—Es nuestra ley —se le adelanto Fatima—. Si renunciamos a ella... a nuestras creencias... Mal que me pese, debo respetar mi matrimonio con Brahim: ante los nuestros es mi marido. No puedo olvidarme de eso, por mucho que lo desee. Por mucho que lo aborrezca. ..

—No. No queria decir...

— No seriamos nada. Eso es lo que pretenden los cristianos: martirizarnos hasta nuestra desaparicion. Somos un pueblo maldito para ellos. Nadie nos quiere aqui: los humildes nos odian y los nobles nos explotan. Ha muerto mucha de nuestra gente por defender la verdadera fe: mi esposo, mi hijo... ?Ningun cristiano hizo nada por un nino enfermo e indefenso! ?Malditos! ?Malditos todos ellos! Tu mismo lo enterraste... —La voz de Fatima se quebro hasta quedar convertida en un sollozo. Hernando la atrajo hacia si y la abrazo—. ?Debemos cumplir con nuestras obligaciones...! —lloro.

—Encontraremos alguna solucion —trato de consolarla Hernando.

—?No seriamos nada sin nuestras leyes! —insistio la muchacha.

—No llores, te lo ruego.

—?Es nuestra religion! ?La verdadera! ?Malditos!

—Lograremos resolverlo.

—?Perros cristianos! —Antes de que terminara la frase, Hernando hundio el rostro de la muchacha en su hombro para acallar sus palabras—. ?Morire por el Profeta, loado sea, si es necesario!

Sentencio despues ella.

—Morire contigo —le susurro el mientras mas alla, en la plazuela, la gente estallaba en vitores cuando el rejon se introdujo en lo alto del toro hiriendolo de muerte.

La doncella que miraba desde el balcon de su palacio aplaudio comedidamente.

«?Morire por el Profeta!» La determinacion que se desprendia de aquella promesa era la misma que Hernando oyo de boca de Gonzalico antes de que el manco lo degollase. ?Que habria sido de Ubaid?, se pregunto una vez mas. Al anochecer dejo a Fatima en la casa de la calle de Mucho Trigo. Brahim y Aisha parecian tranquilos y el volvio a escapar tras hacerse con un pedazo de pan de centeno duro, pero solo cuando Fatima se lo permitio con un casi imperceptible movimiento del menton. Aquel domingo, despues del episodio con el toro, habian descendido hasta el rio, pasando por delante de la mezquita, donde entre curas y capellanes apretaron las manos que llevaban entrelazadas, y alli, a orillas del Guadalquivir, frente a la noria de la Albolafia y los molinos que lo cruzaban, dejaron pasar las horas. Hernando no tenia dinero. Cobraba dos miseros reales al mes, menos que una sirvienta con derecho a cama y comida, dineros que ademas inmediatamente entregaba a su madre para, junto a las ganancias de Brahim, cubrir los gastos del alquiler y la manutencion. No comieron nada, excepcion hecha de un par de bunuelos frios y aceitosos que un bunolero morisco les regalo despues de observar como saboreaban el aroma que dejaba tras de si.

Pasaba la hora de visperas y las puertas de las casas de los cristianos piadosos se encontraban cerradas, como ordenaban las buenas costumbres durante el

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