con saberlas.

Los anos llegaron y se fueron. Mi madre y yo seguimos adelante. Su silencio paso de asombroso a mundano; el mio, a medida que mis recursos mentales se desarrollaban, de tenso a relajado. Entonces, en el ultimo ano en el colegio, los profesores notaron por fin que yo solo hablaba cuando me dirigian la palabra. A raiz de aquello, me obligaron a que consultara con un psiquiatra infantil.

El psiquiatra me impresiono por su condescendencia y por la poco natural atraccion que le inspiraban los ninos. En su despacho habia una serie de juguetes dispuestos de una forma no demasiado sutil: animales de peluche y munecas, con ametralladoras de plastico y soldaditos intercalados. Enseguida comprendi que era mas listo que el.

Mientras me sentaba en el divan, el senalo los juguetes.

– No sabia que fueras tan mayor. Catorce anos. Estos juguetes son para ninos pequenos, no para los mayores como tu.

– Soy alto, pero no mayor.

– Lo mismo da. Yo soy bajo. Los bajos tienen problemas diferentes que los altos, ?no crees?

Su interrogatorio era facil de seguir. Si respondia que si, equivaldria a reconocer que tenia problemas; si decia que no, me soltaria una perorata sobre que todo el mundo tenia problemas y luego me contaria alguno de los suyos en un truco barato de empatia.

– No lo se, ni me importa -conteste.

– Los chicos que no se preocupan de sus propios problemas tampoco suelen preocuparse de si mismos. Algo un poco raro, ?no te parece?

Me encogi de hombros, le dedique una de esas miradas inexpresivas que utilizaba para mantener a distancia a los otros chicos y pronto empezo a desvanecerse hasta convertirse en un mero punto, mientras mi mente aplicaba el zoom al oso de peluche de mi derecha. Al cabo de una fraccion de segundo, el oso de peluche apuntaba a la cabeza del loquero con un bazuca de plastico y yo me eche a reir.

– ?Suenas despierto, chico mayor? ?Quieres contarme que te parece tan divertido?

Hice una perfecta transicion suave de mi pelicula mental al doctor y sonrei al conseguirlo. Note que el estaba desconcertado. Mis ojos se posaron en un Bugs Bunny de felpa y dije:

– ?Que hay de nuevo, viejo?

– Por lo general, Martin, los jovenes que son muy callados tienen muchas cosas en la cabeza. Tu tienes una mente de primera y tus notas en la escuela lo demuestran. ?No crees que ha llegado la hora de que me cuentes que te preocupa?

Bugs Bunny empezo a enarcar las cejas y a morder juguetonamente el cuello del psiquiatra.

– El precio de las zanahorias -respondi.

– ?Que?-El loquero se quito las gafas de montura de pasta y limpio los cristales con la corbata.

– ?Ha visto alguna vez un conejo con gafas?

– Tu no me sigues, Martin. No estas siendo logico.

– Y el buen cuidado de los ojos, ?no es logico?

– Llegas a conclusiones erroneas.

– No es cierto. Erroneas son las conclusiones que no se deducen de las proposiciones establecidas. El buen cuidado de los ojos guarda relacion con comer zanahorias.

– Martin, yo… -El medico estaba ruborizado y sudoroso. Bugs Bunny le lanzaba zanahorias al escritorio.

– No me llame Martin, llameme «chico mayor». Me sienta bien.

– Cambiemos de tema -propuso el al tiempo que se ponia las gafas-. Hablame de tus padres.

– Son adictos al zumo de zanahoria.

– Comprendo. ?Y eso que significa?

– Que tienen buena vista.

– Comprendo. ?Algo mas?

– Orejas largas y cola peluda.

– Comprendo. Te consideras gracioso, ?no?

– No. En cambio usted si que me lo parece.

– Eres un ninato maleducado. Seguro que no tienes ni un solo amigo en el mundo.

La habitacion se convirtio en cuatro paredes de ruido atroz y Bugs Bunny se volvio hacia mi, empujando un calidoscopio terrible de recuerdos medio enterrados para que destellara en mi pantalla mental: un chico alto y rubio que le decia a un grupo de amigos: «Marty el pedorro me pedia que mirase el trafico con el.» Pieter y su hermana Katrin rechazando mi intento de conseguir que se sentaran a mi lado en sexto grado.

