invierno. Sin embargo, eso no se aplicaba a la zona del Potro, donde se aglomeraba la gente: mercaderes, tratantes, viajeros, soldados y aventureros, mendigos, vagabundos o simples vecinos bebian en posadas y mesones, charlaban en tertulias improvisadas, entraban y salian de la mancebia, peleaban o cerraban tratos comerciales cualquiera que fuese la hora. Hernando dirigio sus pasos hacia el lupanar, pero no acerto a ver a Hamid en el callejon: solo las puertas de la mancebia, abiertas a la calle del Potro. Deambulo sin rumbo por la zona. «Lograremos resolverlo», le habia dicho a Fatima, pero ?como? Solo Brahim podia repudiarla nunca lo haria si eso significaba que el, el nazareno, terminase consagrando su amor. Mientras tanto, ?que seria de ella? Fatima se esforzaba por no engordar y aparecer poco atractiva ante su esposo, pero Brahim volvia a mirarla con ojos de deseo.
— ?Muchacho! —Absorto en sus pensamientos, no hizo caso—. ?Eh! ?Tu!
Hernando noto como una mano le agarraba del hombro, se volvio y se encontro con un hombre delgado y bajo, quiza mas bajo que el. Al principio, a la escasa luz que salia de los mesones y las posadas, no lo reconocio, pero el hombre le mostro unos dientes tan negros como la noche que los rodeaba y entonces recordo: era uno de los tratantes de mulas que mercadeaban junto a la torre de la Calahorra, alli donde acudia a por el estiercol de la curtiduria. Habian cruzado algun saludo cuando el se metia entre su ganado.
—?Quieres ganarte un par de blancas? —le pregunto el tratante.
—?Que hay que hacer? —inquirio Hernando, dando a entender que estaba dispuesto a lo que fuese.
—Acompaname.
Bajaron por la calle de Badanas hasta el rio. El hombre no hablo, ni siquiera se presento. Hernando le siguio en silencio. Dos blancas eran una miseria, pero aun asi suponian el trabajo de dos dias en la curtiduria. Ya en la orilla, el hombre escruto nervioso a uno y otro lado. No habia luna y la oscuridad era casi completa.
—?Sabes remar? —le pregunto, descubriendo un destartalado y minusculo bote escondido en la orilla.
—No —reconocio el morisco—, pero puedo...
—Da igual. Sube —le ordeno con la chalupa ya en el agua—. Remare yo. Tu ocupate de achicar el agua.
?Achicar el agua? Hernando dudo en el momento en que iba a saltar al bote.
—Sube con cuidado —le advirtio el tratante esto no aguantara muchos meneos.
—Yo...
?No sabia nadar!
—?Que esperabas? ?Una galera de Su Majestad?
El muchacho miro las negras aguas del Guadalquivir. Discurrian con calma.
—?Adonde vamos? —pregunto todavia en la orilla.
—?Virgen santa! A Sevilla, si te parece. Alli haremos una parada y continuaremos hasta Berberia para visitar un lupanar al que acostumbro a ir todos los domingos. ?Calla y haz lo que te digo!
Realmente parecian tranquilas las aguas del Guadalquivir, trato de convencerse Hernando mientras subia al bote. En cuanto piso el fondo, el agua le empapo los zapatos.
—?Cuantas mujeres hay en ese lupanar del que hablas?
