A mi padre le encanto el regalo y se aficiono a lanzar rodamientos de cojinete a la parte que sobresalia de los refugios. Pronto adquirio una punteria excelente y, buscando desafios mas estimulantes, empezo a asesinar a los cuervos que se posaban en los cables de telefono que discurrian por el callejon de la parte de atras de la casa. Una vez incluso le dio a una rata escurridiza desde catorce metros y diez centimetros de distancia. Recuerdo la distancia porque mi padre, orgulloso de la hazana, la midio en metros y, despues, calibro lo que quedaba con una regla metalica de delineante.

A principios de 1954 me entere de que mis padres iban a divorciarse. Mi padre me llevo a la azotea para comunicarmelo. Yo ya lo habia visto venir y sabia, por el programa de television El confidencial de Paul Coates, que muchos «matrimonios de posguerra» estaban abocados a la ruptura.

– ?Por que?-le pregunte.

Mi padre arrastro la puntera del zapato por la grava de la azotea; parecia estar dibujando hongos atomicos.

– Bueno… tengo treinta y cuatro anos; tu madre y yo no nos entendemos y si le dedico mucho tiempo mas, habre perdido mis mejores anos; y si hago eso, ya me puedo dar por acabado. No podemos dejar que eso suceda, ?verdad?

– No.

– Asi me gusta. Me marcho a Michigan, pero tu madre y tu os quedais la casa y escribire y mandare dinero.

Tambien sabia, por el programa de Coates, que el divorcio era un tramite caro, y me olia que mi padre debia de tener guardado un buen monton de dinero procedente del juego que facilitara su viaje a Divorcilandia. Parecio haberme leido los pensamientos cuando anadio:

– Estaras bien atendido, no te preocupes.

– No me preocupare.

– Bien. -Apunto con el dedo a una oronda urraca posada en el garaje de nuestro vecino de al lado-. Ya sabes que tu madre es…, bueno, ya sabes.

Quise gritarle «una chiflada», «una pirada», «un caso de psiquiatra», pero no quise que el supiera que yo sabia.

– Es sensible -aventure.

Mi padre movio la cabeza lentamente. Supe que lo sabia.

– Si, sensible. Procura que no te agobie. Estudia mucho e intenta ser tu propio jefe, y conseguiras que hablen de ti.

Con aquel tono profetico, mi padre me tendio la mano. Se la estreche y, al cabo de cinco minutos, salio por la puerta. Nunca mas volvi a verlo.

3

Lo unico que mi madre requeria de mi era que mantuviese un grado razonable de silencio y que no la cargara preguntandole que pensaba. Implicito en ello estaba su deseo de que fuera moderado en la escuela, en los juegos y en casa. Si mi madre pensaba que aquella orden era un castigo, se equivocaba: yo, mentalmente, podia ir a donde se me antojara.

Como los demas muchachos del barrio, fui a la escuela primaria de Van Ness Avenue; alli obedeci, rei y me senti herido por tonterias, pero mientras que los otros chicos encontraban su dolor/alegria en estimulos externos, yo hallaba los mios reflejados en una pantalla de cine que se alimentaba de mi entorno, especialmente formateada para ser proyectada dentro del cerebro mediante un dispositivo mental que, con la precision de un cuchillo, siempre sabia exactamente lo que yo necesitaba para no aburrirme.

Las proyecciones discurrian como sigue:

La senorita Conlan o la senorita Gladstone se hallaban ante la pizarra, perorando tediosamente. A medida que crecia mi aburrimiento, la maestra empezaba a desvanecerse y mis ojos comenzaban a rastrear, de manera involuntaria, en busca de algo que me mantuviera mentalmente despierto.

Los ninos mas altos nos sentabamos en la parte posterior del aula y, desde mi pupitre en el extremo izquierdo de la fila, tenia una perfecta vision hacia delante y en diagonal; una vision que me ofrecia instantaneas de perfil de todos mis companeros de clase. Con la imagen y la voz de la maestra reducidas al minimo, las caras de los otros ninos se disipaban y se formaban rostros nuevos; fragmentos de conversaciones susurradas se unian hasta que toda suerte de hibridos chico/chica me declaraban su devocion.

