veinticuatros, nobles todos ellos, los jurados eran hombres del pueblo elegidos directamente por sus conciudadanos para que los representaran en el cabildo. Con el paso del tiempo, sin embargo, el cargo se patrimonializo y se convirtio en sucesorio, habil para ser cedido en vida, y los diferentes monarcas lo utilizaban, bien para premiar servicios, bien para obtener pingues beneficios de su venta. La eleccion en la parroquia se convirtio en una pantomima formalista y los jurados, sin poseer los titulos y riquezas de la nobleza, trataron de equipararse con ella y los veinticuatros. El jurado que visitaba a Ana Maria acogio la solicitud de la muchacha como una oportunidad de demostrarle su poder mas alla del talamo, y en un alarde de vanidad acepto el encargo de lograr que aquellos moriscos se quedasen en Cordoba.

—Son parientes del morisco cojo —explico con voz melosa Ana Maria refiriendose a Hamid; tenia al jurado, ya satisfecho, a su lado, en la cama—, y una de las mujeres esta enferma. No puede viajar. ?Seras...?, ?seras capaz? —Lo pregunto con inocencia, zalamera, provocandolo, consciente de que el jurado le contestaria con algo parecido a un «?acaso lo dudas?», como asi sucedio. Ana Maria acaricio el pecho blando del hombre—. Si lo consigues —susurro—, tendremos las mejores sabanas de la mancebia —anadio con un guino picaro.

La autorizacion para permanecer en Cordoba requirio que los hombres tuviesen trabajo. El jurado consiguio que Brahim fuese contratado en uno de los muchos campos de cultivo de las afueras de la ciudad.

— ?Arriero? —Se burlo el jurado cuando Ana Maria le conto cual era la profesion de Brahim—. ?Y tiene mulas? —La muchacha nego. ?Como va a trabajar de arriero entonces?

Con Hernando no hubo lugar a discusion: trabajaria como en la curtiduria de Vicente Segura.

Y alli estaba el, aquel 30 de noviembre de 1570, cargando pellejos hasta la calle Badanas por la ribera del Guadalquivir, con la mirada puesta en los ultimos moriscos que en aquel momento superaban la fortaleza de la Calahorra y dejaban atras el puente romano de acceso a la ciudad de los califas.

La calle Badanas se iniciaba en la iglesia de San Nicolas de la Ajerquia, junto al rio, y luego, dibujando una linea quebrada, desembocaba en la del Potro, muy cerca de la plaza. En la zona se ubicaba la mayor parte de las curtidurias, ya que en ella se disponia del abundante agua del Guadalquivir, imprescindible para su trabajo; el aire que se respiraba era acre e hiriente, resultado de los diversos procesos a los que se sometian las pieles antes de convertirse en fantasticos cordobanes, guadamecies, suelas, zapatos, correajes, arneses o cualquier otro tipo de objeto que necesitara del cuero. Hernando accedio al taller de Vicente Segura por su puerta trasera, la que daba al rio, y descargo los pellejos en una esquina del gran patio interior, alli donde lo habia hecho durante los tres dias que llevaba trabajando. Uno de sus oficiales, un cristiano calvo y fuerte, se acerco a comprobar el estado de los pellejos sin tan siquiera saludar a Hernando que, una vez mas, volvio a quedarse absorto en el trajin que se desarrollaba en el interior del patio que cubria el espacio existente entre el rio y la calle Badanas: oficiales, aprendices y un par de esclavos que no hacian otra cosa que acarrear agua limpia del rio, trabajaban sin cesar. Unos rendian las pieles: era la primera operacion que se efectuaba en cuanto entraba un pellejo en la curtiduria; consistia en introducirlo en balsas con agua fresca hasta ablandarlo, tantos dias como fuera necesario segun la piel y su estado. Algunas de ellas, ya rendidas o en proceso de estarlo, se hallaban extendidas sobre tablas, con la parte de la carnaza al aire, listas para que los operarios las rasparan con cuchillos cortantes y las limpiaran de la carne, sangre e inmundicias que pudieran haber quedado adheridas.

Una vez rendidas las pieles, estas se introducian en los pelambres para el apelambrado, operacion que consistia en sumergirlas en agua con cal y con la

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