– Bien, pues avisad a Beatrice. Decidle que esta aqui quien ella sabe.

– Ah -repuso el cocinero de enormes bigotes-. Os esperaba, ella me hablo de esto. Seguidme a un lugar mas discreto.

Subieron al primer piso, donde las habitaciones, a traves de la escalera. La posada permanecia a oscuras, en silencio.

– Me llamo Osvaldo -dijo el grandullon abriendo la puerta y encendiendo un candil con su palmatoria. El cuarto se ilumino debilmente-. Esperad aqui, mi amo tambien queria hablar con vos. Ahi teneis una jarra con vino.

Rodrigo se quedo a solas, se sirvio un vaso que apuro de un trago y se sento en una silla. Entonces reparo en que se hallaba en la estancia en la que se consumo la desgracia del joven Saint Claire. Recordo al burgues despanzurrado sobre la cama, la sangre y a Robert llorando acurrucado en un rincon.

Se tumbo en el lecho. Estaba exhausto.

Al rato penso que habia pasado mucho tiempo. ?Por que no venian Beatrice y su padre, Luis? Tardaban demasiado. ?Quien era aquel tipo? Comenzo a sentirse mareado.

Una luz comenzo a encenderse en su antano entrenada mente de espia. Decididamente habia perdido facultades.

Escucho pasos y ruido de armas en la escalera. Eran varios. Abrio los postigos para saltar por la ventana y vio las antorchas. Habia mas de quince sargentos esperandolo y tres templarios a caballo. Veia doble y le fallaban las piernas. Aquel fideputa lo habia drogado. Temio por la suerte de Beatrice y su padre.

– Vaya, vaya. Excelente disfraz, Rodrigo -dijo Jean de Rossal-. Me alegro de ver que estais de vuelta.

Arriaga se giro y vio a su viejo amigo con los brazos en jarras. ?Cuantos hombres habian irrumpido en la habitacion? Diez, quiza doce. No pudo llegar a desenvainar entre aquel gentio. Sintio que decenas de manos lo retenian. Vio la guarda de una espada venir hacia sus ojos. Sintio el golpe seco en el puente de la nariz.

Nada mas.

Rodrigo desperto en uno de los calabozos del Chateau de la Madeleine. No habia demasiada luz. Sintio unas intensas ganas de orinar pero al intentar levantarse comprobo que le habian encadenado al muro de piedra. Se ladeo un poco y orino hacia su derecha. Cuanto antes eliminara aquel maldito veneno antes recuperaria sus facultades. Aun le pesaban los miembros y sentia la cabeza como embotada. Tenia sed. A su lado habia una pequena jarra de arcilla con agua. La tomo con ambas manos haciendo sonar los grilletes. Despedia un olor fetido. ?Cuanto tiempo llevaria alli?

La tiro. Se moria de sed pero sabia que si bebia el contenido de la jarra le haria enfermar. Solo le faltaba debilitarse mas. Debia conservar todas sus fuerzas para aguantar lo que sin duda le esperaba. Era el procedimiento a seguir. Su vida no valia nada ya. Penso en Beatrice, seguro que estaba muerta por su culpa; el padre de ella tambien. Al menos Tomas y Toribio estaban a salvo. Quizas algun dia la cristiandad sabria de la conspiracion gracias al libro que habia recopilado el zagal. No podia respirar por la nariz y sentia un inmenso dolor bajo los ojos. Se palpo con cuidado y lanzo un alarido por la lacerante punzada que sintio. Tenia toda la zona inflamada: aquellos hijos de puta le habian roto la nariz.

La puerta de acceso al pasillo de las celdas se abrio y se oyeron pasos. Una figura vestida de blanco se planto ante la enorme reja. Era Jean de Rossal. Un sargento que hacia las veces de carcelero abrio la celda y el comendador entro en ella.

– Dejadnos a solas -dijo con el tono del que esta acostumbrado a mandar.

Jean espero a que saliera su subordinado y tendiendo un pellejo a Arriaga dijo:

– Bebed.

El preso dudo.

– No contiene mas que agua y algo de jugo de corteza de sauce para que os calme el dolor. ?Bebed! Os hara bien.

Rodrigo tomo el odre y bebio ansiosamente.

– Me habeis hundido con vuestra traicion -dijo el comendador.

