Bum, bum. Bum, bum. Bum, bum. Bum, bum.

20

Lunes 31 de marzo

El brillo de la television a oscuras. Otra vez. The Three Stooges, Gilligan's Island, Corrupcion en Miami, El show de Ed Sullivan.

Otra vez.

The Three Stooges, Gilligan's Island, Corrupcion en Miami, El show de Ed Sullivan.

Otra vez.

The Three Stooges, Gilligan's Island, Corrupcion en Miami, El show de Ed Sullivan.

Nicholas Marten dormitaba, se despertaba, se volvia a dormir. Y entonces se levanto y hizo todo lo posible por recuperar la fuerza fisica y luego, conservarla. Una hora, dos horas, tres, cada dia. Abdominales, balanceos del tronco, levantamiento de las piernas, equilibrio de las extremidades, estiramientos, correr sin desplazarse. Sus costillas rotas y los rasgunos de la caida al rio ya estaban practicamente curadas. Lo mismo que sus heridas de arma blanca.

No sabia con exactitud cuanto tiempo llevaba alli dentro, pero le daba la impresion de que era una eternidad. Le parecia que habian pasado semanas desde el ultimo interrogatorio. La intensidad del principio habia ido cediendo poco a poco, y eso lo llevaba a preguntarse que habia sucedido. Tal vez su interrogador de la voz ronca se habia marchado a hacer otras cosas, y habia dejado en su lugar un equipo de vigilantes para que se ocuparan de el. O tal vez lo habian encontrado y detenido. O tal vez se hubiera desplazado a otro lugar del mundo para hablarles del americano al que habian capturado y para hacer algun trato con el. Incluso si no era de la CIA, todavia lo podian matar y dejar su cadaver tirado en algun lugar y decir que lo era, para cualquier ventaja que eso les supusiera.

Cada dia, cuando entraban a llevarle la comida, el insistia, preguntandoles, ?por que? ?Por que lo mantenian alli encerrado? ?Que pensaban hacer con el? Y cada dia obtenia la misma respuesta: callate. Callate. Y entonces le dejaban la comida y se marchaban. Y luego venia el temido sonido de la puerta que se cerraba con llave.

Otra vez.

The Three Stooges, Gilligan's Island, Corrupcion en Miami, El show de Ed Sullivan. Y esta vez con Rin Tin Tin anadido.

Empezaba a imaginarse que tal vez las series no existian. Que quiza la pantalla estaba en blanco y era el quien se imaginaba las series. Tal vez habia cambiado el unico canal que retransmitia algo por un canal sin senal, tan solo para tener la tele encendida para darle luz. No lo sabia, no lo recordaba. Todo giraba alrededor de las noticias de la noche, pero cada vez le costaba mas hacerse a la idea de la hora del dia o de la noche en la que se encontraba, o de la fecha en que vivia, porque habian empezado a emitir las noticias de la misma manera que emitian las series, una y otra vez, las repetian unas ocho veces al dia. Ademas, la ultima noticia que habia visto de Alexander y Rebecca habia sido unos dias atras. Curiosamente, habia sido algo divertido y le hizo reir en voz alta: la primera risa que recordaba en meses.

La prensa, avida de saber cualquier cosa de Rebecca, la habia mostrado en el jardin de una mansion en Dinamarca, acompanada de dos personajes de mediana edad, bien vestidos y sonrientes, el principe Jean Felix Christian y su esposa, Marie Gabrielle, que eran sus padres biologicos (o eso es lo que habia sido capaz de deducir ahora que, poco a poco, empezaba a comprender algo de aleman). Explicaron la historia de quien era, explicaron que habia sido secuestrada de nina y que a sus padres se les pidio un rescate. Ellos esperaron en vano mas noticias de los secuestradores mientras las agencias policiales investigaban, pero nunca mas ocurrio nada. Hasta ahora.

