recordaban un campo de refugiados despues de una catastrofe.

La noche antes de la boda, los griegos dieron una fiesta. Las cinco mujeres cumplieron con su deber en las pequenas cocinas. Se pusieron a trabajar al romper el dia y a las siete estaba dispuesto un agape de cuatro platos, listo para ser servido en platos de papel con un dibujo de criaturas del mar.

Ethel se encontro en el centro de un remolino de afectos. Las mujeres griegas aprovechaban cualquier excusa para tocarla. Cuando Ethel se sentaba, ellas se sentaban junto a ella, ofreciendole pequenas cantidades de comida para entretener el tiempo hasta el momento del agape. Le acariciaban el cabello, expresando su admiracion:

– ?Mira, como oro!

Le alisaban el vestido y la falda, sacudian las migas de su regazo. Despues, cogiendole las manos, examinaban sus dedos y sus palmas, hablando entre si para comparar impresiones, afirmando, sonriendo, y estando de acuerdo en que Ethel era la muchacha conveniente, la muchacha que ellos habian esperado, una buena eleccion para Teddy.

Ethel recibio el mensaje. El futuro de ambos estaba en las manos de ella.

Por primera vez en su vida, Ethel tenia lo que habia deseado: una familia a su alrededor. Le gusto ser el centro de todas sus esperanzas.

Finalmente comprendio algo mas: la trataban como si ya estuviera encinta. Por este motivo la hacian sentar continuamente, descansar, y la colmaban de mimos. Y alimentos.

El unico invitado por parte de Ethel era su padre. Mistress Laffey se habia quedado en el cuarto de su hotel, enviando saludos por mediacion de su marido, que el doctor Laffey se olvido de transmitir.

– ?Donde esta su esposa? -pregunto Costa-. Es como un ratoncito. ?Donde se esconde, tan callada?

– Esta en el hotel. No se encuentra bien.

– Gracias a Dios no esta enferma, ?verdad?

El viaje desde Tucson habia hecho mella en la fortaleza de mistress Laffey, pero esa no era la razon por la que, poco despues de haberse alojado en el «Sheraton Half-Monn Inn», ella le dijo que necesitaba reposar en la cama. Habia otra causa, secreta.

Era la primera vez en muchos anos que Emma y Ed Laffey compartian un mismo dormitorio. Tan pronto el botones cerro la puerta, el doctor se desnudo para ducharse y asearse. Ver a su marido desnudo fue un trauma para Emma. Su vigor abundante, su evidente sexualidad, la deprimieron y la asustaron. Supo que lo que habia estado sospechando durante mucho tiempo tenia que ser verdad. El doctor Laffey tenia otra mujer, una amante. Este reconocimiento la desmorono. El encantador mister Avaliotis, penso, ?nunca haria algo tan desleal a su esposa!

La cena en el motel resulto muy bulliciosa. Ethel pronto se dio cuenta de que todo lo que sucedia iba dirigido a ella. La tribu de griegos, todos originarios de la isla Kalymnos del Dodecaneso, contaron a la joven mujer que estaba penetrando en su mundo, las leyendas de su lugar de origen. Le describieron la topografia, las colinas rocosas, los olivares, los puertos, las playas. La historia del Dodecaneso fue narrada en detalle, con todas las fechas importantes. Las villanias de los turcos fueron explicadas graficamente; las de los italianos, humoristicamente. Uno de los hombres que habia luchado contra los italianos en 1942 conto historias amables sobre su cobardia, explicando como los bribonzuelos corrian a toda velocidad hacia sus oponentes griegos para rendirse sin demora.

Inspirados por la bebida y los ojos relucientes de la novia, comenzaron a cantar, al principio canciones de Kalymnos, su isla de origen, y despues de Simi y Halki, sus vecinas del Egeo. Extendiendo el circulo de su memoria a medida que se les agotaba el repertorio, recordaron canciones de Samos, de Mitilene, entrando en las Cicladas y finalmente hasta el propio Peloponeso. Aquella noche toda Grecia fue celebrada en un motel de San Diego.

Finalmente Costa canto.

– Felices son los ojos del novio, que escogio esta bella novia. -Brindo entonces por el doctor Laffey.- Deseo una larga vida, suficiente para pagar esta boda.

