—?Que haces aqui? —Pregunto Hernando—. ?Y Brahim? ?Como te ha permitido...?

—Esta trabajando —le interrumpio ella—. Tu madre no le contara nada. ?Que ha sucedido? —Inquirio la muchacha—. No has venido a dormir. Algunos de los hombres de la casa querian denunciarte ya al justicia, sin esperar a la segunda noche.

—Toma. —Hernando le entrego las dos monedas de vellon—. Esto es lo que he estado haciendo. Escondelas. Son para nosotros.

?Y por que no?, se le ocurrio entonces. Quiza pudiera comprar a Brahim la libertad de Fatima. Si conseguia dinero...

—?Como las has obtenido? ?Has bebido? —Fatima fruncio el ceno.

—No. Si. Bueno...

—Vas a llegar tarde, moro. —La seca advertencia la lanzo, de camino a la curtiduria, el oficial calvo y musculoso que repartia los pellejos.

?Por que tenia que andarse con cautelas?, penso Hernando. ?Se sentia capaz de todo! Ademas, quiza no tuviera otra oportunidad como aquella: a solas con el oficial del que sus companeros de contrabando aseguraban que se entendia con la mujer del maestro curtidor.

—Estoy hablando con mi esposa —le solto, arrogante, cuando el oficial ya se alejaba.

El hombre se detuvo en seco y se volvio. Fatima se encogio y se pego a la pared.

—?Y? ?Acaso eso te permite llegar tarde? —bramo.

—Hay quien pierde mas tiempo de trabajo visitando a la esposa del maestro en cuanto este se ausenta de la curtiduria. —La turbacion que se reflejo en el rostro del oficial le confirmo las bromas de sus companeros de noche. El hombre gesticulo sin decir nada. Luego titubeo.

—Apuestas muy fuerte, muchacho —acerto a decir.

—Yo, y muchos como yo, ?un pueblo entero!, apostamos un dia, mucho mas fuerte... y perdimos. Poco me importa hoy el resultado de la partida.

—Y ella —anadio el otro, senalando a Fatima—, ?tampoco te importa?

—Nos protegemos el uno al otro. —Hernando acerco la mano al rostro de una Fatima asombrada y le acaricio la mejilla—. Si a mi me sucediese algo, el curtidor llegaria a saber... —Hernando y el oficial se tentaron con la mirada—. Pero bueno, pudiera ser que no fueran mas que habladurias a las que no haya que prestar mayor atencion, ?no? ?Para que poner en duda el honor de un maestro de prestigio en Cordoba y la honra de su esposa?

El hombre penso durante unos instantes: honor y honra, los bienes mas preciados de cualquier buen espanol. ?Cuantos perdian su vida por un simple lance de honor! Y el maestro...

—Seran habladurias —cedio al fin—. Apresurate. No conviene que llegues tarde.

El oficial hizo ademan de reemprender el camino pero Hernando le llamo la atencion:

—?Eh! —El hombre se detuvo—. ?Y vuestra cortesia? ?No os despedis de mi esposa?

El oficial dudo con la ira marcada en su rostro, pero volvio a ceder.

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