesa de roble.

– Yo, el cocinero de esta casa… ?y vos? No queremos mendigos aqui.

El recien llegado lanzo un sueldo de oro sobre los restos de carne sanguinolenta y contesto:

– Sois nuevo, ?no?

El tipo grandullon asintio.

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