Silvio de Agrigento para obtener alguna instruccion al respecto. ?Que iba a hacer?

Estaba cansado. La mision ya no le parecia excitante. Habia recorrido un largo camino desde que el de Agrigento lo extorsionara en sus tierras del Pirineo. Aurora descansaba en paz; la criatura que albergaba en su seno, tambien. Habia hallado algo de paz con Beatrice, en la que pensaba a menudo. Sabia mas o menos lo que estaba ocurriendo: habia identificado a las familias implicadas en el proyecto. ?Que mas le daba todo aquello?

Sabia que se creian de alguna manera herederos de los nazareos. Solo le faltaba averiguar mas sobre dicha secta judia para ir cuadrandolo todo. Tambien sabia que los sabios judios habian sido llevados a La Rochelle. Alli podria averiguar el paradero del hermano de Moises Ben Gurion. Quiza podria darle alguna alegria a su viejo maestro, el anciano Moises, antes de que muriera. Sabia que aquellos siete desgraciados habian contribuido de alguna manera con sus traducciones a que los templarios expoliaran la herencia de su pueblo. Quiza secretos, las Tablas de la Ley, la ecuacion cosmica, las leyes que rigen el mundo… quiza grandes riquezas escondidas bajo el Templo. Quizas ambas cosas.

No estaba tan lejos de resolverlo todo, pero no queria matar a Robert Saint Claire. Por otra parte le parecia evidente que el joven demente estaba enfermo; quizas era cuestion de tiempo. El no haria otra cosa que acelerar lo inevitable. Estaba decidido a marcharse, a desaparecer, a ver por ultima vez a Silvio de Agrigento y contarle todo lo que sabia.

No obstante, si eliminaba a Robert se abria ante el la posibilidad de ir a La Rochelle, de viajar a Tierra Santa, de poder investigar bajo el Templo, de resolver el enigma… pero no queria matar al joven Saint Claire.

Entonces le ocurrio algo que le recordo su pasado. A veces se sentia asqueado de su trabajo como soldado y espia, sentia ganas de abandonar aquel negocio cuando le encargaban algun asunto que no le agradaba, pero entonces, misteriosamente y pese a que era su deseo negarse, dar la vuelta e irse a sus tierras, se veia a si mismo cumpliendo con la mision: matando a ancianos, a mujeres, a padres, a madres… Estaba en su naturaleza, habia sido entrenado para ello y era como si su mente no pudiera negarse a obedecer una orden. Eso le ocurrio al llegar a Rosslyn tras su reunion con De Montbard y De Rossal. En lugar de acudir a su aposento, hacer el petate, subir a un caballo y desaparecer, se vio a si mismo como en un sueno, buscando un frasquito en su saco, yendo al encuentro de Lorena y diciendole que antes de partir queria visitar a su buen amigo Robert.

– Dice el ama que ha pasado una noche muy mala -apunto ella-. Quiza duerma. Va a peor.

– Aun asi me gustaria verlo. -Era otra vez el despiadado asesino del pasado.

Subieron al aposento del demente y cuando entraron lo encontraron sentado en su cama. Estaba morado y aullaba como un perro, se asfixiaba.

– Rapido -dijo Rodrigo-. Dile a las criadas que traigan mi saco de medicinas, que hiervan agua. Tengo algo de eucalipto y un buen estimulante. ?Rapido o se asfixia!

Mientras la joven salia de la habitacion, Rodrigo se giro y fue hacia el enfermo. Habia caido hacia atras en la cama. Su torax no se movia. Le tomo el pulso. No logro hacerle reaccionar. Robert Saint Claire estaba muerto. Tiro el frasco del maldito veneno al fuego. No lo iba a necesitar. Un golpe de suerte.

Aquella misma tarde partio de Rosslyn. No espero al entierro, pues argumento que la orden habia dispuesto que partiera de inmediato hacia Tierra Santa. Los Saint Claire lo despidieron a la puerta del castillo agradeciendole vivamente lo mucho que habia hecho por el pobre Robert. Se sintio culpable. Vio lagrimas en los ojos de Lorena.

