– No seas un vlax, Costa -le dijo autoritaria-. Esto es America. El ha hecho lo que aqui es costumbre hacer.

– Nada importan las costumbres de aqui -dijo Costa, con los ojos centelleantes-. Ese chico es mio. ?Has visto lo que le ha hecho, este armenio?

– Vamos, Costa, realmente, estas comportandote como un asno.

– Debio habermelo preguntado, ?que demonios! ?Vlax! |Asno!

– En cuanto a eso, tienes toda la razon -dijo Ethel-. ?No es verdad, doctor Boyajian? -Se volvio hacia el medico que permanecia todavia de rodillas. – Digalo, doctor, digale que tiene toda la razon.

El doctor recibio el mensaje.

– En cuanto a eso -dijo-, si. Supongo que tiene razon.

– Nada de «supongos» -replico Ethel-. Costa tiene toda la razon. Digalo. ?Digaselo a el con esas mismas palabras!

– Tiene usted toda la razon, senor -dijo el doctor Boyajian.

– Tenia que haberselo preguntado primero. Ahora usted lo sabe. Digaselo.

– Ciertamente debia haberselo preguntado antes – el doctor le dijo a Costa.

– ?Y de que sirve ahora todo eso? -exclamo Costa alzando las manos.

– Digale que lo siente -dijo Ethel-. Digaselo.

– Lo siento, senor -dijo el doctor Boyajian-. Le presento mis excusas.

Ethel se volvio hacia Costa.

– Se como te sientes por lo ocurrido, padre -le dijo- y lo lamento. Pero ahora… Costa, no estoy muy fuerte. ?Corre! Llevame a mi habitacion, padre.

– ?Que? -dijo Costa-. ?Que pasa?

– Sostenme -dijo Ethel, cayendo encima de el y agarrandose a su brazo buscando apoyo-. Sostenme.

La Policia se presento preguntando por Costa. Lo encontraron en la habitacion de Ethel, dormido en la cama cercana.

– Ha tenido un dia agotador -dijo Ethel a los funcionarios de la ley-. Ya pueden ver ustedes que no es un hombre joven.

– Solo queriamos comunicarle -dijo uno de los hombres- que el medico ha decidido no presentar denuncia.

Cuando los policias se hubieron marchado, Ethel cruzo la habitacion y se sento al borde de la cama donde el viejo estaba durmiendo. Gentilmente, acaricio la cabeza de Costa. Sus tiempos felices ya habian terminado.

Amamanto al bebe por ultima vez antes de llevarlo a casa.

El joven Costa, segun Ethel observo desde el primer momento, tenia un caracter fuerte. Cuando el la miraba, lo hacia de un modo penetrante. Sus ojos no vacilaban.

Ethel hablo con el doctor al respecto y el le respondio que el bebe aun no podia enfocar su mirada, de modo que no la miraba en realidad a ella, que no le dirigia especialmente la mirada. Esta informacion de un experto le proporciono cierta tranquilidad, pero, de todos modos, Ethel siguio pensando que el pequeno Costa la miraba a ella, especialmente a ella, y que sus ojos la estaban acusando.

– ?Que es lo que quieres? -le preguntaba Ethel cuando le daba el pecho-. ? Ay! -decia cuando sus encias duras le encontraban el pezon-. Tu te crees que yo soy de tu propiedad, ?no es asi, eh, pequeno bastardo? -le decia Ethel cuando el bebe se agarraba de su pulgar con la mano y con una fuerza que sorprendia a Ethel se mantenia aferrado como un pequeno mono-. ?De que te preocupas, monito? Tu madre no va a dejarte caer del arbol..

Pero Ethel sabia que iba a hacerlo.

Algunas cosas del nino eran esencialmente de bebe: el olor de su cuerpecito empolvado de talco, el ligero olor de orina, sus rosadas unas perfectas, de color tan delicado como las piedras preciosas, el dulce hilillo de saliva que Ethel debia secarle de los labios, la manera en que movia sus piernas como si todavia estuviera intentando abrirse paso para salir de su vientre.