El loquero me miraba con una mueca presuntuosa porque me habia mostrado vulnerable y Bugs Bunny, su colega secreto, no dejaba de reirse mientras me rociaba de pulpa naranja. Busque a mi alrededor algo de acero inoxidable, como el tirachinas de mi padre. Vi una barra de cortina apoyada en la pared trasera, la cogi y le rebane la cabeza al conejo de felpa. El loquero me miro con asombro.

– Nunca mas volvere a hablar con usted -declare-. Nadie puede entenderme.

4

El incidente de la consulta del psiquiatra no tuvo repercusiones externas y pase al instituto sin mas malos tratos psiquiatrico-academicos. El doctor sabia reconocer un objeto inamovible cuando lo veia.

Con todo, me sentia como una maquina defectuosa; como si dentro de mi hubiera una pieza suelta, algo que podia vagar por mi cuerpo a voluntad, buscando y aprovechando modos de hacerme parecer pequeno bajo presion. Cuando me dedicaba a mis juegos mentales en clase, sustituyendo caras y cuerpos, chico con chico, chica con chica y combinando generos, era como una carrera de obstaculos en la que me asaltaban imagenes sexuales sin ton ni son. El caracter aleatorio y el poder indiscriminado de lo que yo mismo me hacia ver resultaban pasmosos; y la necesidad a la que notaba que respondian me asaltaba como una marejada de odio hacia mi mismo. Ahora se que estaba enloqueciendo.

Me salvo un villano de comic.

Se llamaba Sombra Sigilosa y era un malvado habitual de las paginas de El Hombre Puma. Era un supercriminal, un pistolero ladron de joyas que conducia un coche anfibio trucado y farfullaba una version de Nietzsche propia de retrasado mental en bocadillos de texto de tamano exagerado. El Hombre Puma, un blandengue moralista que llevaba un Cadillac del 59 que llamaba Gatomovil, siempre conseguia enchironar a la Sombra Sigilosa, aunque este siempre se fugaba un par de numeros despues.

La Sombra me gustaba por el coche y por una capacidad sobrenatural que poseia y que yo tenia la sensacion de ser capaz de emular de forma realista. El coche era anguloso y reluciente, todo el de acero mate, todo el maldad. Tenia unos faros que lanzaban un rayo nuclear letal que convertia en piedra a la gente; en lugar de gasolina, el motor funcionaba con sangre humana. La tapiceria estaba confeccionada con pieles de felino de color tostado, procedentes de la familia martir del archienemigo Hombre Puma. Del portaequipajes sobresalia una horca. Cada vez que la Sombra Sigilosa se cobraba una victima, su novia vampiro, Lucretia, una rubia alta de largos colmillos, marcaba una muesca con ellos en la madera.

?Basura ridicula? De acuerdo. Pero el dibujo era soberbio y la Sombra Sigilosa y Lucretia destilaban una maldad elegante y sensual. La S. S. tenia un bulto cilindrico que le llegaba casi hasta la rodilla de la pernera izquierda del pantalon; los pezones de Lucretia siempre estaban erectos. Eran unos dioses high- tech veinte anos antes del high-tech, y me pertenecian.

La Sombra Sigilosa tenia la facultad de disfrazarse sin cambiar de ropa. La conseguia bebiendo sangre radiactiva y concentrandose en la persona a la que queria robar o matar, de modo que se empapaba tanto del aura de esa persona que acababa asemejandose psiquicamente a ella, de tal forma que era capaz de imitar todos sus movimientos y de anticipar cada uno de sus pensamientos.

El objetivo ultimo de la S. S. era conseguir la invisibilidad. Este proposito lo impulsaba, lo impelia mas alla del don que ya poseia de la invisibilidad psiquica, de ser capaz de encajar en cualquier lugar y ocasion. Ser invisible fisicamente le daria carta blanca para apoderarse del mundo.

Naturalmente, la Sombra Sigilosa nunca conseguia su proposito, pues ello habria aniquilado sus posibles

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