otros moriscos que reconocieron en la catedral cristiana la maravillosa mezquita de la Cordoba de los califas, desvio la mirada hacia el templo. Alpujarrenos humildes, ligados a sus tierras, nunca habian tenido oportunidad de verla, pero si que sabian de ella, y aun extenuados, la curiosidad asomo a sus rostros. Justo detras de aquella pared centenaria, bajo la cupula, se hallaba el mihrab, el lugar desde el que el califa dirigia la oracion. Algunos murmullos corrieron entre los deportados, que inconscientemente aminoraron la marcha. Un hombre que llevaba a un nino sobre los hombros senalo la mezquita.

—?Herejes! —grito una mujer ante aquellas muestras de interes.

Inmediatamente, el gentio se sumo a las ofensas, como si quisiera defender la iglesia de miradas profanas:

—?Sacrilegos! ?Asesinos!

Un anciano fue a lanzarles una piedra, pero los soldados se lo impidieron y apremiaron el paso de la columna. Cuando sobrepasaron la fachada posterior de la catedral, las calles se hicieron mas angostas y los soldados dispersaron a los ciudadanos, que solo pudieron seguir observando a la comitiva desde los balcones de las casas encaladas de dos pisos. Los moriscos recorrieron la calle de los Cordoneros, pasaron por la Alhondiga y la calle de la Pescaderia, cruzaron la de Feria y llegaron hasta la desembocadura de la calle del Potro. La cabeza del cortejo se detuvo en la plaza del Potro, el mayor enclave comercial de la ciudad y lugar elegido por el corregidor Zapata para tenerlos en custodia.

La plaza del Potro era una plazuela cerrada, centro del barrio del mismo nombre, donde trataron infructuosamente de acomodarse los tres mil moriscos que habian superado el exodo, aunque la mayor parte termino diseminada por las calles adyacentes. Pocos pudieron encontrar alojamiento, y menos aun pagarlo, en la posada del Potro, situada en la misma plaza, en la de la Madera, en la de las Monjas o en cualquiera de las muchas otras que existian en los alrededores. El corregidor establecio controles de acceso a la zona y alli, en las calles, a cargo y cuenta del cabildo municipal, quedaron los moriscos a la espera de las instrucciones del rey Felipe acerca de su destino final.

La noche se les echo encima mientras la mayor parte de ellos saciaba la sed en grandes tinajas. Cuando les llego el turno, y mientras Brahim sorbia el agua, volcado bajo el chorro, Hernando observo a Fatima: su cabello, ahora astroso y sucio, enmarcaba un rostro de pomulos marcados y ojos hundidos y amoratados, unas facciones consumidas en las que destacaban los huesos. Vio como le temblaban las manos al unirlas en forma de cuenco y tratar de llevarlas hasta sus labios; el agua se le escapo entre los dedos antes de llegar a la boca. ?Que seria de ella? No resistiria un nuevo viaje.

Nadie oso lavarse; por mas que el corregidor hubiera cerrado las calles, la medida afectaba tan solo a los moriscos, y los viajantes, mercaderes, tratantes de ganado y artesanos que trabajaban y vivian en la zona —silleros, espaderos, lineros, fabricantes de agujas o curtidores—, transitaban con soberbia entre la masa de deportados, vigilandolos, igual que hacian los muchos sacerdotes que merodeaban entre ellos o la multitud de desocupados que diariamente acudian al lugar: mendigos o aventureros que aprovechaban para tratarlos con desprecio.

Los moriscos estaban agotados y hambrientos. De pronto, los cristianos aparecieron con grandes peroles de un potaje de verduras ?Y tripas de cerdo! Entonces los sacerdotes se dedicaron a detenerse, aqui y alla, para comprobar que nadie rehusaba comer el alimento que su religion les prohibia.

—?Por que no come? —pregunto uno de ellos, senalando a Fatima. La joven estaba sentada en el suelo, con la espalda apoyada en la fachada de uno de

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