– ?Como? -repuso Rodrigo.

– Si, yo avale vuestra entrada en la orden, yo os apoye para que os tuvieran en cuenta, para que fuerais ascendiendo… Esto me va a costar caro.

– Vaya, no os dire que lo siento, pero no me gustaria que os ejecutaran por ello.

– No temais, no llega la cosa a tanto. Mi futuro era brillante, iba a llegar muy muy lejos y de momento me quitan de en medio enviandome a un lugar remoto.

– ?A Tierra Santa?

– Ojala -dijo Jean riendo con amargura.

– ?A las tierras de mas alla del mar?

Jean asintio:

– Si, la orden quiere crear alli un emplazamiento permanente, obtener oro y plata durante todo el ano. Hay un nuevo barco en La Rochelle…

– Lo vi.

– Pues parto en el en unos dias. Me habeis hundido, Rodrigo. ?Por que lo hicisteis? Yo os queria.

Arriaga se quedo perplejo. ?Habia oido bien?

– Siempre os ame Rodrigo, desde nuestros tiempos de estudiantes. Vos hicisteis despertar en mi este instinto contra natura que me ha acompanado toda la vida.

– ?Y Beatrice? ?Donde esta? -pregunto Arriaga cambiando de tema. No le agradaba lo que acababa de oir.

De Rossal hizo un gesto inequivoco de fastidio.

– Vos la matasteis, claro -inquirio Rodrigo.

– Yo no fui. No me creais tan mezquino. Yo sabia que volveriais a por ella. Nos hicimos con la posada y se les ejecuto por traidores. Al padre y a la hija. Pero a la chica la mato alguien… conocido.

– ?Quien?

– ?Y que importa? ?Os vais a vengar? Vuestro destino ha sido sellado. Sois hombre muerto. ?Que necesidad habia de todo esto, Rodrigo? ?Por que? ?Fue por dinero?

– Vinieron a reclutarme a mi casa del Pirineo. Aurora, mi amada, yacia en tierra no consagrada por suicida. La exhumaron y le otorgaron los ultimos sacramentos.

Jean de Rossal solto una carcajada sonora y amarga.

– Todo por una muerta. Vais a tener un fin horrible, amigo. Estan furiosos con vos. Vienen de camino, creo que os quieren ver sufrir de veras. ?Sabeis lo que habeis hecho al matar a Silvio de Agrigento? El Papa esta harto de este asunto y ha nombrado sustituto a un hombre de hierro, el cardenal Augusto de Enzo, un antiguo dominico que nos perseguira sin tregua.

– Me alegro.

– Todos mis superiores estan furiosos. Silvio de Agrigento era un tipo manejable, sobre todo ambicioso, se podia negociar con el. La cosa se nos ha complicado. Me habeis arruinado la vida, Rodrigo, pero se que os haran pagar por ello. Querran saber del paradero del segundo libro.

– ?Como sabeis eso?

– Lo sabemos todo.

– No se donde esta. Si muero llegara a manos que hagan un buen uso de el.

Jean volvio a reir.

– No seais idiota, Rodrigo.

– ?Desde cuando sabeis que estaba al servicio de Silvio de Agrigento?

– Fuimos tontos. Vuestro pasado como espia debia habernos hecho sospechar, pero yo estaba obcecado y convenci a los demas. Lo supimos en Escocia. Mi padre me escribio, dice que hubo una reunion en el Templo. ?Acaso creeis que gente tan importante se reune sin centinelas, sin escolta? Cuando se dio por terminada la misma salisteis por el tunel y uno de los vigias os vio. Se hizo evidente que erais el espia de Lucca Garesi. Por entonces, De Montbard os habia encargado el trabajito de Robert Saint Claire, asi que decidieron esperar a que cumplierais con vuestra palabra y matarais a aquel loco. Una vez completado el trabajo os eliminarian. No quisieron hacerlo alli porque hubieran despertado las sospechas de los Saint Claire.

Вы читаете El tesoro de los Nazareos
Добавить отзыв
ВСЕ ОТЗЫВЫ О КНИГЕ В ИЗБРАННОЕ

0

Вы можете отметить интересные вам фрагменты текста, которые будут доступны по уникальной ссылке в адресной строке браузера.

Отметить Добавить цитату