Hamid dio un respingo y cojeo a lo largo de la calleja, haciendo un esfuerzo por contener las lagrimas. ?Hernando! Habia creido que no volveria a encontrarlo... ?Cuantos vecinos mas de Juviles habrian llegado en aquella nueva partida? No las habia visto, pero le constaba que en la ciudad se hallaban varias esclavas procedentes de Juviles, capturadas antes del perdon concedido por don Juan de Austria; todos los demas moriscos libres que se establecieron en Cordoba provenian del Albaicin o de la vega de Granada, procedentes de las primeras deportaciones. En silencio, dio gracias al Clemente por haber protegido la vida y la libertad del muchacho. Pero ?que le sucedia a su esposa? Se la veia enferma; temblaba de manera convulsiva. Hernando debia amarla puesto que salto a ciegas en su defensa, arrastrandose de rodillas hasta el cura. Se detuvo ante la puerta de una pequena botica de dos pisos y acerco la oreja. No se oia nada en su interior. Llamo con los nudillos.
—Debes comer. —Hernando se dejo caer al lado de Fatima. Al instante, Brahim alzo la mirada de su escudilla.
—Dejala —gruno—, no te acerques...
—?Callate! ?Acaso quieres que fallezca? ?La dejaras morir y despues mataras a mi madre porque yo haya intentado ayudarla?
Brahim observo a la muchacha: encogida, temblorosa.
—Ocupate tu, mujer —ordeno a Aisha, que comia cerrando los ojos cada vez que se llevaba el cucharon a la boca—, procura que no muera.
—Debes alimentarte, Fatima —susurro Hernando al oido de Fatima. Ella no contesto, no lo miro, continuo temblando—. Se que sientes la perdida de Humam, pero no comer no le devolvera la vida. Todos le echamos de menos...
—Dejame a mi —le insto Aisha, en pie frente a el. Hernando alzo sus ojos azules; su mirada expresaba una profunda consternacion—. Dejame —repitio ella con dulzura.
Aisha tampoco consiguio que Fatima reaccionase. Intento forzarla a tragar la sopa, dando cuenta ella del cerdo por si volvia algun sacerdote, pero tan pronto como conseguia introducirle algo de liquido o alguna verdura, la muchacha lo devolvia. Hernando, en cuclillas, observaba como su madre luchaba por alimentar a Fatima; contenia la respiracion cuando lo conseguia, y se desesperaba hasta golpear la tierra con los nudillos al ver como el cuerpo de la muchacha rechazaba el alimento.
—Dicen que hay un hospital en la plazuela —le comento una mujer morisca que presenciaba la escena con angustia.
Cuando Hernando la interrogo con la mirada, la mujer le senalo la plaza del Potro; el salio corriendo, pero tuvo que detenerse varios pasos mas alla: una multitud se apelotonaba en lo que debia ser la entrada del hospital, frente a un portico cerrado por un doble arco de medio punto. Con todo, se acerco y lucho por abrirse paso entre la gente, haciendo caso omiso de las protestas.
—Ya os he dicho —logro escuchar que decia el capellan— que las catorce camas del hospital estan ocupadas y en mas de la mitad de ellas hay dos personas. Pero, ademas, para acceder al hospital es necesaria la orden del medico o del cirujano y ahora no esta ninguno de los dos.
Algunos cedian al escuchar aquellas palabras y abandonaban el portico; otros permanecian en su sitio, mostrando sus heridas, tosiendo o extendiendo los brazos, suplicantes. Un nino agonizaba a los pies del capellan mientras su padre lloraba desconsolado. ?Que podia conseguir el?, penso Hernando al ver como el capellan negaba tercamente con la cabeza. La vision de Fatima temblando y vomitando le impelio a hacerlo, y por segunda vez en la noche se hinco de rodillas frente a un sacerdote.
