– Si -dijo-. Durante una semana. Entonces supe que era a ti a quien amaba mas y para siempre. Asi que ya lo sabes. Te he dicho la verdad, lo que es una bobada, segun dicen los hombres, pero he decidido hacer lo que tu me pedias.

Fue un error. Aunque Ethel le dijo que apreciaba su sinceridad, que estaba contenta de que el se lo hubiera contado, se quedo un poco fria. Y al dia siguiente trato de descargarse.

– Fui a un medico y me hizo un analisis. Lo hice por tu padre y por ti y porque quiero que tengamos resultados.

– Estoy contento de que lo hicieras.

– ?Y que hay ahora contigo?

– Yo estoy perfectamente bien.

– ?Como lo sabes?

– Lo se.

– ?Como? ?Como puede saberlo nadie?

– Mira, vamos a vivir juntos, no estaremos en aquella tension terrible como antes y…

– Dejaste embarazada a esa chica.

– Asi es.

– Bueno… -dijo ella.

– Lo siento. Pero esa es toda la historia. Estuvimos juntos una semana, y ella quedo embarazada y cuando ella se hizo abortar ya no la he vuelto a ver.

– De acuerdo -comento Ethel-. Eso sucede a veces.

– Asi es. Gracias.

– ?Quien era ella?

– ?Y eso que importa?

– ?Era la chica que te beso en el «Ship's Bell»?

– Si.

– ?Como te sentirias si yo te hiciera lo mismo?

– ?Lo has hecho?

– Si.

– ?Si?

– No. Pero hubiera podido hacerlo.

– Por el amor de Dios, Ethel, ?quieres dejar de insistir en este maldito asunto?

– De acuerdo.

– Vayamos a echar una ojeada a… -Se saco el periodico del bolsillo, plegado por la seccion de alquileres.

– Y tu quieres que yo renuncie a mi empleo y venga aqui…

– Yo no quiero eso… ?Insisto en eso!

– Bueno, ?pues a la mierda contigo, hermano! Regreso.

– No, no regresaras. ?Para que quieres ese empleo?

– Porque justo en este momento, si no tuviera ese empleo tendria que quedarme aqui contigo, me gustase o no, y como tengo ese empleo puedo estar alli en donde me plazca, y si regreso contigo sera porque crea que puedo estar bien contigo y no porque dependa de ti para comprar carne y patatas. No tengo que pedirte para gasolina, ni garaje, ni reparaciones de auto y eres tu el que dependes de mi para trasladarte en auto, y no yo.

– ?Es asi como tu quieres que sea… que yo dependa de ti?

– Por lo menos lo que no quiero es lo opuesto.

Tres semanas despues, Ethel le escribio desde la darsena, y le dijo que habia perdonado, que ella no habia estado con nadie, que no habia buscado vengarse de esa manera. Por otra parte, no podia aun renunciar a su empleo. Si el queria venir a visitarla, ella estaria muy contenta de verlo y prometia que nunca, nunca, le mencionaria el «Ship's Bell».

Fue durante el final de la primera semana en que el curso habia comenzado.

Los estudios eran mas dificiles de lo que Teddy habia supuesto y Teddy no tenia ganas de tener que recorrer los casi cuatrocientos kilometros hasta donde vivia Ethel. Pero lo hizo… quiza por su padre, o por el bien de la familia o de la tradicion: los griegos no se divorcian. Utilizan a sus mujeres hasta el agotamiento criando hijos, y despues toman una amante para soplar la espuma de la cerveza.

Ethel cumplio con su palabra: no hizo mencion del «Ship's Bell». Habia arreglado su apartamento, lo habia embellecido. Habia fotografias en la pared, incluyendo una de Teddy con su uniforme y otra que Ethel preferia especialmente de Teddy, a los once anos al lado de Costa. Habia tambien un viejo cartel humoristico que Aleko le habia dado, que anunciaba esponjas y mostraba tiburones que se tragaban enteros a los buceadores. Frente a cada una de las ventanas abiertas, Ethel habia colgado pequenos moviles japoneses hechos con fragmentos de cristal que se balanceaban y sonaban cuando el aire los movia.

– Me gusta lo que has hecho aqui -tuvo que admitir Teddy.

– Estoy contenta.

Ethel parecia mas endurecida, no maligna o enfadada; simplemente mas fuerte y con su vida bajo control. Su conversacion rebosaba de comentarios sobre hechos y personajes de la darsena, sobre Petros y el nuevo propietario. Sy Roth se habia arruinado y habia vendido todo, y sobre ella misma, hablando profesionalmente.

– He aprendido taquigrafia y ahora ya se escribir a maquina -dijo-. ?Setenta palabras por minuto!

Cuando lo hubieron hecho muchas veces, ella le dijo que de nuevo estaba en sus dias fertiles.

Teddy no la vio durante tres semanas mas. No podia salvar esa distancia; sus estudios eran demasiado duros. Habia encontrado tambien algunas companeras, chicas bonitas y dispuestas. Estaba nuevamente al margen.

Durante esas tres primeras semanas fue cuando Ethel tuvo su primera pelea con Costa.

Costa habia observado que todos los de la zona que en principio se habian mostrado encantados con la presencia de Ethel, ahora parecian haberse vuelto contra ella. Ahora ya no recibia cumplidos a diario sobre su nuera.

Su amigo Johnny Conatos, a quien Costa pregunto, se lo explico asi:

– Ella ahora mira a los hombres.

Era una explicacion exacta.

Ethel estaba luchando con algo que habia visto toda su vida, pero que nunca habia comprendido realmente. Cuando un hombre y una mujer se cruzan en la calle, si la curiosidad natural les hace observarse mutuamente, es la mujer la que rapidamente desvia la mirada. Una mujer no ha de sostener la mirada de un hombre por mas tiempo que el parpadeo de un ojo. Podria dar lugar a malas interpretaciones.

Las mujeres, concluyo Ethel, se comportan en la calle como animales perseguidos.

Experimento, prolongando sus miradas y pronto cambio la situacion, siendo los hombres los que miraban al suelo o a lo lejos.

Costa la llamo por telefono para decirle el cambio de actitud de sus conciudadanos.

– ?Por que miras a todos los skoopeethi que encuentras por la calle? -le pregunto.

– ?Y adonde tengo que mirar? -pregunto ella.

– ?Al suelo! -dijo Costa.

– ?Incluso cuando estoy con alguien…, con otros hombres, mi esposo, o tu?

– ?Al suelo! Cuando te miren, inmediatamente tu has de mirar al suelo. De otro modo, es seguro, ellos tienen ideas equivocadas.

Pero Ethel no quiso. Muy pronto las murmuraciones cesaron, que era el signo peor; significaba que la actitud de la ciudad se habia establecido en la hostilidad.

Una noche Ethel volvio a casa, a su apartamento, y encontro alli a Noola, con aspecto molesto. Las dos mujeres prepararon la cena y, mientras lavaban los platos, Noola le revelo el motivo de su presencia alli.

– El quiere saber que pasa.

– Dile que pregunte a su hijo.

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