—Senora... —mascullo, atravesando a Fatima con la mirada.
— ?A que humillarle tanto? —le reprobo ella una vez que el hombre desaparecio tras la puerta de la curtiduria.
Hernando busco sus ojos negros.
— Los pondre a todos a tus pies —prometio e, inmediatamente, llevo un dedo a los labios de la muchacha para acallar sus quejas.
28
Poco le costo a Hernando comprender la esencia de Cordoba, mas alla de iglesias y sacerdotes, misas, procesiones, rosarios o beatas y cofrades pidiendo limosna por las calles. Efectivamente, los piadosos cordobeses cumplian con sus obligaciones religiosas y asumian con generosidad la dotacion de mujeres humildes, hospitales o conventos, asi como la manda de legados pios en sus testamentos o el rescate de cautivos en manos de los berberiscos. Pero una vez cumplidos con la Iglesia, sus intereses y su forma de vida se distanciaban de los preceptos religiosos que deberian inspirarlos. Pese a los esfuerzos del Concilio de Trento, el cura que no disfrutaba de una barragana en su casa, disponia de una esclava. No se consideraba pecado prenar a una esclava. Era, segun oyo, como echar el caballo a una burra para que pariese una mula; a fin de cuentas, arguian, el vastago heredaba la condicion de la madre y nacia esclavo.
Los esfuerzos de las autoridades eclesiasticas por impedir que los confesores exigieran favores sexuales a las mujeres culminaron con la obligacion de separar a confesor y penitente mediante una celosia en los confesionarios. Pero las autoridades tampoco eran buen ejemplo de castidad y recato. Las riquezas y prebendas que conllevaban sus cargos eran ansiadas por los segundones de las familias nobles, y el mismisimo dean de la catedral, don Juan Fernandez de Cordoba, de insigne linaje, llego a perder la cuenta de los hijos que dejo esparcidos por la ciudad.
La sociedad civil no era diferente. Tras la pureza que debia regir la vida matrimonial parecia esconderse un mundo de libertinaje, y los escandalos se sucedian una y otra vez con cruentas consecuencias para quienes eran descubiertos en el adulterio. Las monjas, enclaustradas la mayoria de las veces por sus padres y hermanos por simples motivos economicos —resultaba menos gravoso al patrimonio familiar entregar a una hija a la Iglesia que dotarla para un esposo de su condicion—, y, por tanto, sin vocacion religiosa alguna, competian con los clerigos en dejarse seducir por los galanteadores, que aceptaban el reto de obtener tan preciado trofeo como uno de los mayores exitos de los que jactarse.
Para Hernando y los demas moriscos que, como el, llegaron a fecundar las piedras del reino de Granada a golpes de azada, la sociedad cordobesa se les mostraba perezosa y degenerada: ?el trabajo estaba mal considerado! Los trabajadores tenian vedado el acceso a los cargos publicos. Los artesanos trabajaban lo minimo imprescindible para su sustento y un ejercito de hidalgos, el escalon mas bajo de la nobleza, generalmente sin recursos, preferia morir de hambre antes que humillarse procurandoselos mediante el trabajo. ?Su honor, ese exacerbado sentido del honor que imbuia a todos los cristianos cualquiera que fuese su condicion y su clase social, se lo impedia!
Lo comprobo pocos dias antes de la celebracion de la victoria de Lepanto. Podia haber pedido excusas, como trato de hacer en un primer momento; dar media vuelta y dejar zanjado el asunto, pero algo en su interior le empujo a no hacerlo. Un atardecer andaba distraido por la estrecha calle de Armas, cerca de la ermita de la Consolacion,
