Lo que ahora necesitaba era un empleo. ?El dinero es libertad! ?Dolores y su sabiduria! Ethel tenia un buen conocimiento de espanol a traves de una larga sucesion de nodrizas chicanas. Los conocimientos de secretariado que habia adquirido con Petros ahora le sirvieron. En tres dias tenia lo que habia querido, un empleo en la oficina de una gran compania minera organizada para extraer de la tierra el fluorocarbono del que se saca el agente propulsor para cremas de afeitar y desodorantes. Esta sustancia, asi se decia, solo podia hallarse en las montanas de Sierra Madre, de Mexico, y la compania casi tenia el monopolio. El producto era enviado al Gran Hermano del norte.

Desde el primer momento Ethel fue grandemente apreciada, no solamente porque podia tomar dictados en espanol y escribir cartas en ingles, sino por ser ademas una interprete atractiva y buena compania para acompanar a los industriales gringos. Todos tenian que escribir cartas a Estados Unidos y necesitaban de alguien amable y comprensivo a quien dictar. Ethel recibio muchas pruebas de afecto, y tenia mas invitaciones a cenar de las que queria.

Pronto comprendio que la oficina era una complicada telarana de relaciones sexuales. Todas las secretarias, excepto algunas mujeres mayores que llevaban a cabo el trabajo mas importante, parecian haber sido escogidas porque alguno de los hombres que ocupaba un puesto importante lo habia solicitado. El lugar bullia con atractivas jovencitas que sabian que se ganaban su salario haciendo sentirse en casa a los visitantes y concediendo sus favores a los ejecutivos.

Ethel estuvo pensando que hombre habria hablado en favor de ella.

Comenzo lo de costumbre: se la perseguia sin descanso. De nuevo comenzo a sentirse como un animal de caza. Mantener a raya a los depredadores requeria mas energia de la que ella queria usar. Finalmente, le parecio que lo mas sencillo seria aceptar a uno de los hombres y librarse del resto. Si el hombre que escogiera era lo suficiente poderoso en la estructura de la compania, el la protegeria de las constantes insinuaciones, miradas lascivas e indirectas y de los manoteos casuales que ahora la molestaban.

De modo que examino el terreno… friamente.

– Se como un hombre -ese fue su lema. Habia una cualidad especial que le importaba… por si acaso. Debia escoger un macho biologicamente superior.

Tenia evidencia de que Adrian no lo habia conseguido. Estaba dispuesta a aceptar la ayuda de otro.

El hombre en quien se fijo era un joven ejecutivo de treinta y un anos, Arturo Uslar, un bello ejemplar para ser contemplado, y educado en el Williams College de Nueva Inglaterra, y por lo tanto capaz de expresarse en un ingles perfecto. Lucia un surtido de trajes de Savile Row, camisas con sus iniciales y zapatos a la medida, estaba en perfecta forma por jugar al badminton cada tarde, y era, asi se lo habian dicho, un respetable coleccionista de buenos cuadros. En privado, ella lo encontro apasionado pero gentil, romantico pero divertido, amable, y no obstante, cuando el momento llegaba, poseido de un gran orgullo de macho… en una palabra, el perfecto amante latino.

Arturo estaba destinado, asi lo decian todos, a ser presidente de la compania. ?La razon? Estaba casado con la hija del fundador -«mi Isabel» la llamaba el-, una mujer algo mayor que el que habia heredado la mayor parte de las acciones de la compania. El hecho de que fuese una mujer no afectaba a la vida de el. Arturo le habia dado cuatro hermosos hijos, y estaba en casa lo suficiente para satisfacer las necesidades de Isabel. El aura de su riqueza mejoraba su apariencia, como lo hacian los vestidos caros que llevaba. Con esa relacion, el futuro de Arturo parecia muy claro… a menos que cometiera el error grave que a menudo estaba a punto de cometer. Asi lo decian todos.

Arturo parecia mas atrevido y descuidado de lo que era necesario. Ethel descubrio que ese coqueteo de Arturo con el peligro formaba parte de la tradicion de su cultura. La llevaba con el a lugares publicos, especialmente cuando tenia que cumplimentar a un cliente gringo. Aunque Arturo cuidaba de que viniera una tercera persona, la gente comenzo a murmurar. Arturo no parecia preocuparse. Ethel penso si a el le gustaba esa notoriedad, ?seria una especie de baladronada?

