casado.

Y ella escribia:

Y eso no ha arruinado nuestra relacion.

Y el seguia:

Todavia no.

Ambos enviaban besos.

Ethel habia olvidado comunicarles el nacimiento del bebe. Y ahora, cuando hubiera podido hacerlo por telefono, no lo hizo. Una llamada telefonica se convertiria inevitablemente en una llamada de ayuda. «Arrastrarse», pensaba Ethel. De rnodo que no lo hizo y paso un dia, y otro, y ya era demasiado tarde. Ethel ya no sabia en que lugar del mundo podria encontrarlos.

Ethel se quedo en su propio apartamento, visitando a Petros, como solia hacer antes, en su embarcacion. Un dia Petros la llevo para que viese otro apartamento. En todas las habitaciones habia enormes ramilletes de flores, una bienvenida extravagante. Petros, no tan solo habia cambiado de apartamento, sino que tambien habia cambiado de mobiliario. Habia llegado al extremo de contratar un decorador del teatro de la comunidad de Sarasota, y le habia dado una unica instruccion:

– Es para mi mujer. Si a ella le gusta, me gustara a mi.

El lugar se habia decorado con esta simple premisa en mente. En la cocina habia un horno de microondas, empapelado romantico en las paredes del dormitorio, y en el cuarto de vestir un enorme espejo enmarcado con ninfas, cisnes y cupidos.

– Owen -le habia dicho Petros a su decorador-, cambia cualquier cosa que ella quiera.

– Owen -habia dicho Ethel- ?quien podria pedir nada mas?

Cuando Ethel miro por la ventana del dormitorio, nada habia a la vista, excepto las aguas azules del golfo de Mexico y la prolongada curva de una playa blanca perfecta con el Cayo Casey en la distancia.

Petros habia ido a fantasticos extremos -y gastos- en beneficio de Ethel.

Se le seco la leche en pocos dias, pero Ethel sentia todavia el instinto de amamantar. El bebe estaba destetado; ella no.

Petros habia exigido que ella se quedara con el aquel fin de semana. De hecho, se lo habia ordenado. Pero cuando llego el domingo, Ethel sentia remordimientos acerca del pequenin en el Norte, se sintio culpable por primera vez y dijo a Petros que se marchaba. Cuando Petros protesto, Ethel le desafio.

Fue un dia muy humedo y la temperatura ascendio a mas de 40 °C. Por el camino escapo por poco de un accidente. Estaba distraida y cruzo la linea, retrocediendo, justamente a tiempo, ante el indignado estruendo de bocinas por todas partes.

Se habia estado diciendo, en aquel momento, que esta vez no deberia huir; por una sola vez en su vida, deberia decir la verdad y afrontar las consecuencias.

Llego a la casa a las cuatro de la tarde, la hora mas pesada y calurosa de la tarde. No habia nadie a la vista. Probablemente estaban dormidos, penso Ethel, de modo que entro de puntillas en el nuevo cuarto de Costa. Abriendo la puerta sin hacer ruido, vio al viejo y al nino desnudos en la cama, haciendo la siesta.

Costa tenia unos atributos masculinos voluminosos, con un escroto mayor que cualquiera que ella hubiera visto antes. Su pecho era un barril que se alzaba y descendia, ritmica y lentamente, tratando mas tiempo que el normal en llenarse y vaciarse.

El nino se desperto en aquel momento y pateo.

Esto desperto a Costa. Miro al pequeno con adoracion. Se volvio entonces hacia la puerta en donde Ethel permanecia de pie, y la miro sin tratar de cubrirse.

Ella cerro suavemente la puerta y se dirigio a la salita, oscura y fresca. Miro las viejas fotografias empalideciendo en las paredes, la historia familiar, oscureciendose con la edad. Cerrando los ojos, se quedo sentada inmovil.

Despues, entro en su auto y volvio al Sur.

El dia siguiente con Petros resulto muy tempestuoso. Petros habia decidido que ella se divorciara inmediatamente de Teddy, se casara con el y se instalaran juntos, incluido el nino.

– Estas comiendo el pan de mi enemigo cuando vas alli -dijo Petros -. Te quiero aqui conmigo, la semana proxima, y se acabo. Y tambien el chico.

– No puedo quitar el nino al viejo -dijo Ethel-. Yo hice ese nino para el.

– Yo se lo quitare. Me divertira hacerlo.

– ?Y que haras cuando el venga detras de ti? Ya sabes como es, una furia.

– Lo matare. Costa siempre esta contando como lo hacen en nuestra isla. Asi es como ellos lo hacen.

Ethel sabia que ella lo incitaba, empujandolos, a ambos, a un terrible encuentro. Pero parecia no saber como detenerlos. «?Es que acaso me divierte? -penso-. ?Es que deseo realmente que se peleen por mi hasta que uno mate al otro?»

– Nunca mas voy a privarme de tener mi propio hogar -dijo Ethel.

– Vas a hacer lo que yo te digo, de modo que decidete.

– A la mierda.

– ?Cuando?

Una broma. Pero no lo era. Era una tecnica. Cuando Petros sentia que ella estaba saliendo de los limites, eso es lo que hacia, su solucion a todos los problemas. Petros creia que de aquella manera siempre la hacia callar.

Habia llegado el momento. No habia razon alguna -o modo – de posponerlo mas tiempo.

A la tarde siguiente, Costa la llamo por telefono a la oficina. Por telefono parecia una persona diferente. -Ven en seguida -dijo.

– ?Adonde, padre?

– ?Adonde? A mi casa. ?Adonde! Vamos… Esta noche.

– Pero, padre, yo…

– Vamos, vamos. Estoy esperando. Teddy tambien viene. Adios.

Y colgo el telefono.

Ethel estaba preocupada. Habia sido tan autoritario, su voz tan dura. Pero a lo mejor… quiza le habia sucedido algo al nino. Subio en el viejo «Oldsmobile» de Petros y se dirigio al Norte.

Costa se hallaba bajo el roble, sosteniendo a Costa el joven apoyado al lado de su cadera. Le mostro la habilidad del chico en colgarse agarrado a los pulgares del abuelo.

– Como un gorila, fuerte -dijo orgullosamente-. Este chico sera almirante, cosa segura.

– O un acrobata. ?Por esto me has hecho venir corriendo?

– Manana gran dia -respondio Costa.

– ?Que gran dia?

– Llame a Tampa. Sacerdote a punto. Teddy tambien, vendra manana por la manana en avion. Aquella zorra, Noola, no quiere renunciar a su paga de un dia. Asi que bautizaremos al pequeno Costa sin ella. ?Ya es hora, verdad?

Ethel recordo que el viejo habia estado esperando que su hijo regresara de sus deberes en el mar para este acontecimiento.

Al dia siguiente por la manana, Ethel dejo a Costa y el nino en la vieja iglesia de Tampa y se fue al aeropuerto para recibir a Teddy.

Teddy parecia realmente un oficial. Desde su explosion frente a Costa, se habia convertido en otro hombre, tratando los problemas del resto del mundo de igual manera que trataba los suyos, con una inquebrantable confianza en las respuestas acertadas que poseia, puesto que todas ellas figuraban en el manual.

Mientras se dirigian de nuevo a la iglesia, Ethel le dijo:

– No puedo seguir con este asunto. No lo siento, lo he hecho, pero he llegado al fin.

– ?Vas a decirle la verdad? ?Antes de marcharte?

– ? Si tuviera suficiente valor! Si no, me ire sencillamente. ?Que me aconsejas tu?

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