infinidad de altares que los cristianos viejos mantenian siempre iluminados con velas, las unicas luces nocturnas de la ciudad. Minusculas ermitas, alguna de ellas para no mas de doce personas, beaterios y casas de emparedadas se diseminaban por todo el caserio, al igual que lo hacian monjes o cofrades constantemente, pidiendo limosna entre el soniquete de rosarios cantados por las calles.
?Como iban a poder sobrevivir ellos en aquel gigantesco santuario?, penso Hernando de pie, con la mirada perdida en la fachada de la iglesia de Santa Marina, cerca del matadero, mas alla del cementerio que rodeaba el templo por tres de sus costados, a donde le llevaron sus pasos, al norte de la ciudad.
?Juviles! ?La sierra!, grito en su interior. Alli quieto, bajo los primeros rayos de sol, se sintio sucio y apestando a estiercol putrefacto.
—Ni se te ocurra lavarte —le habia advertido Hamid—. Es uno de los comportamientos que los cristianos vigilan y consideran como una senal de herejia.
—Pero...
— Piensa que ellos no lo hacen —le interrumpio el alfaqui—. En ocasiones se lavan los pies y algunos, la mayoria, solo se banan una vez al ano, en el dia de su onomastica. Las puntillas de sus camisas son nidos de piojos y pulgas. ?Lo sufro! Ten en cuenta que una de mis responsabilidades es cambiar las sabanas de la mancebia.
De mala gana habia seguido su consejo y no se lavo hasta que el hedor se le cosio a la piel, como sucedia con todos los moriscos..., como sucedia con todos los cristianos. Oliendose, observo los enterramientos de los parroquianos a las puertas de su iglesia; nobles y ricos, todo aquel que podia pagarlo, se procuraban una tumba en el interior de una iglesia, de un convento o de la catedral, pero los tenderos y artesanos yacian alli, en medio de las calles de Cordoba, mientras en las afueras se enterraba a los indigentes.
El domingo era obligado asistir a misa y tenia que ir acompanado de Fatima, su legitima esposa frente a los cristianos, que ya el viernes habia acudido a la iglesia para las clases de evangelizacion que le impusieron el dia de su boda. Asi pues, regreso a San Nicolas de la Ajerquia descendiendo junto al arroyo de San Andres. Si algo sobraba en Cordoba, ademas de devocion cristiana, era agua: como en Sierra Nevada, pero a diferencia del agua cristalina de las canadas de las Alpujarras, aqui se encharcaba en las plazas o descendia emponzonada hasta el rio. Por el arroyo de San Andres, por donde ahora caminaba Hernando, bajaban las aguas que recogian los desechos del matadero y los de todo el vecindario de su cauce. ?Por que les importaria tanto a los cristianos el recorrido de los pellejos si permitian el paso de aquellas aguas putridas?, se quejo para si al cruzar con cuidado sobre uno de los tablones que a modo de puentes ordeno colocar el cabildo entre las casas que canalizaban el arroyo. Tal era la profundidad del cauce de aquel hediondo arroyo, a nivel inferior incluso al de los cimientos de los edificios, que los cordobeses lo bautizaron como «el despenadero».
El interior de la iglesia de San Nicolas, enclavada alli donde la calle las Badanas confluia con el rio, sorprendio a Hernando, que se habia reunido alli con Fatima y los demas moriscos para asistir al servicio religioso. En aquellas ocasiones en que volvia del matadero habia observado su fachada baja, de no mas de cinco varas de altura, que la diferenciaba de las demas iglesias construidas por el rey Fernando, mucho mas grandes y altas. Como las demas, se habia erigido sobre una mezquita, pero sin embargo San Nicolas conservaba todavia las hileras de columnas rematadas con arcos que caracterizaban los lugares de culto musulmanes, al estilo de la catedral. Pero aquella sensacion fugaz desaparecio tan pronto como el sacristan empezo a pasar lista a los moriscos; cerca de doscientos se hallaban empadronados en la parroquia pero, al contrario que en
