A traves del cristal, vio a dos personas vestidas de negro fuera, en la escalera.
Se trataba de una pareja de la edad de Katrine y el. El hombre llevaba traje, la mujer una capa azul oscuro y falda. Ambos le sonrieron afablemente cuando les abrio la puerta.
– Hola -saludo ella-. Somos Filip y Marianne. ?Podemos pasar?
Joakim asintio y abrio la puerta de par en par. ?Venian de la funeraria de Marnas? No los reconocio, pero durante las ultimas semanas lo habian llamado varias personas de la funeraria. Todas habian sido muy consideradas.
– Vaya, que bonito es esto -comento la mujer al entrar en la cocina.
El hombre echo tambien un vistazo, asintio y se dio la vuelta hacia Joakim.
– Este mes estamos de viaje por la isla -dijo-, y hemos visto que habia alguien en la casa.
– Vivimos aqui todo el ano… Mi mujer, mis dos hijos y yo -contesto el-. ?Desean tomar un cafe?
– Gracias, pero no tomamos cafeina -respondio Filip, y se sento a la mesa de la cocina.
– ?Como se llama, si me permite la pregunta? -inquirio Marianne.
– Joakim.
– Joakim, deseamos darle una cosa. Es importante.
La mujer saco algo del bolso y lo dejo sobre la mesa, delante de el. Se trataba de un folleto.
– Echele un vistazo. ?Verdad que es bonito?
Joakim miro el delgado folleto. Un dibujo en la parte delantera representaba una pradera florida bajo un cielo azul. En la pradera, estaban sentados un hombre y una mujer vestidos de blanco. El pasaba el brazo sobre una oveja que estaba echada sobre la hierba mientras que la mujer sujetaba un gran leon. Se sonreian el uno al otro.
– ?No le parece el paraiso? -pregunto Marianne.
Joakim alzo la vista hacia ella.
– Yo creia que el paraiso era esta casa -respondio-. No ahora, antes.
La mujer lo miro desconcertada durante unos segundos. Luego sonrio de nuevo.
– Jesucristo murio por todos nosotros -dijo-. Murio para que pudieramos alcanzar ese bienestar.
Joakim miro el dibujo de nuevo y asintio.
– Muy bonito. -Senalo la imponente montana que habia al fondo del dibujo-. Una montana muy bonita.
– Es el paraiso celestial -explico Marianne.
– Seguimos viviendo despues de muertos, Joakim -intervino Filip, y se inclino sobre la mesa como si fuera a revelarle un gran secreto-. Vida eterna… ?No es fantastico?
El asintio. No podia dejar de mirar el dibujo. No era la primera vez que veia aquellos folletos, pero nunca habia advertido la belleza de las imagenes del paraiso representadas en ellos.
– Me gustaria vivir en esa montana -dijo.
Fresco aire de montana. Podria vivir alli con Katrine. Pero la isla a la que se habian mudado era completamente llana, alli no habia montanas. Ni ninguna Katrine…
De repente, le costo respirar. Se inclino hacia delante y sintio que las lagrimas anegaban sus ojos.
– ?No se encuentra bien? -pregunto Marianne.
El nego con la cabeza, se inclino sobre la mesa y rompio a llorar. No, no se encontraba bien. No estaba bien, tenia la carne machacada.
?Oh, Katrine… y Ethel!
Lloro y sollozo sin parar durante varios minutos, ajeno a lo que le rodeaba. Oyo voces susurrantes y sillas que se movian con cuidado, pero no podia detener el llanto. Sintio una mano calida que se posaba sobre su hombro, donde permanecio unos segundos antes de retirarse. Despues, la puerta de la cocina se cerro quedamente.
Cuando al fin pudo dejar de llorar, vio que estaba solo. El motor de un coche arrancaba en el jardin.
El folleto con la pareja y los animales en la pradera seguia sobre la mesa. Cuando desaparecio el sonido del motor, Joakim se sorbio la nariz en silencio y miro el dibujo.
Tenia que hacer algo. Lo que fuera.
