cuidaba y le mostraba su afecto sin reparos, y Fatima le atendia, solicita. Tras aquella noche de amor, vivida antes de su partida a la guerra, sus relaciones se habian visto limitadas a miradas cargadas de deseo y caricias fugaces.

Aisha se lo planteo a ambos tan pronto su hijo regreso de Berja; las mujeres conocian bien aquellas leyes.

—Debeis casaros —les dijo, intentando apartar de su mente las consecuencias que esa boda podria tener para ella.

Los dos consintieron mutuamente con la mirada; sin embargo, Hernando mudo el semblante.

— No tengo medios para entregarle su idaq, su zidaque... —empezo a decir. ?Los ducados de Aben Humeya?, penso entonces volviendo la mirada hacia el interior de la casa, pero Aisha adivino lo que pasaba por su cabeza.

— Primero deberias pedirle permiso al rey. Es su dinero. Deberas buscar con que dotarla porque tu padrastro, que es tu familia, dificilmente contribuira a ello. Tu —indico dirigiendose a Fatima— eres una mujer libre. Tras la muerte de tu marido has cumplido con los preceptos de nuestra ley y has guardado los cuatro meses y diez dias de idda o alheda. Los calcule —anadio antes de que cualquiera de ellos empezase a echar cuentas—. Ciertamente, has incumplido la obligacion de permanecer en casa de tu marido durante la idda, pero la situacion no lo permitia con el ejercito del marques en Terque. Por lo que respecta al idaq —continuo dirigiendose a Hernando—, tienes aproximadamente tres meses para conseguirlo. Habeis yacido juntos sin estar casados, por lo que no podeis casaros hasta que ella haya tenido tres veces el periodo, salvo que... —Aisha chasqueo la lengua—. Si estuvieras prenada, no podriais casaros hasta que se produjera el parto y tampoco podriais disfrutar del amor durante ese tiempo, la ley lo prohibe. No encontrariamos ningun testigo que quisiera comparecer al matrimonio de una mujer encinta. Recuerda hijo: tienes tres meses para conseguir esa dote.

Hacer el amor habria significado ir posponiendo el matrimonio. La primera menstruacion los tranquilizo. La decision, no por dura, dejo de ser sencilla para ambos: tres meses de abstinencia.

En cuanto al idaq, Hernando pensaba dirigirse al rey en cuanto estuviera curado del todo de la pierna. Si alguien podia ayudarle, ese no era otro que Aben Humeya, el hombre que le enseno a montar y que le regalo un caballo. ?Acaso no le habia demostrado su aprecio en el pasado? Aunque, a su pesar, tenia serias dudas sobre ese afecto. Los rumores sobre la decadencia moral en la que habia caido el rey llegaban hasta todos los rincones de la sierra. Lo que Hernando ignoraba era que el tiempo jugaba en su contra.

Por desgracia, esos rumores eran ciertos: el poder omnimodo y el dinero que despues recibio a espuertas habian convertido al rey en un tirano. Aben Humeya fue vencido por la avaricia, y no existia hacienda morisca que no saquease; vivia en la lujuria, tal y como gustaba, rodeado de cuantas mujeres deseaba, a las que tomaba sin reparos; como noble granadino, de estirpe, desconfiaba de turcos y berberiscos; mentia, enganaba y se comportaba cruelmente con quienes tenia a su servicio. Su forma de actuar le habia costado ya la publica enemistad de varios de sus mejores capitanes: el Nacoz en Baza, Maleque, en Almunecar, Gironcillo, en Velez, Garrai en Mojacar, Portocarrero en Almanzora y por supuesto Farax, su contrincante a la corona.

Pero tuvo que ser una mujer la que arruinara la esplendorosa vida de Aben Humeya. El rey se encapricho de la viuda de Vicente de Rojas, hermano de Miguel de Rojas, su suegro, al que habia hecho asesinar en Ugijar antes de divorciarse de su primera esposa. La viuda era una mujer de gran belleza, excepcional bailarina

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