Arturo estaba orgulloso de Ethel, principalmente, creia ella, porque tantos otros hombres la deseaban. La exhibia como un caballo de carreras, un gran favorito, del que el fuese propietario. Realmente la queria mas en publico que en la intimidad. Cuando estaban solos, Arturo solia encerrarse mas en si mismo.

Un final de semana, cuando su mujer se habia ido a Acapulco, Arturo condujo a Ethel hacia las colinas suburbanas por encima de la Universidad y le enseno su casa. Las paredes estaban cubiertas de pinturas hechas por los grandes pintores mexicanos, llamadas a la revolucion y ahora propiedad de los muy ricos. Ante la admiracion de Ethel, Arturo le ofrecio el que tenia en su oficina.

– No quiero que me hagas regalos -le dijo ella.

– Pero yo soy tu amante -protesto Arturo-. ?Son regalos mios!

– Porque eres mi amante -dijo Ethel.

Arturo se quedo perplejo de que Ethel, a diferencia de sus anteriores amantes, no le aceptara ningun dinero. Hasta se sintio ofendido.

Arturo tenia alquilado secretamente un pequeno apartamento sobre el Parque Chapultepec, e insistio en que Ethel se trasladara alli. Alli descubrio Ethel el proposito de la siesta.

Cuando se familiarizaron el uno con el otro, Ethel descubrio que algunas cosas que en principio le habian parecido encantadoras de el, ahora la enojaban. A medida que Arturo se despreocupaba, ella le perdia el respeto. Por ejemplo, mucho mas que cualquier hombre que ella hubiera conocido antes, Arturo quedaba fascinado ante su imagen en el espejo. Algo trivial… pero eso la irritaba.

– ?Crees que he aumentado de peso? -le pregunto el un dia mientras se vestia para marchar a su casa-. ?Un cuarto o medio kilo, quizas? He de tener cuidado. -Estaba de pie, frente al espejo, volviendose de uno y otro lado, hundiendo la barriga y dejandola suelta de nuevo, pellizcando y dando masaje a la carne de su cintura.

Ethel, contemplando todo esto desde la cama, no pudo recordar, si habia algun espejo en la casa de Costa, o si le habia visto alguna vez contemplarse en un escaparate al pasar por delante, como hacen la mayoria de los hombres y como Arturo hacia sin fallar.

– ?Ethel! ?Estas escuchandome?

– No se si has aumentado de peso. Solo hace cinco semanas que te conozco.

– Has de obligarme a seguir una dieta. Antes de conocerte, solia pasar estas horas, todos los dias, en la pista de badminton.

– Bueno, todavia puedes hacerlo. ?Por que no lo haces?

Arturo se acerco de un salto y la tomo en sus brazos.

– ?Como puedes decirme eso, mi vida? ?Eres tan fria! ?No sabes que tu eres la razon de mi vida? Prefiero estar contigo que con nadie mas que haya podido conocer en toda mi vida.

Arturo la veia todas las tardes, excepto cuando tenia que probar con su sastre o su camisero. Esas fechas eran sagradas.

– ?Sabes lo que mister Richards de «Allied Chemical» dijo de mi? ?Te lo he contado?

– Si.

– No. No te lo dije. ?Por que dices que si? ?No quieres oirlo?

– Bueno, en este caso, dimelo otra vez.

– Dijo que yo tenia el encanto de un latino, la devocion a los negocios de un norteamericano y la astucia de un judio. Deberia verme ahora, ?no te parece?

– ?Por que?

– Porque no menciono a mi amante. ?Estas dormida?

– Estoy escuchando.

Aquella misma tarde, despues, Arturo le pidio que se casara con el. Estaban bajo las sabanas, brazos y piernas alrededor uno del otro, hablando en susurros.

– Quiero estar contigo todo el tiempo -dijo el-. Gozo tanto contigo.

– Estoy casada -le respondio ella.

– ?Es importante eso?

– Si. Y tambien lo estas tu. Y es tan comoda tu vida, ?por que estropearla?

– Tienes razon. Ademas, eres un poquito zorra, ?verdad? Ahora eso me gusta pero cuando yo fuese maduro no seguirias a mi lado.

Arturo saco algunas fotografias de ellos, desnudos, de pie uno al lado del otro. Tenia una camara fotografica de disparo retardado que ajustaba a quince segundos. Esto le daba tiempo de correr al lado de Ethel y sacudir su

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