Ademas, pocos meses antes se habia tenido noticia de la definitiva derrota del rey de al-Andalus. Aben Aboo fue traicionado y asesinado por el Seniz; su cuerpo, rellenado con sal, fue trasladado a Granada, donde su cabeza todavia colgaba sobre el arco de la puerta del Rastro, la que salia al camino de las Alpujarras, metida en una jaula de hierro.
Con todo, Hernando presenciaba las fiestas con Hamid en la plaza de la Corredera. En el centro de la gran plaza cordobesa se erigio un castillo en el que se simularia una batalla entre moros y cristianos, pero hasta entonces, el vino manaba gratuitamente del pico de un pelicano, por lo que el alcohol iba haciendo mella en una muchedumbre que se peleaba por acercarse a aquella curiosa fuente. Mientras tanto, el cabildo anuncio un certamen para el que dispuso un premio de once piezas de terciopelo, damasco y tela de plata: dos piezas para los vencedores de unas carreras a caballo; cuatro para los hombres mas elegantes; tres mas para las tres mejores companias de infanteria formadas por los gremios, ?y dos para las mujeres de la mancebia que mas lucieran!
—Es dificil entender a esta gente —comento el joven a Hamid mientras Ana Maria se paseaba con coqueteria por delante del numeroso publico que la vitoreaba sin reparos—. En presencia de sus mujeres e hijas, premian a las mujeres con las que se acuestan.
—Todas ellas saben que sus maridos acuden a la mancebia —arguyo Hamid sin prestar atencion a lo que decia, con la mirada fija en las evoluciones de una Ana Maria bellisima. Hernando hizo lo propio, si bien estaba mas pendiente de los esfuerzos de los alguaciles por impedir que algunos hombres ya borrachos saltasen sobre la muchacha—. Los cristianos no buscan el placer en sus esposas —anadio el alfaqui en voz baja, volviendose hacia el muchacho en el momento en que Ana Maria fue sustituida por una voluptuosa mujer de pelo negro—. Es pecado. Los tocamientos y las caricias son pecado. Incluso adoptar otra postura que no sea la de yacer en el lecho, es pecado. No se puede buscar la sensualidad...
—?Pecado! —intervino Hernando, sonriente.
—Exacto. —Hamid le hizo un gesto para que bajase la voz—. Por eso sus esposas aceptan que busquen la sensualidad y el placer en las prostitutas. Las meretrices no dan los problemas de bastardos y reclamaciones de herencias que les pueden plantear las barraganas o las cortesanas. Y su Iglesia lo apoya.
—Hipocritas.
—Varias boticas de la mancebia son propiedad del cabildo catedralicio —dijo Hamid antes de que ambos se apartaran del certamen y anduvieran sin rumbo desde la plaza de la Corredera, entre la multitud.
—Si —afirmo Hernando pensativo, transcurridos unos instantes—, pero esas mismas esposas tan castas con sus maridos, buscan despues el placer en otros hombres...
Hamid le miro con curiosidad y el le contesto con una simple mueca que elimino de su rostro en cuanto percibio la desaprobacion en el alfaqui.
Habia transcurrido mas de un ano desde que Fatima se echara en sus brazos tras buscar la muerte frente a un toro y unos caballos desbocados.
— Continuo siendo su segunda esposa —lamento la muchacha despues de besarse en el callejon y cruzar promesas de amor.
—?Aqui no vale ese matrimonio! —alego Hernando sin pensarlo.
El semblante de Fatima mudo y Hernando titubeo, ?como podia haber afirmado...?
