Cordoba. «Suma pobreza es la que obliga, a un pobre, a ir a un hospital», se decia entre las gentes, pero el de la Lampara, asilo de mujeres aquejadas de enfermedades venereas sin curacion, era nombrado con pavor entre las prostitutas. Fuertemente vigilado por las autoridades como medida sanitaria, entrar en el conllevaba una agonia lenta y dolorosa.
—Yo podria... —empezo a decir Hamid—, conozco...
Ana Maria se volvio hacia el y le suplico con sus ojos verdes.
—Hay un antiguo remedio musulman que quiza... —?Tampoco habia tratado de chancro a nadie en las Alpujarras! ?Y si no funcionaba? Sin embargo, ya tenia a la muchacha de rodillas, agarrada a sus piernas.
«?Dios permita su curacion!», rezo en silencio Hamid cuando aquella misma noche lavo con miel la vulva de Ana Maria y despues espolvoreo sobre la llaga las cenizas que obtuvo de un canuto de cana relleno de una masa compuesta de harina de cebada, miel y sal. ?Permitalo Dios!», rezo noche tras noche al repetir el tratamiento. En la siguiente visita del medico del cabildo municipal, la llaga habia desaparecido. ?En verdad aquella diminuta fistula fue el anuncio de la sifilis?, penso Hamid mientras Ana Maria sollozaba de alegria en sus brazos, agradecida. Era la medicina del Profeta, concluyo sin embargo: una medicina capaz de curar chancros y sifilis. ?Acaso no se habia encomendado a Dios en cada ocasion en que la curo?
—No se lo cuentes a nadie, te lo ruego —le pidio Hamid, separandose de ella—. Si supieran... Si el alguacil o la Inquisicion llegase a conocer lo que aqui ha sucedido, me procesarian por brujo... y a ti por hechizada... —anadio para mayor seguridad—. ?Que estas haciendo, muchacha? —le pregunto sorprendido, al ver como Ana Maria se quitaba el jubon.
—Mi cuerpo es lo unico que poseo —contesto ella, al tiempo que se abria la camisa y le mostraba sus jovenes pechos.
Hamid no pudo dejar de mirar aquellos senos blancos y tersos, la gran areola morena que rodeaba sus pezones. ?Cuantos anos hacia que no disfrutaba de una mujer?
—Me basta con tu amistad —se excuso azorado—. Cubrete, te lo ruego.
A partir de aquel dia Hamid gozo de un respeto reverente por parte de todas las mujeres de la mancebia; incluso el alguacil mudo su trato hacia el esclavo. ?Que habria contado Ana Maria? El viejo alfaqui preferia no saberlo.
—He conseguido que podais quedaros en Cordoba —anuncio Hamid a Hernando una manana. El alfaqui tomo aire antes de continuar—: Eres toda mi familia... Ibn Hamid —lo nombro en voz baja, acercandose a la oreja de Hernando, que se estremecio—, Y me gustaria tenerte cerca, en esta ciudad. Ademas... tu esposa no resistiria un nuevo exodo.
—No es mi esposa... —confeso por fin.
Hamid le interrogo con la mirada y Hernando le conto la historia. Entonces el anciano comprendio por que Brahim le habia recibido furioso la primera manana en que se encontraron. El alfaqui creyo que se debia a que la muchacha hubiera sido introducida en una mancebia y se mostro contundente: «Ningun hombre estara con ella —le dijo—. Confia en mi». El arriero quiso discutir, pero Hamid le dio la espalda. Luego fue Aisha quien, una vez mas, se encaro con su esposo: «La estan curando, Brahim. Muerta, de poco te servira».
Ana Maria conocia a un jurado de Cordoba: un hombre que estaba encaprichado de ella y que acudia con regularidad a la mancebia. Los jurados estaban llamados a ser el contrapeso de los veinticuatros en el gobierno municipal. A diferencia de los
