—ironizo, una vez sentado sobre lo que en sus dias debia de haber sido uno de los dos bancos con los que contaba la chalupa. El tratante ya bogaba en direccion a la orilla contraria.
—Las suficientes para los dos —rio el hombre—. Achica. Encontraras un cazo a tu derecha. —Hernando tanteo y empezo a achicar el agua tan pronto como encontro el cazo. El hombre bogo con cuidado, procurando introducir las palas de los remos sin que chapoteasen, con la mirada fija en el puente romano y en los vigilantes que montaban guardia en el—. Dicen que en los lupanares hay mujeres de todas las razas y lugares —comento sin embargo en voz baja—: muchas de ellas cautivas cristianas. Bellisimas y expertas en el arte del amor...
Fantaseando con las mujeres de aquel imaginario burdel arribaron a la orilla contraria, donde al momento fueron abordados por otro hombre del que Hernando, en la oscuridad, ni siquiera logro distinguir sus rasgos. Fueron solo unos instantes, en silencio, los imprescindibles para que tratante y desconocido intercambiaran una bolsa de dineros y cargasen una barrica en la chalupa. Se despidieron con un siseo y el bote se hundio peligrosamente cuando el tratante, despues de girarlo, se encaramo a el.
—Ahora si que tendras que achicar de verdad —le anuncio—. Si no lo haces... ?Sabes nadar?
No hablaron durante la mitad del tornaviaje. Hernando noto como el agua se colaba con mucha mas presion. ?El cazo era insuficiente! Sintio que se le encogia el estomago, mas aun a medida que percibia que el hombre remaba mas deprisa, sin precaucion alguna, esforzandose, una bogada que era cada vez mas corta a causa del agua y el peso.
—?Achica! —Llego a gritarle el tratante.
—?Rema! —le apremio el.
Llegaron a la ribera de la que habian partido. Hernando estaba empapado y la chalupa inundada, haciendo agua por todas sus secas y carcomidas junturas.
El hombre le indico que le ayudase con la barrica y la descargaron. Luego se afanaron en esconder el bote.
— Todavia le quedan muchos viajes —le dijo mientras tiraban de la chalupa—.
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—Lo de la Virgen, para que Su Senora no este enfadada si hay que encomendarse a ella; nunca se sabe. —El hombre jalo con fuerza hasta que logro trasladar la chalupa un par de pasos mas—. Lo de cansada..., ya lo has visto, siempre vuelve renqueante —rio irguiendose—. ?Como te llamas? —anadio, mientras tapaba la barca con ramas. El muchacho contesto y el hombre se presento como Juan—. Ahora tenemos...
—?Y mi dinero? —le interrumpio Hernando.
—Despues. Esperaremos aqui hasta bien entrada la madrugada, hasta que se haya retirado la gente y podamos transportar la barrica sin problemas.
Esperaron hasta que se apagaron las voces en el Potro. Hernando, aterido, no dejaba de saltar y golpearse los costados. Juan le conto que se trataba de vino.
—Te vendria bien un buen trago —dijo al verlo temblar—, pero no podemos abrirla.
Tambien le explico que en Cordoba no se permitia la entrada
