los edificios de la calle del Potro; la escudilla con la comida se hallaba intacta entre sus pies.
Fatima ni siquiera levanto el rostro al oir al sacerdote. Brahim, absorto en los pedazos de entrana que flotaban en su tazon, no contesto. Aisha tampoco lo hizo.
—Esta enferma —se apresuro a excusarla Hernando.
—En ese caso, la comida le vendra bien —arguyo el cura, y, con un gesto, la insto a comer.
Fatima siguio impasible. Hernando se arrodillo junto a ella, tomo el cucharon y lo colmo de caldo... y un pedazo de cerdo.
—Come, por favor —susurro a Fatima.
Ella abrio la boca y Hernando introdujo el potaje en su interior. La grasa resbalo por el menton de la muchacha antes de que una arcada la obligase a escupir la comida a los pies del sacerdote. El hombre salto hacia atras.
—?Perra mora!
Los moriscos que se hallaban a su alrededor se apartaron y formaron un corro. Todavia de rodillas, arrastrandose, Hernando se volvio hacia el cura y se dirigio a el.
—?Esta enferma! —exclamo—. ?Mirad! —Cogio el pedazo de cerdo del suelo y se lo llevo a la boca—. Es... es mi esposa. Solo esta enferma —repitio—. ?Mirad! —Volvio a donde estaba la escudilla, cargo el cucharon de pedazos de tripas y las comio—. Solo esta enferma... —balbuceo con la boca llena.
El sacerdote contemplo durante un buen rato como Hernando masticaba y tragaba el cerdo, y como repetia, hasta que parecio darse por satisfecho.
—Volvere —dijo antes de darles la espalda y encararse con el morisco que tenia mas cercano— y entonces confio en que haya mejorado y haga honor a la comida que con tanta generosidad os proporciona la ciudad de Cordoba.
Enfrente de donde se encontraban Fatima y Hernando, al otro lado de la calle, se abria una diminuta calleja sin salida, en la que ni siquiera cabian dos hombres de costado y que llevaba desde el Potro hacia el Guadalquivir. La puerta de madera que daba paso a la calleja se hallaba en aquel momento abierta y mostraba una hilera de boticas o pequenos locales, algunos de un solo piso, que se extendian a ambos lados y en toda su longitud. Justo en la puerta del callejon, armado, charlando con los clientes que entraban o salian del lupanar, el alguacil de la mancebia de Cordoba contemplaba a los moriscos. Detras de el, sin atreverse a salir a causa de sus prohibidas vestiduras y alhajas que solo podian utilizar en el interior de la mancebia, algunas mujeres asomaban la cabeza, y entre todas ellas, procurando no despertar los recelos del alguacil, un hombre presenciaba las suplicas del joven morisco por aquella muchacha enfermiza. ?Habia dicho que era su esposa? Esbozo una sonrisa que se desdibujo en su mejilla derecha, alli donde la infame «S» aparecia herrada al fuego. ?Hernando! Habian transcurrido casi dos anos desde que se despidieron en el castillo de Juviles. Durante todo ese tiempo, aquel hombre habia pensado en Hernando todos los dias: era el hijo que nunca habia tenido... Emocionado al verlo con vida, penso con orgullo que el joven habia crecido y, pese a lo andrajoso de su aspecto, era evidente que ya era un hombre. ?Que edad tendria? ?Dieciseis?, se pregunto Hamid.
—?Francisco! —grito el alguacil al percatarse de su presencia en la puerta—. ?Ve a trabajar! Y vosotras tambien —anadio, azuzando con las manos a las mujeres.