Lo principal en el, no obstante, era esa constante expresion de demanda en sus ojos, que causaba en Ethel un presentimiento vago como si el chico supiese que ella tenia intencion de traicionarlo, de hacer con el lo que alguien antes habia hecho con ella: Convertirlo en un nino sin padres.

«? Por que vas a hacer eso conmigo?», es lo que Ethel leia en esa mirada.

Lo que, naturalmente, era una estupidez… ver un pensamiento.

Pero, ?habia tambien ira en esa mirada? Asi parecia.

Cuando el chico no estaba en sus brazos, estos sentimientos de culpa se amortiguaban.

– ?Por que deberia yo hacerme cargo de otra vida cuando todavia no he empezado realmente la mia? -se preguntaba Ethel-. Costa cuidara de ti -le decia al chico-. Lo hara mucho mejor que yo.

Algunas veces ella misma estaba convencida de ello. Otras no.

En casa, Costa vigilaba el horario de alimentacion del bebe, de dia y de noche. Cinco minutos antes daba unos golpecitos en la puerta de Ethel y decia:

– ?Preparate! ?El espera!

Cuando el bebe terminaba, Costa lo cogia, teniendo mucho cuidado, observo Ethel, para no mirar los pechos de la madre, y lo sostenia en alto para el eructo. Tambien se preocupaba por lodo lo que concernia al bebe. Hervia las sabanas.

– Demasiados microbios en el mundo -decia.

Lo que Ethel deseaba era exactamente lo que estaba sucediendo: Costa estaba quitandole el chico.

Pero resultaba evidente que ella no podria escabullirse tan pronto como habia planeado. Tenia que destetar al pequeno Costa; el bebe tiraba de sus pezones con sus encias duras, enrojeciendolos fuertemente. Sus necesidades eran absolutas. Todavia lo serian durante algunas semanas. Costa habia dejado muy claramente sentado que esperaba que Ethel amamantaria al nino todo el tiempo mientras tuviera leche.

– Mi madre, igual -dijo-. Pero Noola, ?papilla! Por eso yo soy mas fuerte que Teddy. ?Lo ves?

Cuando Petros vino a visitarlos aquel fin de semana, Costa no le permitio entrar en la casa.

– Estas sucio -dijo simplemente. Pero le ofrecio echar una ojeada al heredero del genio familiar a traves de la mampara de rejilla de la nueva habitacion.

– Se comporta cada vez mas como si el fuese el padre -dijo Petros. Entonces, a pesar de Ethel, dijo en voz alta a traves de la rejilla-: Eh, tu, vlax, yo me ducho tres veces al dia. ?Cuantas veces te duchas tu? Me cambio de ropa interior todas las mananas. ?Cuando te cambiaste tu por ultima vez?

– Sigues estando sucio -respondio Costa.

– Puedo olerte desde aqui. Siento lastima por ese chico. Crecera con el convencimiento de que es normal para cualquier hombre oler como una esponja muerta.

– Vamos, vete a casa antes de que me ponga furioso. -Costa tiro de un biombo de madera alrededor del bebe dormido.

– La gente de la darsena habla todavia de la peste que dejabas detras de ti. Estan rogando para que venga un huracan que se lleve tu efluvio.

Costa se acerco a la mampara.

– Vete de mi propiedad -vocifero.

– Los negros de alli huelen mejor que tu. ?Son un perfume al lado de tu mierda!

– Ultima oportunidad. Vete de prisa. Antes de que te mate.

– Ya has dicho eso demasiadas veces.

Mampara por medio, ambos estaban casi nariz contra nariz. El bebe durmio pacificamente durante toda la disputa. Ethel tuvo que alejar a Petros casi por la fuerza. Ya en su coche, sentado frente al volante, estaba temblando todavia.

– ?Cuando te vere? -Petros pregunto a Ethel. – Me estoy volviendo loco, ahi abajo, solo.

– Buscate otra chica -respondio Ethel.

– ?Tu eres mi chica! Vamos, Ethel, te necesito. ?No ves que estoy angustiado? Tendre que matar a ese viejo bastardo, lo juro, a menos que tu me calmes. ?Ethel! ?Vamos!

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