– ?Quien ha dado esta orden? -El temor de Kitner se convirtio de pronto en incredulidad, y luego en indignacion.

– El presidente Gitinov, senor.

81

– Clem, soy Nicholas. Es muy importante. Llamame a este numero lo antes que puedas. -Marten le dio a lady Clem el numero de Kovalenko y colgo.

La distancia por autopista entre Zurich y Davos era de un poco mas de ciento cuarenta kilometros y, en circunstancias normales deberia llevar, como Kovalenko indico, unas dos horas. Pero aquellas no eran circunstancias normales y el clima tenia poco que ver con ellas. El Foro Economico Mundial atraia cada ano a grupos mas numerosos, a veces violentos, de disidentes antiglobalizacion, la mayoria jovenes idealistas que protestaban contra la tirania economica mundial que ejercen los paises ricos y poderosos y las corporaciones que supuestamente los financian. El resultado era que los accesos por autopista, por ferrocarril y hasta por pistas de montana estaban bloqueados por hordas de policia suiza.

El inspector Beelrs, de la policia cantonal de Zurich, le habia facilitado un pase a Kovalenko previa advertencia de que no podia garantizarle que le fuera a servir en lo que estaba previsto que fuera una situacion muy dificil y hostil. Pero Kovalenko lo tomo de todos modos y les dio las gracias, a el, a Maxine Lossberg y a Helmut Vaudois por su colaboracion. Y luego se marcharon, Marten al volante del ML500.

Eran poco mas de las once cuando salieron de Zurich, y el cielo se habia aclarado para dar paso a unas nubes blancas y rechonchas intercaladas con un fuerte sol que empezaba a secar el pavimento. Los Alpes cubiertos de nieve resplandecian al fondo, componiendo una imagen tipica de tarjeta postal.

Kovalenko miro a Marten y vio que tenia la atencion fijada en la carretera, como si estuviera en trance, y supo que estaba pensando en su hermana y en como y por que habia llegado a estar con Alexander Cabrera. Era un extrano giro de los acontecimientos que a Kovalenko le empezaba a hacer pensar en la idea de sudba, o destino. Era un concepto muy grabado en el caracter ruso, pero el siempre se lo habia tomado a la ligera, como un mito folclorico en el que se podia creer o no, segun fuera conveniente. Sin embargo, ahora se encontraba totalmente entrelazado con un americano al que apenas unos dias antes habia visto en un parque de Paris, marchandose abruptamente de una investigacion policial, un gesto que lo coloco de inmediato bajo sospecha. Pero en cuestion de horas habian llegado al punto en el que se encontraban ahora, viajando en el mismo coche, a cientos de kilometros de Paris y corriendo a un destino comun en el que se encontraba la hermana de ese hombre, que ahora era tanto su foco de atencion como el principal sospechoso de asesinato, Alexander Cabrera. Si esto no era el destino, ?que podia serlo?

El pitido repentino del movil saco a Kovalenko de sus ensonaciones, y de pronto vio a Nicholas Marten que lo miraba mientras lo sacaba decidido de su chaqueta y respondia.

– Da -dijo, en ruso.

Marten lo miraba ansiosamente, convencido de que serian Rebecca o lady Clem y esperando que le pasara el telefono. Pero no lo hizo. En cambio, prosiguio su conversacion en ruso. Marten lo oyo decir una vez la palabra «Zurich» y mas tarde, «Davos», y luego «zarevich», pero fueron las unicas palabras que entendio. Finalmente Kovalenko colgo. Paso un rato largo hasta que miro a Marten.

– Me han asignado otro caso -dijo.

– ?Otro caso? -Marten no podia creerlo.

– Me ordenan que vuelva a Moscu.

– ?Cuando?

– De inmediato.

– ?Por que?

– Es algo que uno no debe preguntar. Haces lo que te ordenan y punto.

El movil de Kovalenko volvio a sonar. Vacilo y luego respondio.

– Da -dijo otra vez-. Si -dijo, ahora en ingles, antes de darle el telefono a Marten-. Es para usted.

Davos, Hotel Steignerger Belvedere, a la misma hora

– Nicholas, soy Clem, ?puedes oirme?

Con el pelo lleno de rulos, lady Clementine Simpson se encontraba en el salon de belleza del lujoso hotel mientras la atendian dos mujeres a la vez. Tenia el movil en el mostrador de delante y hablaba a traves de un auricular.

– Si -dijo Marten.

– ?Donde estas?

– De camino a Davos, desde Zurich.

– ?Davos? Es donde estoy yo. En el Steinberger Belvedere. Papa participa en el Foro. -De pronto bajo la voz-. ?Como has conseguido salir de Paris?

– Clem, ?esta Rebecca aqui? -dijo Marten, ignorando su pregunta.

– Si, pero no la he visto.

– ?Puedes ponerte en contacto con ella?

– Esta noche cenamos juntas.

– No -la apremio Marten-. Antes de eso. De inmediato. Lo antes posible.

– Nicholas, noto por tu tono de voz que algo va mal, ?que ocurre?

– Rebecca ha estado saliendo con un hombre llamado Alexander Cabrera.

Lady Clem solto un gran suspiro y desvio la vista.

– Ay, ay, ay…

– ?Ay? ?Que quieres decir?

Se oyo un fuerte crujido de electricidad estatica y la senal quedo interrumpida.

– Clem, ?estas ahi? -dijo Marten, nervioso.

De inmediato, la linea quedo despejada.

– Si, Nicholas.

– He tratado de llamar al movil de Rebecca, pero no responde. ?Tienes algun movil de los Rothfels?

– No.

– Clem, Cabrera puede estar con los Rothfels.

– Pues claro que esta con los Rothfels. Es el jefe de Gerard Rothfels. Han alquilado una mansion para todo el fin de semana.

– ?Su jefe? -Marten estaba paralizado. Asi era como Cabrera y Rebecca se habian conocido. El sabia que Rothfels llevaba la division europea de algun tipo de empresa industrial internacional, desde sus oficinas en Lausana, pero no se le habia ocurrido preguntar nunca para quien trabajaba-. Clem, escuchame, Cabrera no es quien Rebecca cree que es.

– ?Que quieres decir?

– El es… -Marten vacilo mientras trataba de encontrar las palabras adecuadas-. Puede que tenga algo que ver con el asesinato de Dan Ford. Y con el asesinato de otro hombre que ocurrio ayer en Zurich.

– Nicholas, eso es absurdo.

– No lo es, creeme.

De pronto, Clem miro a las dos mujeres que la estaban atendiendo:

– Senoras, ?les importa dejarme sola un momento? Mi conversacion es un poco personal.

– ?Se puede saber que haces?

– Siendo educada. No me gusta hablar de asuntos familiares delante de desconocidos, si puedo evitarlo.

Las dos jovenes sonrieron cortesmente y salieron.

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