Que me amaran en un vacio era como una fantasia y los sonidos de la calle se me antojaban musica. Pero un movimiento repentino dentro del aula o el estrepito de los libros fuera, en el vestibulo, lo estropeaban todo. Pieter, el chico alto y rubio que se sento a mi lado desde tercero hasta sexto grado, de venerador confiado se convertia en monstruo, y el nivel de ruido determinaba que sus rasgos fueran mas o menos grotescos.

Despues de unos prolongados momentos de sobresalto volvia a percibir la parte delantera del aula, me concentraba en los escritos de la pizarra o en el monologo de la maestra y, como si creyera que podia salir indemne de mi accion, intercalaba algun comentario. Hacerlo me tranquilizaba y atraia las miradas de los demas chicos, que a su vez encendian una parte de mi cerebro que medraba a base de crear caricaturas crueles y repentinas. Al poco, la bonita Judy Rosen tenia los grandes dientes de macho cabrio de Claire Curtis y el comedor de mocos secos, Booby Greenfield, surtia de pelotillas a Roberta Roberts, arrojandolas sobre los jerseis de cachemira que ella se ponia siempre para ir a la escuela, hiciera el tiempo que hiciese. Me reia para mis adentros y a veces lo hacia en voz alta. Y seguia preguntandome hasta donde podria llevar aquello, si seria capaz de refinar el mecanismo de modo que ni siquiera el ruido malo me hiriera.

En cuanto a las heridas, solo los otros ninos eran capaces de hacerme sentir vulnerable y, con apenas ocho o nueve anos, la incomoda sensacion de ser cautivo de unas necesidades irracionales de union ya resultaba fisica: una sacudida premonitoria del terror y del desespero que ocasionan las actividades sexuales. Me opuse a la necesidad negandola, encerrandome en mi mismo y mostrando una cara truculenta que no soportaba tonterias de mis companeros. En un articulo reciente de la revista People, media docena de vecinos -que tenian mi edad cuando yo era nino- hablaban de mi y los adjetivos que mas utilizaban para describirme eran «raro» «extrano» y «retraido». Kenny Rudd, que vivia al otro lado de la calle y que ahora disena juegos de baloncesto para ordenador, era el que mas se acercaba a la verdad: «Lo que se decia era: 'No (…) a Marty, es un psicopata.' No se, pero quizas era mas cuestion de miedo que de otra cosa.»

Bravo, Kenny, aunque me alegro de que tu y los cretinos de tus companeros ignoraseis aquel simple hecho cuando eramos ninos. Mi caracter extrano te producia asco y te proporcionaba alguien a quien detestar desde una distancia segura pero, si hubieras captado lo que ocultaba, te habrias aprovechado de mi miedo y me habrias torturado con el. Sin embargo, me dejaste en paz y me facilitaste el descubrimiento de mi entorno fisico.

De 1955 a 1959, cartografie mi habitat inmediato y obtuve de la tarea una extrana cosecha de datos: la casa de ladrillo de apartamentos de Beachwood entre Clinton y Melrose tenia un cementerio de animales domesticos en el patio trasero; el tramo recien construido de «escondites para solteros», en Beverly y Norton, estaba edificado con vigas podridas, mezcla de estuco defectuoso y contrachapado. El picadero apocrifo era, en realidad, un patio de bungalow en Raleigh Drive donde un profesor de la Universidad del Sur de California llevaba estudiantes para encuentros homosexuales. Los dias de recogida de basura, el senor Eklund, que vivia calle arriba, cambiaba sus botellas de ginebra por las de jerez de la senora Nulty, cuya casa estaba dos puertas mas abajo. El motivo de tal trueque se me escapaba, aunque sabia que estaban liados. Los Bergstrom, los Seltenright y los Monroe habian celebrado una fiesta nudista en la piscina de la casa de los Seltenright en julio de 1958 que propicio una aventura sentimental entre Laura Seltenright y Bill Bergstrom; Laura puso los ojos en blanco cuando vio por primera vez la enorme salchicha de Bill.

Y el operador de cabina del Clinton Theatre vendia anfetas a los integrantes del equipo de natacion del instituto Hollywood High; y el «homo fantasma», que recorrio la vecindad en busca de jovencitos durante una decada, era un tal Timothy J. Costigan, de Saticoy Street, en Van Nuys. En el puesto Burgerville de Western servian enchilada de carne picada de caballo. Una noche oi al dueno hablando, cuando creia que no habia oidos indiscretos, con el hombre que se la suministraba. Yo sabia todas esas cosas y, durante mucho tiempo, me basto

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