Antes de llegar a la aldea se encontro con uno de los hombres de Andre de Montbard. Este le entrego una nota y una bolsa repleta de monedas de oro. Leyo atentamente la esquela:

Buen trabajo, Rodrigo, recibid nuestra mas cordial felicitacion. Os aguardan en La Rochelle y en Tierra Santa os espera una sorpresa que os alegrara despues de este mal trago. Nos consta que ha sido duro para vos, pero vuestra fidelidad al proyecto ha quedado absolutamente demostrada. Ahora se os abre un camino con el que muchos solo podrian sonar.

Aqui teneis una pequena gratificacion. Olvidad la regla, os lo mereceis. Ya solo respondereis ante nosotros.

Buen viaje.

PD.- Mi hermano Jacques de Rossal no hace mas que preguntarse como habeis podido eliminar al estorbo sin que se notara el envenenamiento. ?Hasta los Saint Claire creen que ha sido una muerte natural!

Destruid esta nota.

– Gracias -dijo Rodrigo al enviado, rompiendo el pequeno fragmento de pergamino. No merecia aclarar que Robert Saint Claire habia muerto a causa de su enfermedad. Le habia favorecido la suerte y debia aprovecharlo. Se sintio aliviado y, por un momento, a punto estuvo de parar y formular una oracion de gracias pero… ?a quien? Recordo el desgraciado destino de Robert Saint Claire y se apeno por ello.

Llego al puerto cuando era bien entrada la noche. Alli lo esperaba una embarcacion de tamano medio, una galera. No era la misma que les trajo a Escocia, pues esta se llamaba La Esperanza. En cuanto subio a bordo pudo acceder a un pequeno camarote en la popa, con una cama agradable donde se quedo dormido al instante.

A la manana siguiente desperto y desayuno algo de vino y queso que le llevaron a su camarote. Salio a respirar el aire a cubierta. Hacia frio. Camino hacia proa agarrandose a todo aquello que podia. No se sentia tan mareado como en su travesia anterior, pues el tiempo era mucho mejor. Permanecio un rato sobre el mascaron de proa, contemplando con aire hipnotizado como la nave rompia el oscuro espejo de las aguas frias del norte. Entonces oyo pasos y, al girarse, se encontro a un viejo conocido que se afanaba atando un cabo a no se sabe donde.

– ?Hombre! ?Alonso Contreras! -dijo el templario.

El marinero castellano miro a Arriaga como si fuera el mismisimo diablo y murmuro:

– Perdonad, senor, yo ya me iba.

– No, esperad. Quiero deciros una cosa. En nuestro viaje anterior tuvimos un mal encuentro, quiero que sepais que lo hice porque vuestras habladurias de marineros podian poner en peligro a mi amigo. Estaba enfermo. Era mi deber llevarlo a casa sano y salvo. Ahora el esta muerto, espero que descanse en paz. Deseo haceros saber que, por mi parte, esta todo olvidado y que me gustaria que comprendierais por que os tuve que tratar con dureza.

– Esta olvidado -dijo el marino de larga melena negra.

– Bien, me alegro. Aun asi debeis de pensar que era el quien causaba el mal tiempo.

– Son cosas de marineros, mi senor, la gente de tierra adentro no lo puede entender.

– Supongo que cada uno conoce su oficio y que a vuestra manera tendreis razon. Tomad, por las molestias y el asunto de la daga en la bodega.

El marino quedo sorprendido al ver el sueldo de oro que le tendia Arriaga.

– Vaya, gracias, senor.

– ?Vivis en La Rochelle?

– Desde hace quince anos.

– ?Y teneis algun descanso en vuestra jornada?

– ?Yo? Ahora, al mediodia.

– Bien, Alonso, os espero en mi camarote, tengo que hablar con vos. Que no os vean entrar en el. Es por un negocio delicado.

Se quedo contemplando el mar durante un rato, a la diestra las costas de Inglaterra, a la derecha el horizonte tras el que se encontraba la convulsa Francia. ?Que le esperaba en Tierra Santa? ?Estaria alli oculto el tesoro del Temple?

Entonces lo vio claro. Rosslyn.

?Para que habian de construir las familias una replica en menor tamano sino para ocultar el tesoro del Templo de Salomon? Era evidente, obvio.

No obstante, aquel lugar estaba vacio. Solo aquel Baphomet presidia el lugar

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