quedaron grabadas en el corazon. Y un dia se detuvo de pronto en medio del parrafo y calculo que cuando su padre saliera en libertad, ella tendria exactamente quince anos y sesenta y un dias. Con todo lo lejos que le quedaba todavia aquella edad, eso le dio esperanza y la embargo de felicidad porque sabia que habria un dia en el que, por fin, el estaria a su lado y podria tomarlo de la mano y mirarle y decirle lo mucho que lo amaba.
Pero ese dia jamas llegaria. Dos semanas despues de su noveno cumpleanos fueron informadas, a traves de un telegrama reenviado por correo por los parientes que seguian en la Union Sovietica, de que su padre habia muerto congelado en el mas terrible de todos los campos de trabajo, Kolyma, al noreste de Siberia. Mas tarde supieron que habia muerto todavia lleno de una rabia feroz hacia el sistema sovietico y de un amor intenso por su esposa y su hija y por el alma de la Rusia anterior. Lo supieron porque uno de los guardias, un buen hombre sometido a circunstancias terribles, desafio el peligro y les mando una carta en la que se lo contaba.
– Dios ha elegido a tu padre para que ayude a mantener viva la voz sagrada de la madre patria. Fue su destino desde el nacimiento -le dijo su madre, convencida-. Ahora este mismo destino nos ha sido transmitido.
Hasta en este momento, sentada a la mesa en Neuchatel mientras Alexander conversaba con Gerard Rothfels y Rebecca con su esposa, podia oir el eco de las palabras de su madre y ver a su padre sonriendo y mandandole un beso cuando lo arrastraban al tren que lo llevaria hasta su muerte en el
Las cosas que lo habian caracterizado -la feroz rebeldia, el orgullo, la fuerza, el coraje y la conviccion, su instruccion de que protegieran su dignidad y la de la adorada alma de Rusia con todas sus fuerzas- las habia asumido como propias. Era por esto que, ya de adolescente, le habia hecho lo que debia a su agresor, hacia tantos anos, en Napoles, con tanta crueldad y, finalmente, con tanta sangre fria. Su tejido mental estaba profundamente impregnado de las palabras de su padre. «Haced que nunca mas os puedan volver a lastimar.» Fue su espiritu el que le inculco a Alexander desde el principio y el que le alimento cada dia de su vida desde entonces. El mismo espiritu que les habia permitido enfrentarse a Peter Kitner como lo habian hecho antes. Y como lo seguian haciendo.
69
El coche era un Mercedes de camuflaje, un monovolumen ML500 que llevaba a Kovalenko y a Marten lento pero seguro hacia el exterior de Paris bajo lo que los franceses ya habian bautizado como la nevada del siglo.
– Antes era fumador. Ojala todavia lo fuera -dijo Kovalenko, mientras soltaba el acelerador y dejaba que el Mercedes se deslizara sobre un arcen formado por el quitanieves-. Este viaje es ideal para fumar. Aunque me podria haber muerto antes de llegar a Suiza.
Marten oia el parloteo de Kovalenko a lo lejos, concentrado todavia en los instantes antes de salir. Lenard les acerco el coche personalmente, con la rapidez que les habia prometido, y permanecio alli bajo la nieve y el frio frente al hotel Saint Orange mientras Kovalenko le entregaba la agenda de Halliday y cargaba su maleta pequena y gruesa que contenia, entre sus efectos personales, la carpeta archivadora de Dan Ford, en el asiento de atras del vehiculo. Todo aquel rato Lenard no hizo mas que mirar a Marten, con una mirada que lo decia todo. Si no llega a ser por la apremiante bravuconada de Kovalenko, su ansiedad por llegar a Zurich lo antes posible, su insistencia en que Marten lo acompanara y, como el mismo dijo, la politica que habia en todo aquello, estaba claro que Lenard lo hubiera arrestado al instante. Por otro lado, se llevaba la agenda de Halliday y se estaba librando de un ruso claramente agresivo y de un americano irritante que ni le gustaban ni de los que se fiaba, pero contra los que no tenia ninguna causa tangible. Al final, se limito a decirle a Kovalenko que esperaba sus informaciones desde Zurich y le advirtio que condujera con cuidado bajo la tormenta y que no abollara el coche. Era nuevo y el unico monovolumen del que disponian.
El ML era un monovolumen que a Kovalenko le gustaba y del que se fiaba. Satisfecho con la manera en que se agarraba al asfalto, una vez cruzado el Sena en Maisons-Alfort y ya en la N19 desierta empezo a aumentar la velocidad, en direccion sur y luego este hacia la frontera suiza.
