Ethel se estaba derrumbando. No sabia que habia amado a Emma Laffey.

Petros se acerco a ella y la abrazo con gentileza.

– ?Que te sucede? -repetia, como un muchacho que por primera vez ve a su madre llorando y no sabe que hacer.

Ethel se fue a un rincon de la oficina y se quedo alli sollozando.

– No te acerques a mi -le dijo a Petros cuando este fue junto a ella.

Quince minutos despues Ethel se volvio, con los ojos secos.

17

El doctor Laffey llevo a Ethel en su auto directamente a la casa funeraria. Emma nunca habia tenido tan buen aspecto. Su cabello, tan claro que dejaba ver el cuero cabelludo, estaba rizado y arreglado, colocado encima de su cabeza como roscas de panadero y cubria el pequeno cojin infantil bordado en que ella solia apoyar la cabeza. Una mano habil habia llenado su rostro y suavizado las arrugas, relajando la eterna marca de ansiedad de su frente. En sus labios habia una sonrisa de conformidad y estaba vestida de azul, el color de la tranquilidad.

Ethel se juro que nunca mas se vestiria de azul.

Al acercarse a casa, Ethel noto que su padre tenia esplendido aspecto. Se habia llenado de hombros y adelgazado las caderas, y parecia un viejo atleta, quizas un entrenador de rugby.

De la avenida de su casa estaba saliendo un auto.

– Quiero que conozcas a Margaret -dijo Ed. Y le hizo una senal de que se detuviera.

A Ethel le gusto Margaret inmediatamente; era una mujer corpulenta de unos treinta y cinco anos, que en este momento se dirigia a la pista de tenis.

– He venido -le dijo al doctor-, pues pense que te gustaria jugar, para distraerte de otras cosas. Bueno, no te preocupes. Ya encontrare otros jugadores en el club. Hola -dijo a Ethel haciendole un signo amistoso con la mano-. Estoy contenta de poder conocerte finalmente. -Y se fue.

– Es una magnifica jugadora de tenis -dijo el doctor Laffey-. Casi siempre me gana. Va a acompanarme a dar la vuelta al mundo.

– ?La vuelta al mundo!

– Por todos esos lugares que nunca he visitado.

– ?Y que pasa con tu clientela?

– Abandono la profesion.

– ?Y que vas a hacer?

– Ni una maldita cosa. ?Nada!

Cenaron en la terraza.

– No me importa si Margaret viene -habia dicho Ethel. Pero el doctor habia preferido estar a solas con ella.

– La semana pasada he cumplido cincuenta y cinco -le dijo cuando la mesa estuvo dispuesta para el cafe- y no me preocupa ya lo que los otros puedan pensar de mi. Excepto tu. Quiero seguir en contacto contigo. De tal modo que si algun dia crees que he sido cruel para con tu madre recuerdes que estuvo muriendose durante ocho anos y yo estuve alli todos los dias y noches haciendo todo lo que pude. Pero ahora ha sucedido y, ?puedes comprenderlo?, ahora yo celebro mi liberacion.

– No tienes por que darme explicaciones -dijo Ethel-. Espero que esto no parezca tremendamente superior, pero lo dire de todos modos. Cuentas con mi bendicion.

– Gracias. -El doctor la beso.- Esto es todo lo que necesitaba.

Para celebrarlo, ordeno a Manuel que sacase una botella de brandy espanol, «Pedro Domecq».

– La he estado guardando para una ocasion -dijo-, pero nunca hubo nada que deseara celebrar. Hasta hoy.

Ethel sonrio asintiendo con la cabeza, se tomo su brandy y recordo a la mujer vestida de azul yaciendo en su caja de madera de teca, y en la sonrisa de conformidad en su rostro.

Habia muchas personas en los funerales de Emma Laffey; muchas derramaron lagrimas.

Ethel noto cierta actitud fria hacia su padre. Todos sabian lo de Margaret. Para dejar bien clara su propia actitud respecto a su padre, Ethel permanecio durante todo el servicio al lado de el, cogida de su brazo cuando se presentaba ocasion.

Cuando llegaron a casa, Margaret estaba alli. A Ethel le parecio aun mejor. Pertenecia a la tradicion de falda mas larga. El termino «amante» no describia a Margaret.

Juntos terminaron el brandy.

– ?Que planes tienes? -le pregunto su padre.

– No lo se todavia.

– ?Regresar a Florida?

– No de momento.

– ?Pero eventualmente?

– Tengo una deuda pendiente.

– Ya se que no es asunto mio -dijo Margaret-, pero tu padre me ha hablado de tu esposo y de su…

– ?No digas nada malo de su familia! -la advirtio Ethel-. Ninguno de vosotros. Es la unica familia que he tenido.

Antes de mirar a otro lado, Ethel vio que esto habia herido a Ed Laffey.

Al dia siguiente, Ethel desaparecio; subio a un avion en direccion de San Diego.

Envio un telegrama a Adrian Cambere, pidiendole otra entrevista.

Cambere fue a recibirla al aeropuerto.

– Quiero recordarle su oferta -le dijo ella.

– ?Que oferta?

– De hablar otra vez conmigo. Me ayudo antes. ?Me ha reservado alojamiento?

– En la posada «Roseway».

– Tiene usted diferente aspecto.

Ethel observo que Cambere llevaba peluca y recordo que, en su primer encuentro, el no se habia quitado su gorra de jugar a tenis.

– Ahora soy un civil y me sienta esplendidamente -dijo el-. Ademas, estoy escribiendo un libro.

Siguio contandole los cambios introducidos en su vida mientras la ayudaba a instalarse. Durante la cena estuvo hablando sin cesar. Su tecnica profesional, hacer que los otros hablaran, habia fallado.

Cuando la condujo en el auto de regreso a la posada, le pidio si podia entrar.

Cuando estuvieron acomodados, ella en la butaca de arce, y el al borde de la cama, hubo un momento de incertidumbre. El vino habia aturdido ligeramente a Ethel; habian vaciado la botella y media mas, y lo que ella deseaba realmente era irse a la cama, sola. Adrian le sonreia de un modo que ella habia visto ya muchas veces anteriormente, el momento antes de la carga. Ella sabia que tendria que reunir mucha energia para rechazarle; ese jugador de tenis la habia hecho advertir su fuerza durante toda la noche.

Ethel penso que quiza lo mas sencillo seria dejarlo que lo hiciera; probablemente no tardaria mucho, puesto que estaba muy maduro. Y ella podria dormir despues tranquilamente.

Adrian sacudia la cabeza con una especie de desilusion prematura – ?o seria un aviso?- tactica que tambien le era familiar a Ethel; suavizar a la mujer haciendola sentir culpable por adelantado al pensar en la simple posibilidad de rechazarlo. Bueno, penso ella, aqui viene.

– La cosa mas reveladora de ti -dijo Cambere- es la mascara que llevas.

– ?Vaya porqueria confusa! -respondio Ethel-. Digame lo que significa.

– ?Por que has regresado? Vamos, ?di la verdad!

– Para hablar con usted. Usted me ayudo.

– Bueno, me siento halagado. ?Es esa la unica razon?

– Me gustaria hablar con la chica con quien mi marido salia.

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