vivienda. Rodrigo pregunto por el hombre de la casa y enseguida aparecio un tipo de uniforme limpiandose la boca con el dorso de la manga derecha.
– ?Eugene? Soy amigo de Alonso Contreras, el me envia. Quiero hablar con vos.
– ?Quien sois?
– Eso es lo de menos.
– Perdonadme, pero salia de casa ahora mismo, estoy de guardia esta noche.
– Lo se -dijo Rodrigo-. ?Os puedo acompanar hasta la torre?
El hombre dio un paso atras, desconfiado. Alzo sus punos y dijo:
– Estos amigos me dicen que no.
Rodrigo abrio la mano y mostro una moneda de oro.
– Pues a mi esta me dice que si.
– ?Que quereis?
– Solo hablar mientras caminais hasta la prision. Os dare esta moneda y, si vuestras respuestas son utiles, si os veo locuaz, al final del camino os dare otras dos. ?Que opinais?
– Que se hace tarde. Andando -contesto el otro tomando la moneda y echando a caminar-. ?Que quereis saber?
– El asunto es sencillo. ?Cuanto tiempo llevais haciendo de guardia en la Torre?
– Once anos, quiza doce.
– Fantastico. Entonces el asunto es sencillo. Siete sabios judios desaparecieron de sus casas de Paris. Se que los trajeron aqui y se que uno de ellos fue sacado de la torre para viajar en una de las naves que cruzan el Atlantico.
– Si, el bueno de Moises. Era el mas joven.
– Entonces, ?los encerraron en la Torre?
– Es el lugar mas seguro en muchas leguas a la redonda.
– Y… ?viven?
Eugene se paro y le miro a la cara.
– Me temo que no -dijo-. Dos murieron nada mas llegar. Al parecer los querian para traducir no se que papelajos antiguos y se resistian. Los torturaron a los siete. Los dos mayores murieron, eran debiles.
– ?Y los otros cinco?
– Vivir en una celda fria y humeda debilita la salud de cualquiera. Uno se ahorco en su calabozo. Los demas fueron muriendo. Hace frio aqui. El ultimo en dejarnos fue el mismo Moises, hara ahora cosa de un ano.
– Vaya.
–
– No, no soy judio. Cumplo un encargo.
– Pues ya lo sabeis.
– ?Y que querian sonsacarles? ?Estabais presente en los interrogatorios?
– Es mi trabajo. No querian sonsacarles nada, querian que trabajaran para la orden.
– Y lo hicieron…
– Vaya que si lo hicieron, no he visto a ningun hombre aguantar mas de un dia el potro, la dama de hierro o las brasas… o muere uno o cede. Es asi.
–
– Si, claro, murio hara cuatro, quiza cinco anos. Pulmonia.
Rodrigo lo sintio por su maestro.
Llegaron a la explanada que daba acceso al puerto.
– Tomad, os lo habeis ganado -dijo Rodrigo dandole las dos monedas prometidas y perdiendose en las sombras sin decir adios.
Entro a la posada y se tumbo en su catre. Durmio mal, entre pesadillas, y desperto al alba. Desayuno, pago la cuenta y pregunto por unas buenas caballerizas. Acudio a unas cuadras a las afueras, compro un buen caballo troton, fuerte y de color bermejo, y salio a toda prisa de La Rochelle. El barco de Contreras estaria a punto de llegar.
No sabia hacia donde dirigirse. Toribio y Tomas podian estar aun en Clairvaux o hallarse de vuelta. Les habia dicho que se dirigieran a La Rochelle. ?Y si se cruzaban en el camino? Por otra parte debia ver lo antes posible a Silvio de Agrigento.
Decidio arriesgarse y acudir al encuentro de sus amigos. Ademas, le seria util disponer de la informacion sobre los nazareos antes de ir al encuentro del secretario de Garesi. En la primera posada que hallo escribio una nota para su viejo maestro de Paris, Moises Ben Gurion, y durmio lo imprescindible. Se habia propuesto dejar recado a sus amigos en todas las hospederias del camino por si se cruzaban siguiendo senderos distintos. La Rochelle era un avispero y a esas horas ya debian de estar buscandolo. No queria que Tomas y Toribio se metieran en la boca del lobo.
Silvio de Agrigento
Rodrigo los vio venir. Apenas le quedaba una jornada para llegar a Clairvaux cuando los vio aparecer en el horizonte, justo en mitad del camino, trotando a ritmo lento y charlando animadamente el uno con el otro. No les veia la cara, pero sus gestos, su porte y su manera de montar eran del todo inconfundibles. Puso el caballo al galope y grito al viento:
– ?Toribio! ?Tomas!
Ellos bajaron de sus monturas y Rodrigo hizo otro tanto. Los tres amigos se fundieron en un abrazo.
– ?Menos mal que os encuentro! Tuve que salir de La Rochelle por piernas.
– ?Y eso? -pregunto Toribio.
– Es una larga historia, tenemos que hablar. ?Hay alguna posada por aqui en la que echar unas jarras? Estoy hambriento.
– A no mas de dos leguas -dijo Tomas.
– Vayamos, entonces. ?Habeis averiguado algo sobre los nazareos?
– Poca cosa.
– Bueno, cada cosa a su tiempo. Se os ve bien, bribones.
Rodrigo aprovecho el camino a la taberna para poner al dia a sus companeros: hablo de la reunion en el sotano; insinuo lo suyo con Lorena Saint Claire, a lo que Toribio respondio con una sonora carcajada; les conto el encargo que le hicieran De Montbard y De Rossal, la muerte de Robert Saint Claire, su viaje a La Rochelle y sus pesquisas sobre los siete sabios muertos. Se sorprendieron mucho cuando les conto que los templarios habian hallado un nuevo continente repleto de oro y plata.
Al llegar a la posada, una amplia casa encalada con tejado rojo, dejaron los caballos al cuidado de un mozo y entraron a comer algo. Se sentaron a una mesa de roble situada al fondo y entrechocaron las jarras que les sirvio una moza pelirroja de buen ver.
– Mirad, como vuestra Lorena -dijo Toribio.
– Menos chanzas. ?Y el asunto de los nazareos?
Tomas comenzo a hablar:
– Nos hospedamos en casa de la sobrina del companero de Guior. Aqui Toribio se encargo de ello. A traves de la moza hicimos llegar un mensaje al maestro y le rogamos discrecion suma, pues oficialmente no estabamos alli. Un companero suyo, un tal…
– ?Zacarias! -exclamo Toribio.
– Eso. Otro rabi, Zacarias, se encargo del asunto. Sabia mas sobre el tema que Guior y busco algo en la biblioteca de la abadia… Lo tengo aqui, en mi libro… -El joven comenzo a hojear sus notas-. El judaismo no era antano como ahora; ahora hay sinagogas aqui y alla y son los rabinos los que se encargan del ministerio. Antes de la diaspora, el judaismo estaba muy estructurado, al menos en Israel. Habia una casta que se encargaba del culto, los sacerdotes, que recogian tributos y animales para realizar los sacrificios en el Templo. Ellos eran el nexo directo con Dios.
