—Por Dios y la santisima Virgen... —grito con las manos entrelazadas a la altura del estomago del capellan, recordando las palabras de suplica del noble cristiano en la tienda de Barrax—, por los clavos de Jesucristo, ?ayudadme!

El sacerdote permanecio un instante atonito, antes de agacharse y obligarle a ponerse en pie. ?Era el primer morisco que invocaba a Jesucristo! Sin embargo, Hernando se mantuvo de rodillas.

—Ayudadme —repitio mientras el sacerdote le tomaba por las manos y pugnaba por alzarle—. ?Donde puedo encontrar a ese cirujano? ?Decidme! Mi esposa esta muy enferma...

El capellan le solto las manos con gesto brusco.

—Lo siento, muchacho. —El hombre nego con la cabeza—. El hospital de la Caridad solo admite varones.

Hernando no quiso escuchar como, despues de su marcha, los demas moriscos rompian en invocaciones a la Santisima Trinidad.

Transcurrieron las horas, era ya noche cerrada. Los moriscos intentaron dormir en el suelo, unos encima de otros. Hernando andaba de un lado a otro, sin alejarse de Fatima, reprimiendo los sollozos ante los temblores de la muchacha. Brahim dormia apoyado en la pared, con Musa y Aquil encogidos a su lado. Aisha acariciaba el cabello de Fatima, velandola, como... como si esperase su muerte.

Bien entrada la madrugada, el ruido de la puerta de la calleja al abrirse sorprendio a Hernando. Primero vio a una joven rubia dirigirse directamente hacia el, ?que hacia aquella mujer?, pero detras, cojeando...

—?Hamid! —El alfaqui se llevo el indice a los labios y renqueo hacia el.

Hernando se echo en sus brazos. En ese momento fue consciente de cuanto habia anorado aquel rostro amable y familiar, el rostro de quien habia sido su mayor consuelo durante los tiempos tristes de su infancia.

—?Vamos! No hay tiempo —le apremio Hamid no sin antes abrazarle con fuerza—. Aquella, su esposa, aquella muchacha —le indico a la joven que salio con el—. Ayudala, vamos.

—?Que... que vas a hacer? —pregunto Hernando inmovil, sin poder apartar la mirada de la letra al fuego que aparecia herrada en la mejilla del alfaqui.

Aisha se levanto y fue ella quien ayudo a la rubia a alzar a Fatima por las axilas.

—Intentar salvar a tu esposa —le contesto Hamid cuando las dos mujeres ya cruzaban la calle arrastrando a Fatima—. No debes traspasar la puerta, Aisha —anadio—. Yo me hare cargo de la muchacha.

Hernando permanecia paralizado. ?Su esposa? Eso era frente a los cristianos, pero Hamid... ?Y Brahim? ?Que diria Brahim cuando viese que Fatima no estaba? El hecho de que fuera Hamid quien ayudara a la muchacha tal vez sirviera para mitigar su colera.

—No es mi... —Aisha, ya libre de Fatima, le agarro del antebrazo y le hizo callar con un gesto. El alfaqui no llego a escucharle: solo estaba pendiente de que nadie los descubriese.

—Manana —dijo antes de cerrar la puerta de la mancebia— saldre a comprar. Hablaremos entonces, pero tened en cuenta que aqui solo soy un

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