Durante un rato, ninguno de los dos hombres dijo nada. Escuchaban el ulular de la tormenta y el batido regular de los limpiaparabrisas que se enfrentaban a la nieve. Finalmente, Marten tiro de su cinturon de seguridad y miro a Kovalenko:
– Con o sin politica, me podia haber entregado a Lenard. ?Por que no lo ha hecho?
– Es un viaje largo, senor Marten -dijo Kovalenko, sin quitar los ojos de la carretera-, y empiezo a disfrutar de su compania. Ademas, estar aqui es mejor que estar en una carcel francesa, ?no cree?
– Esto no es ninguna respuesta.
– No, pero es una verdad. -Kovalenko miro a Marten un segundo y luego otra vez a la carretera.
De nuevo, el silencio lleno el espacio y Marten se relajo, contemplando el haz de luz de los faros del vehiculo que cortaba aquel tunel inacabable gris blanquecino de nieve que caia, interrumpido de vez en cuando por la forma vaga de alguna senal de la autopista.
Pasaron unos segundos, unos minutos y Marten se volvio otra vez a mirar a Kovalenko. Su cara con barba, iluminada por el brillo de los instrumentos de a bordo, el volumen de su cuerpo, el bulto bajo la chaqueta donde llevaba el arma automatica. Era un policia de carrera, con una esposa e hijos en Moscu. Era como Halliday, como Roosevelt Lee o Marty Valparaiso o Polchak o Red, todos ellos policias profesionales con familias a las que mantener. Y como ellos, trabajaba en homicidios.
Sin embargo, como Marten ya habia presentido antes, en el habia algo distinto. Era su otra agenda. Cuando le habia preguntado si Kitner tenia la influencia para decantar el voto favorable hacia el zar y, asi, incrementar sus negocios en Rusia, el le respondio que era policia y que el poder y la politica no eran sus dominios. Pero luego dijo que Lenard no lo arrestaria debido a la politica que envolvia el asunto. De modo que habia algun tipo de politica que si era su dominio.
– Son asuntos rusos -le habia respondido cuando Marten le pregunto si tenia fotos de Alexander Cabrera de antes del accidente de caza. Su respuesta fue negativa, y el motivo alegado fue que entonces no habia sido importante. ?Que era importante ahora? ?Que habia cambiado? ?Que «asuntos rusos»? Tal vez no quisiera hablar del tema, pero al llevarlo con el de viaje, Kovalenko habia convertido los asuntos rusos en asuntos tambien de Marten.
– ?Por que mantiene a Lenard en la inopia? -Marten rompio de pronto el silencio-. ?Por que no le ha dicho nada de Cabrera, ni de las huellas? ?Ni sobre Raymond o Kitner?
Kovalenko no respondio; sencillamente, siguio atento a la carretera que tenian delante.
– Dejeme adivinarlo -lo presiono Marten-. Es porque, en algun rincon de su alma, teme usted que Alexander Cabrera y Raymond Thorne sean una misma persona y no quiere que nadie mas lo sepa. Por eso me hizo sacar el disquete y las paginas que contenian alguna referencia a Argentina. Ha dejado la agenda de Halliday porque tenia que hacerlo, y espera que Lenard no descubra nunca el resto. Por eso me ha llevado con usted, para que Lenard no pueda empezar a hacerme preguntas. Usted y yo somos los unicos que lo sabemos y quiere que siga asi.
– Seria usted un buen psicoanalista, o -Kovalenko miro a Marten- un estupendo detective, senor Marten. -Se volvio otra vez hacia la carretera y se aferro al volante con mas fuerza a medida que la nieve caia copiosamente-. Pero no es usted detective, ?no es cierto? Usted es estudiante de posgrado en la Universidad de Manchester. Lo he comprobado. Asi es como logramos encontrar a lady Clementine Simpson.
«Como logramos o como lo logro usted», quiso preguntar Marten, pero no lo hizo porque ya sabia la respuesta.
– Le agradeceria que la mantuviera al margen -le dijo, con tono frio. Lo que habian hecho Lenard y Kovalenko con Clem todavia le dolia.
Kovalenko sonrio:
– Una joven atractiva no es ningun enigma, senor Marten. El enigma es, si es usted un estudiante de posgrado, ?donde curso usted sus estudios de licenciatura? ?Tambien en Manchester?
Por un instante, Marten se quedo inmovil. Kovalenko era listo y traia los deberes hechos, y si Marten no iba
