Raymond y Cabrera son el mismo, pero, por algun motivo, no quiere reconocerlo.
– Tiene usted razon, senor Marten. -De pronto, Kovalenko se volvio a mirarlo-. Olvidese un momento del hijo de Kitner asesinado y suponga, como usted dice, que Alexander Cabrera y Raymond Thorne son la misma persona. Y suponga que fue Kitner y no Alfred Neuss o las demas victimas su objetivo principal desde el principio. En esta situacion, tenemos en efecto a un hijo que trata de asesinar a su padre.
– No seria el primer caso.
– No, no seria el primer caso. Pero el problema aqui es que, muy pronto, este padre en especial se convertira en el proximo zar de Rusia. De pronto, esto lo cambia todo. Y lo descarta como intento de parricidio convencional para convertirlo en un asunto muy delicado de seguridad nacional, un asunto que ha de permanecer totalmente en secreto hasta que se resuelva en uno u otro sentido. Y este es el motivo real por el cual no se lo podiamos contar a Lenard y por el cual no pude dejarlo a usted en sus manos para que se lo contara. Espero sinceramente que comprenda la posicion en la que me encuentro, senor Marten. Por esto hemos conducido toda la noche bajo una terrible nevada: para demostrar que ese Hans Lossberg ha sido asesinado por la misma persona que ejecuto a Dan Ford. Tal vez, con suerte, hasta obtendremos una nueva huella digital.
– ?Por que no consigue, sencillamente, algun tipo de orden judicial que obligue a Cabrera a facilitarle sus huellas digitales?
– Ayer a la misma hora, posiblemente hubieramos podido hacerlo. Pero ayer por la manana yo desconocia la existencia del archivo del LAPD que contenia las huellas de Raymond Oliver Thorne.
– Ayer, hoy… ?que diferencia hay?
Kovalenko sonrio tristemente:
– La diferencia es que hoy Cabrera se ha convertido oficialmente en miembro de la familia imperial. Es uno de los problemas de tener monarquia: la policia no le puede pedir a un rey, o a un zar, o a un miembro de su familia que le facilite las huellas digitales. Al menos, no sin pruebas irrefutables de que ha cometido un crimen. Y es el motivo por el que, si soy yo quien lo va a acusar de algo, no puede haber ninguna duda de que es el hombre que busco.
77
Hans Lossberg. Cuarenta y un anos de edad, casado, tres hijos. Igual que Kovalenko, como el mismo habia observado. Solo que no estaba como Kovalenko. Estaba muerto, asesinado con un instrumento afilado. De la misma manera que habian matado a Dan Ford y a Jean-Luc Vabres. Tal vez con mas enconamiento. Y no, el asesino no habia dejado huellas. Pero, con o sin ellas, la unica mirada entre Marten y Kovalenko hablaba por si sola: Raymond habia estado en Zurich.
– ?Podiamos ver el lugar de trabajo de herr Lossberg? -pidio Kovalenko, mientras el joven y simpatico inspector Heinrich Beelr de la Policia Cantonal de Zurich les explicaba los detalles del crimen. Cuando habia ocurrido y donde.
Al cabo de quince minutos se encontraban en la gran sala trasera de Grossmunster Presse, una imprenta industrial ubicada en la Zahringer Strasse, registrando todos los cajones que contenian material grafico en busca de la maqueta de un menu impreso recientemente, o de alguno que estuviera preparado para ser impreso. El tipo de menu que podia ser, lo ignoraban; solo suponian que podia estar en ruso o que podia tener algo que ver con la familia Romanov.
Al cabo de una hora seguian alli sin ninguna recompensa que pudiera premiar su labor. Lo que dificultaba todavia mas la situacion era la seguridad con la que Bertha Rissmak, la gorda y severa jefa de la imprenta, afirmaba que estaban buscando algo que no existia. Mientras que el difunto Hans Lossberg habia sido el propietario de Grossmunster Presse, tambien era su unico comercial y lo habia sido los ultimos quince anos. Y, segun lo que decia Bertha Rissmak, en esos mismos quince anos Grossmunster Presse no habia imprimido jamas un menu. Su especialidad era la papeleria de oficina: listas de existencias, encabezamientos de cartas, tarjetas, etiquetas de envio y cosas asi, nada mas. Y para acabar de complicar las cosas, Lossberg habia llevado literalmente el solo la gestion de miles y miles de cuentas de clientes y utilizaba un sistema de clasificacion muy personal: quince archivadores de cuatro cajones llenos. Y lo mas terrible era que muchas de aquellas cuentas llevaban anos sin movimiento y que jamas habian sido ni eliminadas ni actualizadas. Especialmente frustrante era el hecho de que no estaban clasificadas ni por fechas ni por temas, sino, sencillamente, por orden alfabetico. Era como buscar una aguja en un pajar, pero sin saber en que pajar buscar ni si la aguja existia realmente. A pesar de todo, no les quedaba mas remedio que revisar todo el material grafico, todos los pedidos y todas las facturas. Era un trabajo tedioso y que les estaba llevando un tiempo incalculable, en especial si Raymond tenia a mas gente en su agenda.
Entonces, cuando llevaban unos veinte minutos con la labor, Marten recordo de pronto que Kovalenko le habia hablado del pasado de Cabrera. Habia sido educado en Argentina por la hermana de su difunta madre, una europea adinerada. Si era europea, ?por que iba a educar al hijo de su hermana en Sudamerica, aunque pudiera permitirselo?
Se acerco subitamente adonde Kovalenko se encontraba, inclinado, revisando archivos.
– La tia de Cabrera, ?quien es? -le pregunto, a media voz.
Kovalenko levanto la vista y luego, mirando al inspector Beerl, que escrutaba aplicado una serie de archivos detras de el, tomo a Marten del brazo y lo llevo a un rincon de la sala donde podian hablar.
De momento, lo unico que sabia la policia de Zurich era que Kovalenko hacia el seguimiento de una serie de asesinatos de rusos expatriados que habian tenido lugar en Francia y en Monaco. Habia presentado a Marten como testigo material y explico lo que buscaban, pero no dijo mucho mas. Y en especial, no conto nada en absoluto de Alexander Cabrera.
– No diga nada de Cabrera -le dijo, en voz baja pero rotunda-. No quiero que Beelr empiece a hacer preguntas sobre el y que luego se lo cuente a Lenard. ?Lo entiende?
– ?Quien es su tia? -Marten lo ignoro.
– La baronesa Marga de Vienne, una dama muy importante e influyente de la alta sociedad europea.
– Y muy rica, ha dicho usted.
– Mas que rica.
– Eso explicaria el
De pronto, los dos hombres levantaron la mirada.
– Disculpen mi interrupcion. Este es Helmut Vaudois. Era un buen amigo de Hans Lossberg y lo conocia desde hace mucho tiempo. Al parecer, antes de que Lossberg comprara la empresa, ya era impresor. De vez en cuando le gustaba hacer trabajos aparte, en especial si se trataba de encargos pequenos. De modo que es posible que Lossberg se llevara este encargo del menu de la empresa.
– ?Y lo habria impreso aqui?
– No -dijo Vaudois-. En su casa tenia un pequeno equipo de impresion.
78
Maxine Lossberg los recibio en la puerta del pequeno apartamento, a una manzana y media del Zoo de Zurich.