apagado, observa un tenue brillo amarillento tras el gran cristal.

Algo arde alli arriba, o mas bien centellea.

Queroseno. Es el nuevo combustible que ha reemplazado al carbon: seguro que se ha prendido el queroseno.

Bengtsson abre la puerta de acero del faro y entra. La puerta se cierra tras el. El viento se detiene, pero no el estruendo, pues la tormenta sigue.

Se apresura por la escalera de piedra que sube en espiral a lo largo de la pared.

Bengtsson comienza a resoplar. Ciento sesenta y cuatro peldanos: ha subido por alli innumerables veces y los ha contado. Mientras asciende, nota como la tormenta golpea las paredes de un metro de espesor. El faro parece mecerse con la fuerza del viento.

A medio camino le llega un penetrante olor.

Un hedor a carne quemada.

– ?Jan? -grita Bengtsson-. ?Jan!

El cuerpo aparece veinte escalones mas arriba. Yace en la empinada escalera, con la cabeza hacia abajo, tirado como un trapo. Su uniforme negro aun esta ardiendo.

De alguna manera, Klackman habra perdido el equilibrio y le habra caido queroseno ardiendo encima.

Bengtsson sube los ultimos peldanos hasta alcanzarlo, se quita la chaqueta y comienza a apagar el fuego.

Alguien sube por la escalera detras de el y Bengtsson grita sin darse la vuelta:

– ?Se esta quemando!

Continua apagando el fuego del cuerpo de Klackman.

– ?Aqui!

Nota una mano en el hombro, es Westerberg, otro ayudante de farero, que lleva una cuerda y la pasa deprisa por debajo de los brazos de Klackman.

– ?Tenemos que cargarlo!

Westerberg y Bengtsson transportan su cuerpo humeante por la escalera en espiral.

Al llegar abajo, casi pueden volver a respirar con normalidad. Pero ?respira Klackman? Westerberg llevaba un farol que ahora descansa en el suelo. A su luz, Bengtsson ve las graves quemaduras de su amigo. Tiene muchos dedos carbonizados y las llamas le han alcanzado el cabello y el rostro.

– Tenemos que sacarlo de aqui -dice.

Abren la puerta del faro y salen con paso vacilante a la tormenta, cargando a Klackman entre ambos. Bengtsson respira el aire gelido. La tormenta de nieve ha amainado, pero no las enormes olas.

Se queda sin fuerzas mientras suben por la playa. A Westerberg se le suelta la pierna de Klackman y resopla al hundirse de rodillas en la nieve. Bengtsson tambien suelta a su amigo, pero se inclina sobre el.

– ?Jan? ?Me oyes? ?Jan?

Es demasiado tarde para hacer nada. El cuerpo gravemente quemado de Klackman yace inmovil en el suelo, su alma lo ha abandonado.

Bengtsson oye gritos y voces preocupadas que se acercan. Ve a Jonsson, el farero jefe y al resto de fareros que avanzan a toda prisa contra el viento.

Los siguen las mujeres de la casa. Bengtsson reconoce a una de ellas, es la esposa de Klackman, Anne- Marie.

Tiene la mente en blanco. Debe decirle algo, pero ?que se dice cuando ha sucedido lo peor?

– ?No!

Una mujer llega corriendo. Loca de pena, se inclina sobre Klackman y lo sacude con desesperacion.

Pero no es Anne-Marie sino Lisa, la mujer de Bengtsson, la que se arrodilla llorando junto al cuerpo sin vida.

Mats Bengtsson comprende que nada es como el creia.

Cuando su mujer se incorpora, lo mira a los ojos. Ahora que se ha tranquilizado, comprende lo que ha hecho, pero Bengtsson asiente con la cabeza.

– Era mi amigo -dice laconico, y vuelve la vista hacia el faro apagado.

7

– Asi que piensas que antes todo era mejor, Gerlof -dijo Maja Nyman.

En la residencia de Marnas, el dejo la taza sobre la mesa y medito la respuesta durante algunos segundos, como solia hacer.

– No todo. Y no siempre. Pero muchas cosas estaban al menos mejor… planificadas -contesto-. Teniamos tiempo para pensar antes de actuar. Hoy dia no es asi.

– ?Mejor planificadas? -repitio Maja-. Vaya, eso crees… ?No recuerdas al viejo zapatero de Stenvik? ?El que vivia en el pueblo cuando eramos pequenos?

– ?Te refieres a Zapatos-Paulsson?

– Arne Paulsson, si -confirmo ella-. El peor zapatero del mundo. Nunca aprendio la diferencia entre el zapato derecho y el izquierdo, o quiza pensara que era innecesario. Por eso solo hacia un tipo de zapatos.

– Si -asintio Gerlof en voz baja-. Lo recuerdo.

– Como minimo te acordaras del dano que hacian -anadio Maja, y esbozo una sonrisa-. Los zuecos de Paulsson apretaban y bailaban al mismo tiempo. Y siempre se nos salian cuando corriamos. ?Eso era mejor?

Tilda estaba sentada a la mesa del comedor de la residencia de ancianos y escuchaba fascinada. Incluso habia conseguido olvidar sus problemas de trabajo.

«Estas conversaciones sobre los viejos tiempos deberian conservarse», penso, pero habia dejado la grabadora en el escritorio de Gerlof.

– Bueno -dijo este, y levanto de nuevo la taza de cafe-. Quiza antiguamente no todo el mundo pensaba en el futuro. Pero la gente por lo menos pensaba.

Veinte minutos despues, Tilda y Gerlof regresaron a la habitacion de este, y encendieron de nuevo la grabadora. El se puso a hablar sobre sus primeros tiempos como joven capitan en el Baltico; de fondo se escuchaba el tictac del reloj de pared.

Tilda comprendio que la residencia de ancianos no era triste ni monotona, sino que estaba llena de paz. Cada vez se sentia mejor en la pequena habitacion de Gerlof, alli casi podia olvidar los sucesos de los ultimos dias. Todo lo que habia ido mal en ludden.

Nombre equivocado, notificacion equivocada, acogida equivocada: un marido de duelo que no deseaba hablar con ella, y seguro que mucho chismorreo entre sus colegas desde sus primeros dias como policia de proximidad.

Y, sin embargo, no era solo ella quien habia cometido un error.

De pronto, se dio cuenta de que Gerlof habia dejado de hablar y la observaba.

– Asi es -dijo-. Todo cambia.

La cinta seguia girando en la grabadora, sobre la mesa.

– Si, son nuevos tiempos -convino Tilda en voz alta-. ?Que te viene a la cabeza cuando recuerdas los viejos?

– Bueno…, en mi caso se trata de la marina mercante -contesto el, y de nuevo miro de reojo la grabadora con desconfianza-. Los hermosos barcos que atracaban en el puerto de Borgholm. Como olian cuando se subia a bordo…, a alquitran de pino, a pintura, a fueloil…, al agua estancada del lastre en las bodegas, y al aroma del guiso de la cocina.

– ?Que era lo mejor de entonces? -pregunto Tilda.

– La tranquilidad… y el silencio. Que las cosas tomaran su tiempo. Cuando yo navegaba, la mayoria de los barcos tenian pequenos motores; los que solo tenian velas, no podian hacer nada cuando el viento se calmaba por la tarde. Entonces, se echaba el ancla y se esperaba a que volviera a soplar el viento a la manana siguiente. Y nadie sabia con certeza donde se encontraba el barco antes de que aparecieran el telefono y las radios de onda

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