– La ultima vez le dije que era por tension. ?Que voy a decirle esta vez?

– Lo mismo -respondio Ethel-. Esta vez soy yo quien esta en tension.

– El cree que tu deberias estar alli, viviendo con Teddy.

– Dile que no te gusta ser su mensajero. Que si quiere saber algo que venga el mismo a preguntarmelo.

– El no habla abiertamente de estas cosas.

– Muy bien. Yo ire y le hablare abiertamente.

A ultima hora de la tarde del domingo, el lunes era su dia libre,

Ethel se dirigio al Norte. Costa estaba esperandola, sentado bajo el gran roble detras de la casa, aprovechando la ultima luz del dia. Cuando Ethel se le acerco, el le indico en donde queria que ella se sentara, un viejo rey dando audiencia a un subdito que venia a suplicar un favor.

Costa no perdio un minuto.

– Quiero que dejes ese empleo -dijo-. Es malo para Teddy que estes alejada de el como lo estas. Y no me gusta que estes con se tipo, Petros. No es bueno.

– No quiero dejar ese empleo, papa -dijo Ethel.

Fue como si Costa no la hubiera oido.

– Yo mismo digo a Petros, bastardo, le digo que tu no quieres su dinero. Bajare a poner las cosas en claro inmediatamente.

– Me gusta ese trabajo, papa. Me quedare en el.

– No, no. No es bueno para Teddy. Por eso hay tension siempre. Tu te vas; es suficiente.

– Hablare con Teddy de ello -dijo Ethel escabullandose.

– Deja a Teddy fuera -dijo Costa-. Yo te lo digo. Deja el trabajo.

– No lo hare. No quiero.

Ethel penso que Costa iba a pegarle. Pero no fue asi. Arranco una rama del arbol, una rama muerta y la golpeo fuertemente contra el tronco. Volaron astillas.

Ethel espero, cabizbaja. Estaba muy asustada. Pero cuando Costa dejo de temblar, ella hablo de nuevo.

– Lo siento, papa -dijo, con voz ronca-. No es tension ni nada parecido. Yo fui a ver al medico tal como tu me pediste. Me dijo que yo estaba perfectamente.

– Entonces, ?que pasa? -Costa casi no podia pronunciar las palabras. – ?El problema?

– Ahora le toca a Teddy ir a ver a un medico.

Ethel se levanto y entro en la casa, con las rodillas temblorosas todavia.

Pero estaba complacida. Esta vez se habia mantenido en sus trece.

Al cabo de pocos minutos oyo el portazo de la puerta de entrada y los pasos de Costa por delante de la habitacion de ella y hasta la de el al fondo del vestibulo. Despues, pasados unos momentos, Costa llamo a la puerta de Ethel y entro cuando ella dijo «entra».

Costa tenia ahora el aspecto de su edad, trastornado y palido; la furia, mientras lo consumia, se habia llevado algo de su fuerza.

Tenia un sobre en la mano. Era algo diferente en tamano de los que Ethel estaba acostumbrada a ver. Un lado del sobre estaba casi enteramente cubierto con sellos que ella nunca habia visto antes.

Costa se sento al borde de la cama en donde Ethel yacia.

– De acuerdo -dijo el-. Le dire a Teddy que vaya. Al medico, de eso hablo.

– Probablemente el esta perfectamente -dijo Ethel-. Dejo embarazada a una chica en el Oeste.

– Eso es bueno -dijo Costa.

– ?Esta bien que el me sea infiel?

– Asi es la naturaleza de los hombres. Te lo he dicho muchas veces. Tu no puedes cambiar la naturaleza.

Costa estaba abriendo el sobre.

– Debes olvidar todo eso -dijo Costa-. Tambien has de perdonar a Teddy.

– Ya le dije que lo habia hecho.

– Eres buena chica.

– ?Porque lo perdone? No, gracias.

– Tuve noticias de mi primo -dijo Costa-. ?Recuerdas te dije que le escribi sobre nuestro problema y le pedi ayuda? El se fue en bote a Lesbos, una gran isla al norte de nuestra pequena isla, y alli hay cura, Iglesia ortodoxa, buen hombre, muy viejo, casi al final de su vida, desde donde puede ver todo muy claro.

Abrio el sobre y cuidadosamente saco dos envoltorios en papel de seda. Dejando el sobre a un lado, coloco suavemente un paquetito en su falda y comenzo a desenvolver los pliegues arrugados.

– Este viejo cura, escucha a mi primo en lo que le pide y le dice que un dia el tuvo el mismo problema, una de sus hijas, ella no produce nada. Y el le dio esto.

Del paquetito de papel de seda extrajo una cadena fina, una vuelta de poco mas de medio metro.

– Es de plata -dijo Costa-. Tan fina, tan ligera, como una concha del mar. Mira. -La sostuvo con sus dos dedos regordetes junto a la lamparilla de mesa con su pantalla de seda rosa.- Ya ves. El cura la bendijo en el altar, en su iglesia.

– ?Para mi?

– Llevala alrededor de la cintura. Cuando no se cierra ya eres madre.

– Es bella. -Ethel la balanceo suavemente frente a la luz.- ?Tan delicada! ?Puedo quedarmela, de verdad?

– La pedimos para ti. Mi primo entonces busca asno y se va, un dia de camino, a la vieja catedral, de nombre Aghia Paraskevi, en

la cima de la montana, en medio de la isla. Alli siguen todavia las viejas costumbres y hay otro cura viejo, mas viejo que el primero. Este hombre no esta instruido, etcetera, pero ha hecho muchas cosas extraordinarias. El nos dio todo esto, te lo ensenare.

Costa desenvolvio el otro paquete pequeno de papel de seda.

– Para enfermedades diferentes tenemos diferentes figuras -dijo -. Un brazo, un corazon, un ojo, una pierna. Mi primo compro esta.

Costa saco una figurita, troquelada de simple estano en lamina, y de unos ocho centimetros de longitud.

– ?Que es esto? -pregunto Ethel.

– Una mujer con criatura en la barriga. Debes llevarlo debajo de tus vestidos. Las mujeres campesinas de alli creen en esto.

Ethel la cogio, la miro del reves, la sostuvo en alto.

– ?Tu crees en esto, papa? -le pregunto.

– No puede hacer dano – respondio el-. Mi primo en la isla le dio dinero al cura para que diera bendicion en altar. Si, creo en esto.

– Entonces lo llevare. Todos los dias.

Costa se levanto de la cama y se encamino a la puerta.

– Ahora te pido por ultima vez -dijo a Ethel, dandole la espalda-. No te pedire otra vez. Deja ese empleo.

– ?Cuando?

– Manana.

– Bien -dijo Costa, y salio de la habitacion, cerrando la puerta suavemente.

Cuando Ethel entro en el comedor para cenar, Costa la abrazo, la sostuvo a la longitud de sus brazos, y la abrazo otra vez despues.

Ethel no respondio. Sabia que se habia traicionado a si misma.

Al dia siguiente Costa ya estaba levantado a las seis para verla marchar y recordarle lo que habia prometido.

– Hoy se lo dire -le dijo Ethel-. Le dare dos semanas para que encuentre a otra persona.

Cuando Ethel llego a su apartamento encontro un telegrama informandola de que su madre habia muerto «durante su sueno, pacificamente».

Desvanecida sin un gemido, penso Ethel.

Reservo una plaza en el avion que salia de Tampa hacia el Oeste, y le dijo a Petros que no estaba segura del dia de su regreso.

– Apresurate -le dijo el-, te necesito aqui. Una condenada semana de trabajo… ?que pasa?

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