Luego el reportaje mostraba el lugar en el que ella paso sus primeros anos, en Coles Corner, Vermont. Alexander sabia perfectamente que ella se habia criado en Los Angeles como Rebecca Barron, pero tuvo el acierto de dejar que la version de su infancia en Vermont pasara como cierta, y funciono. Al menos media docena de lugarenos fueron entrevistados y afirmaron haber conocido a Rebecca y a su hermano, Nicholas, de ninos. Resultaba increible, como si todos alli sintieran alguna necesidad imperiosa de formar parte de aquel inmenso mito, de modo que se inventaban todo tipo de anecdotas personales sobre la pequena muchacha del pueblo que pronto se convertiria en la hermosa zarina de Rusia. Bailes del colegio, desfiles del 4 de julio, companeros y companeras, una profesora de tercero que la habia ayudado con su terrible caligrafia. «Oh, era realmente terrible.»

Incluso mostraron una escena grabada en el pequeno cementerio familiar de la antigua casa solariega de los Marten; el reportero se habia colocado directamente sobre el lugar sin nombre en el que Hiram Ott habia enterrado al autentico Nicholas Marten. Alfred Hitchcock no lo habria hecho mejor, hasta el ultimo detalle de perfeccion: un periodista que interrogo a un concejal de Coles Corner sobre el expediente academico de Rebecca se entero de que varios anos antes, el ayuntamiento del municipio, que, curiosamente, compartia instalaciones con los bomberos, habia sufrido un grave incendio que lo dejo reducido a cenizas y todos los archivos municipales, incluidos los del departamento de educacion, fueron pasto de las llamas.

Ante esto Nicholas Marten, el nuevo Nicholas Marten, el cautivo, tuvo un ataque de risa, y luego se rio y se rio hasta que la risa se convirtio en llanto y en dolor de estomago.

Pero todo esto habia sucedido unos dias antes, y desde entonces no los habia vuelto a ver. Hasta las noticias le parecian absurdas y llenas de repeticiones. Se estaba volviendo loco y lo sabia.

Entonces, por millonesima vez, oyo la sintonia de Gilligan's Island y, de pronto, dijo que basta. Cualquier cosa era mejor que la tele. Al menos, a oscuras, podia escuchar los ruidos de la ciudad que habia alli fuera. Sirenas, trafico, ninos jugando, camiones recogiendo la basura. Y, de vez en cuando, gritos de enfado en aleman.

De pronto se dirigio hacia el halo de luz, dirigiendo la mano apasionadamente contra el interruptor de encendido de la tele, cuando la cadena corto la emision de Gilligan's Island para poner en antena un presentador de noticias en aleman. Marten oyo el nombre sir Peter Kitner y entonces la camara corto la imagen del estudio para poner las imagenes de una carretera rural inglesa. Henley-on-Thames, se podia leer en el subtitulo. Vio a la policia y a los equipos de rescate y los restos terribles de un Rolls Royce que habia explotado. No habia necesidad de traduccion. Entendia perfectamente lo que el periodista aleman contaba: el coche habia explotado y cuatro personas habian muerto: sir Peter Kitner, el titan de la prensa, antiguo zarevich ruso, nieto del zar Nicolas, hijo del fugado Alexei; la esposa de Kitner, Luisa, prima del rey Juan Carlos de Espana; su hijo Michael, heredero del imperio mediatico Kitner; y el conductor del vehiculo, el guardaespaldas de Kitner, un tal doctor Geoffrey Higgs.

– Dios mio, tambien los ha matado -musito Marten, horrorizado.

De pronto, el horror se convirtio en ira.

– ?Raymond! -exclamo. Se volvio de la pantalla bruscamente. Daba igual que hubiera matado a Red, a Josef Speer, a Alfred Neuss, o a Halliday o a Dan Ford, o a Jean-Luc Vabres o al impresor de Zurich, Hans Lossberg. Alexander/Raymond se habia vuelto otra vez contra su propia familia, esta vez matando a su padre, como antes habia matado a su medio hermano. ?Que pasaria cuando tuviera un ataque y desatara su terror contra Rebecca?

No podia soportar pensar en ello, pero sabia que tenia que hacer algo, y que tenia que hacerlo cuanto antes.

21

Вы читаете La huida
Добавить отзыв
ВСЕ ОТЗЫВЫ О КНИГЕ В ИЗБРАННОЕ

0

Вы можете отметить интересные вам фрагменты текста, которые будут доступны по уникальной ссылке в адресной строке браузера.

Отметить Добавить цитату