Suspiro con cansancio, se levanto y tiro el folleto a la basura, que estaba debajo del fregadero.
En la casa reinaba un profundo silencio. Salio al pasillo del salon vacio y observo durante un buen rato los botes, botellas y trapos que habia ordenados en el suelo. Al parecer, la semana anterior Katrine habia empezado a limpiar los marcos de las ventanas con natron.
Al tener las ideas mas claras que el respecto a la decoracion su mujer habia elegido los colores de las habitaciones, el papel de las paredes y decidido los detalles. Ya habian comprado el material, que se encontraba en el suelo, junto a las paredes, esperando ser usado.
Joakim suspiro de nuevo.
Despues abrio una botella de natron y cogio un trapo. Comenzo a trabajar concentrandose en los marcos de las ventanas.
El roce del trapo sobre la madera producia un ruido desolador en medio del silencio.
«No aprietes mucho, Kim», oyo que decia la voz de Katrine en su cabeza.
Llego el fin de semana. Los ninos no tenian guarderia y jugaban en la habitacion de Livia.
Joakim habia acabado con las ventanas del salon, y el sabado comenzaria a empapelar la habitacion esquinera del sudoeste. Tras el desayuno, preparo una mesa y un cubo con pegamento.
Se trataba de un pequeno dormitorio que, al igual que muchos otros, tenia una centenaria chimenea en un rincon. El papel de flores que cubria la mayoria de las habitaciones parecia de comienzos del siglo XX, pero desgraciadamente, estaba en tan mal estado que no se habia podido salvar. Tenia innumerables manchas de humedad y en algunas zonas colgaba a tiras. Katrine lo habia arrancado durante el otono y despues habia lijado las paredes y aplicado masilla, dejandolo todo listo para el nuevo empapelado.
A Katrine le gustaba aquella habitacion en particular.
Pero Joakim no iba a rememorar mas cosas de ella. No debia pensar, sino empapelar.
Cogio los rollos de papel blanco de zinc: un grueso papel ingles hecho a mano, del mismo tipo que el que habian puesto en Appelvillan. Despues, saco un cuchillo y la larga regla y empezo a cortar.
Katrine y el siempre habian empapelado juntos.
Suspiro, pero se puso manos a la obra. Las prisas no eran buenas cuando se realizaba aquel trabajo, por lo que la tarea se convirtio casi en meditacion. El era un monje, la casa su monasterio.
Cuando hubo colocado las cuatro primeras tiras en una de las paredes cortas de la habitacion y las estaba alisando con un cepillo, de repente oyo unos golpes sordos. Se bajo de la escalera y aguzo el oido. El ruido era ritmico, con unos segundos de intervalo, y procedia de fuera de la casa.
Se acerco a la ventana que daba a la parte trasera y la abrio. Penetro un frio helador.
Debajo de la ventana habia un nino sobre la hierba, uno o dos anos mayor que Livia. A sus pies, habia una pelota de futbol de plastico. Tenia el pelo castano rizado, que le sobresalia por debajo del gorro de lana, y llevaba un anorak mal abrochado. Observaba a Joakim con ojos curiosos.
– Hola -saludo este.
– Hola -dijo el nino.
– No es buena idea que juegues a la pelota justo aqui -prosiguio Joakim-. Si fallas, puedes romper un cristal.
– Apunto a la pared -contesto el nino-. Siempre acierto.
– Bien. ?Como te llamas?
– Andreas.
Este se restrego con la palma de la mano la nariz roja a causa del frio.
– ?Donde vives?
– Alla lejos.
Senalo hacia la granja. Asi que Andreas era uno de los hijos de Carlsson, el campesino, y ese sabado habia salido de paseo por su cuenta.
– ?Quieres entrar? -le pregunto Joakim.
– ?Para que?
– Puedes conocer a Livia y a Gabriel -contesto el-. Son mis hijos… Livia es de tu edad.
– Yo tengo siete anos -anuncio Andreas-. ?Ella los ha cumplido?