Siguio el baile. Costa inicio a Ethel. Ella sentia su fuerte brazo alrededor apretando la delicada estructura de su caja toracica contra el poderoso pecho de el. Ethel lo miraba a los ojos, resplandecientes con la expresion de un hombre satisfecho.

Era su hora. Ellos eran la familia, el el mantenedor de la tradicion, ella la madre del futuro.

Al finalizar un baile, y mientras Teddy reia, Costa retuvo a Ethel cautiva, jadeante. El doctor Laffey se disculpo y se fue al hotel. Ethel comprendio perfectamente que la partida repentina de su padre era una transferencia de ella a esta nueva familia mucho mas decisiva de lo que pudiera ser cualquier ceremonia.

Queria pasar la noche en el motel con Teddy, y asi se lo susurro. Pero Teddy lo penso mejor; Costa lo sabria y no le gustaria. Lo ultimo que Ethel deseaba era arriesgar un disgusto con el viejo; lo que mas la preocupaba en aquellos momentos era su aprobacion.

Al dia siguiente la ceremonia parecio una palida continuacion de la fiesta, excepto por su climax, el acontecimiento que mas tarde Costa definiria como el momento mas feliz de su vida.

Se sentia desilusionado por la manera en que se canto el ritual de la boda. El joven sacerdote, nacido en los Estados Unidos y sin barba, estudiante en un seminario erigido con fondos donados por millonarios griegos con sentimientos de culpabilidad, hablo en el viejo lenguaje con un marcado acento americano. Los votos tradicionales, aunque correctos en la letra, fueron pronunciados sin el tradicional fervor. Un sacerdote de los viejos tiempos hubiera cumplido con el proposito de Dios, intimidando a todos los presentes, especialmente a la joven pareja, imprimiendo en ellos para siempre el temor del pecado.

Pero era evidente que ese tipo de catarsis estaba ausente. Costa estuvo mirando a su alrededor tristemente, haciendo muecas simiescas, refunfunando en la oreja de Noola, y despues parloteando alto hasta que su esposa le dijo que se callara porque estaba estropeando el servicio religioso.

Pero lo que compenso de todo lo que dentro de la iglesia fuera errado, fue el ritual llevado a cabo en el exterior. Durante esa parte del gamos [15], cuando el sacerdote sostiene dos coronas iguales de flores de azahar (atadas con una cinta blanca: Union) sobre las cabezas de la novia y el novio, diez de los amigos de Teddy abandonaron furtivamente sus puestos en la iglesia. Al finalizar la ceremonia, mientras todos se agrupaban alrededor del sacerdote para besarle la mano (para Costa un sabor amargo: ?donde estaba aquella fuerte sensacion de sebo, adecuada para la mano de un sacerdote?) los jovenes se alinearon a ambos lados de la salida. Cuando los recien casados aparecieron en la puerta de la iglesia, esos gallardos mozos de azul levantaron sus sables cruzando las puntas y creando un arco de honor.

Costa habia visto esto una vez en una pelicula, ?seria en Cuna de heroes, con Tyrone Power como estrella? ?Seria ese mister Power griego? ?Proferis por Power? Costa habia expresado a su hijo el deseo de que pudieran tener esta ceremonia en su casamiento y Teddy habia respondido que era imposible. Sin embargo, el comandante de la base habia concedido el permiso, una contribucion en los nuevos esfuerzos de la Marina por hacer el servicio mas atractivo para sus hombres. Los amigos de Teddy habian pedido prestados trofeos japoneses de los oficiales, habian sacado otros sables de una casa de empenos de la ciudad, y el resto tambien lo pidieron prestado a una compania dramatica local.

Tan pronto como Ethel y Teddy hubieron pasado por debajo del arco, ella se volvio para mirar a Costa que los seguia y vio que sus ojos humedos relucian. Ethel corrio hacia el y le abrazo con toda su fuerza. Costa hizo lo que ella esperaba, la beso en la boca.

?Que delgados y compactos son mis labios, penso ella, y que gruesos y envolventes los suyos!

De Costa llego la senal de que habia terminado la fiesta consecuente a la boda. Nadie lo vio irse a la cama. Pero todos le oyeron roncar.

Noola les saco apresuradamente hacia la otra habitacion.

Cuando Ethel dio a Costa el beso de las buenas noches, el viejo sonrio, pero no abrio los ojos. Ya sabia quien era.

8

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