de vino de otros lugares y que los impuestos eran muy altos. Con esa barrica, el posadero haria buen negocio... y tambien ellos.
—?Dos blancas? —se burlo Hernando.
—?Te parece poco? No seas ambicioso, muchacho. Pareces listo y atrevido. Podras ganar mas si aprendes y te esfuerzas.
Cuando incluso la zona del Potro dormitaba, aparecio el posadero. Juan y el se saludaron; eran los dos de la misma altura, uno delgado y el otro gordo. Taparon la barrica con un manto con el que trataron de disimular su forma, y se pusieron en marcha: el posadero abria la marcha y los otros dos transportaban el vino. Ya en la posada, en la calle del Potro, introdujeron la barrica en un sotano escondido. Una vez terminado el trabajo, Hernando corrio a calentarse junto a las brasas que languidecian en la chimenea de la planta baja y Juan le entrego sus dos monedas de vellon... y un vaso de vino.
—Te reconfortara —le animo ante la duda que se reflejo en su rostro.
Fue a beber, pero recordo las palabras de Fatima: «?Debemos cumplir con nuestras obligaciones! ?No seriamos nada sin nuestras leyes!».
—No, gracias —rehuso, e hizo ademan de devolverle el vaso.
—?Bebe, moro! —Grito el posadero, que estaba recogiendo una de las mesas—. El vino es un regalo de Dios.
Hernando busco la mirada de Juan, que le contesto enarcando las cejas.
—Este vino no es exactamente un regalo de vuestro Dios —replico Hernando—, lo hemos traido...
—?Hereje! —El posadero dejo de fregar la mesa y se dirigio resoplando hacia el.
—Te dije que era atrevido, Leon —tercio Juan; impidio que el hombre se acercara a Hernando, parandolo con la mano en su pecho—, aunque retiro lo de listo —anadio volviendose hacia el muchacho.
—?Tanto te importa que beba? —pregunto entonces Hernando.
—En mi posada, si —bramo el posadero, sin dejar de forcejear con Juan.
—En tal caso —afirmo, alzando el vaso en un brindis—, lo hare por ti.
«Y si os forzaran a beber el vino, pues bebedlo, no con voluntad de hacer vicio de el», recito para si al dar un largo trago.
Abandono la posada al clarear el dia; algunos cristianos salian de oir misa. Despues de la primera, brindo varias veces mas con Juan y Leon que, ya satisfecho, le ofrecio los escasos restos de la cena de los huespedes, que recalentaron sobre las brasas. Se dirigio directamente a la curtiduria, achispado, pero al tanto de una informacion que quiza pudiera serle de utilidad; al enterarse de que trabajaba en la curtiduria de Vicente Segura, Juan y el posadero habian intercambiado risas y chanzas, a cual mas obscena, sobre la esposa del curtidor.
—Utiliza bien lo que sabes —le aconsejo Juan—. No seas tan impetuoso como lo has sido con Leon.
Tras doblar una de las revueltas de la calle Badanas, aligero el paso. ?Era...? Si. Era Fatima. Esperaba algo mas alla de la puerta de la curtiduria por la que accedian aprendices y oficiales.
