– Eso lo arreglare yo. ?Es eso todo?
– Lo que queria preguntar a usted especialmente es… ?recuerda que le dije que todo se habia anulado entre mi marido y yo? Esto me intrigaba.
– ?Por que? Es perfectamente natural.
– Porque el sigue gustandome, hasta creo que lo quiero. Pero no sucede nada. A mi. Y yo solia… tan facilmente. Fingi durante algun tiempo, al final. ?Entiende usted?
– Muchos hacen eso.
– Entonces, hasta eso deje de hacer. Lo que me ocurriera o dejara de ocurrirme parece que no le importaba a el. Asi que me limite a estar ahi echada.
– Si -dijo Cambere-, lo se. -Le brillaron los ojos.- ?Y ahora que es lo que quieres de mi?
– Unicamente su opinion. ?Se puede volver atras desde ese punto? ?O he de renunciar?
Adrian Cambere se levanto, frunciendo el entrecejo profesionalmente.
– ?Tiene usted prisa? -pregunto Ethel-. Podemos hablar manana.
– No, este es un momento perfecto para mi. En primer lugar, arranquemos los adornos mitologicos, los absurdos, con que se ha disfrazado el acto sexual. – Camino de un lado a otro. – Nadie admitira que es perfectamente obvio -dijo- que el amor y el sexo son cosas separadas, que la novedad es excitante, que la conquista es igualmente grata a los dos sexos, que la necesidad de acallar la ansiedad sobre el valor sexual de uno mismo es apremiante, que el amor no es singular, que una persona puede amar al mismo tiempo a varias y suele suceder asimismo, que no hay nada errado en irse a la cama con otros u otras; por el contrario la promiscuidad es enriquecedora; que la mayoria de las mujeres de nuestra sociedad se casan para asegurarse el mantenimiento y la mayoria de los hombres por conveniencia sexual, y ambos siguen casados, despues que todo el interes ha desaparecido, porque temen la perspectiva de morir solos…
– No haga eso.
Cambere estaba en el suelo, a los pies de la butaca de Ethel, y le habia separado las rodillas con las manos.
– Quiero que hagamos el amor -le dijo el.
– Lo se. Cuando te quiera ya te lo dire.
Adrian insistio. Altamente excitado, segun ella podia observar, intentaba levantarle el vestido. Las manos de Adrian le rodearon las nalgas y la tiraba hacia el de modo que con el cuerpo le separaba las piernas.
– Esto es realmente bueno -dijo ella.
Y le alzo la peluca por encima de la cabeza. La lucha ceso inmediatamente.
– ?Por eso, entonces, aquel dia no te quitaste tu gorrita de tenis?
El doctor Cambere estaba furioso.
– Ten mucho cuidado con eso -dijo levantandose del suelo -. Es fragil y condenadamente caro. -Le quito el peluquin de las manos, lo doblo cuidadosamente y lo puso en el bolsillo de su chaqueta. La calva le brillaba.
– Mira, Adrian -dijo Ethel-. Me gustaria realmente estar hablando contigo. ?Podriamos? ?Manana? Ahora estoy terriblemente cansada. Todo ese vino me ha dado sueno. Ha sido un dia muy largo, para los dos. Sientate. Descansa un momento.
– Yo tambien estoy cansado -dijo el. Se sento en el borde de la cama, y despues de esperar un momento para desinflarse, consulto un librito de notas y dijo-: Entre las dos y las tres estoy libre manana.
– Dime -le dijo ella mientras lo acompanaba a la puerta-. Cuando se ha arrancado, todo ese absurdo de que hablabas, ?que es lo que queda?
Cambere le sonrio de una manera diferente de antes, y de un modo que a ella le gusto.
– Algo muy bonito -dijo.
Al dia siguiente tuvieron una excelente conversacion.
– Toda tu historia -le dijo el- es de autotraicion. Sacrificio de tu propio ser ante la autoridad. La Marina, por ejemplo. Te recomiendo cultivar los vicios cristianos. El egoismo en primer lugar.
Cuando ella le estrecho la mano en la puerta -habia un paciente esperando -, Ethel le dijo:
– ?Puedo venir a verte esta noche?
– Tengo una sesion de grupo entre las nueve y las once, pero despues estare libre y muy contento si puedo verte.
– A proposito, ?pudiste localizar la mujer con la que mi marido…?
– Ah, si. Dolores. Termina a las cinco y media y te vera con mucho gusto. Bueno, eso es algo exagerado. Digamos que esta dispuesta a verte. En el «Ship's Bell».
Hacia una tarde esplendida y Ethel disponia de una hora. La brisa que venia del mar llegaba hasta el area de juego infantil de la zona residencial en donde Adrian tenia su oficina. En todas partes habia madres vigilando a sus hijos que jugaban en los arenales y las construcciones metalicas. Los bebes dormian en sus cochecitos protegidos por redes.
No habia ni un solo hombre a la vista, no se veia ni a un padre.
Ethel, sentada en la sombra, lo contemplaba largamente y cerro despues los ojos. Hay niveles en el sueno. ?Lo sono o fue su pensamiento? «Si me fuese posible tener un bebe sin padre, le ofreceria mi regalo a Costa.»
Se encontro con Dolores, a quien recordaba de la oficina de Bower, en el mismo compartimiento en donde ella y Teddy solian sentarse y en donde Dolores habia besado a Teddy con «lo que el penso que era amor», y de este modo Ethel se lo recordo a Dolores.
No se fingio ninguna cordialidad.
– Durante algunos dias -dijo Dolores- antes de que tu regresaras la primera vez, el solia decirme: «Eres exactamente la chica adecuada para mi.» Eso es lo que el solia decirme.
– ?Y tu lo creiste?
– Debias haber visto su rostro cuando me lo decia. Yo pensaba: ?Oh, Dios mio, todos mis suenos se han realizado! Estoy hablando de mis suenos sexuales. Realmente, Teddy es fabuloso o ?lo has olvidado ya? Es lo que yo siempre he necesitado. Pero no parece importarle mucho. ?No crees?
– Algunas veces. Y dime, ?te pidio que te casaras con el?
– Muchas veces. Yo solia practicar con mi nuevo nombre. Como iba a ser. Dolores Avaliotis. Sonaba bien.
– ?Tambien el lo creia asi? ?Le gustaba a el como sonaba?
– El me dejaba hablar y pronunciarlo. Tu no le gustas realmente, ya lo sabes.
Ethel no respondio, si es que eso era una pregunta.
– Y cuanto te quedaste embarazada -dijo -, la criatura que abortaste… ?era de el?
– Pudo haber sido. Pero, ?quien sabe? Cuando volviste la segunda vez y os vi paseando por ahi juntos, cogidos de
– Probablemente Teddy sentia de distinto modo en diferentes ocasiones.
– De modo que me harte y me fui con otros hombres… bueno, tu amiguito Adrian Cambere uno de ellos; ese se va con todas. -Se echo a reir. – Hasta lo hice con mi jefe una tarde.
– Pero tu le hiciste pagar a Teddy para el aborto.
– Todos pagaron.
– ?Se repartio entre todos?
– No, todos pagaron.
– ?Cada uno de ellos pago?
– Toda la factura.
– Sacaste mucho dinero de ese negocio.
– Tres veces doscientos. Nunca se tiene demasiado dinero, ?sabes?
– ?Y como te las arreglaste?
– Les entra diarrea cuando les dices que te han dejado embarazada. Te entregan el dinero y echan a correr. Hubiera podido conseguir mucho mas.
– ?Quien era el tercero, repitelo?
– Mi jefe. El comandante Bower. Tardo exactamente dos minutos.
