muestre a todos los cristianos paseando por la ciudad, con este... —escupio sin mirar a Hernando—, con el nazareno?
—No —confeso Hamid—. No se trata de que se muestre a los cristianos. Pero tampoco estoy de acuerdo con acudir a su misa, rezar sus oraciones, comer la torta, y sin embargo lo hacemos. Debemos vivir como ellos pretenden. Solo asi, sin darles problemas, enganandolos, podremos recuperar nuestras creencias.
Brahim penso unos instantes.
—Jamas con el nazareno —afirmo, tajante.
—A ojos de los cristianos, es su esposo.
—?Que es lo que pretendes defender, Hamid?
—Llamame Francisco —le corrigio el alfaqui—. No defiendo nada, Jose. —Hamid forzo la voz al pronunciar el nombre cristiano de Brahim—. Las cosas son asi. No las he dispuesto yo. No busques problemas a tu pueblo; todos dependemos de lo que hagan los demas. Tu exiges que se cumplan nuestras leyes respecto a tus dos esposas y te respetamos, pero te niegas a someterte al bien de nuestros hermanos y buscas enfrentamientos con los cristianos. Hernando —anadio, dirigiendose a el—, recuerda que conforme a nuestra ley, ella no es tu esposa; comportate como el familiar suyo que eres. Id a pasear. Cumplid la orden del justicia.
—Pero... —empezo a quejarse Brahim.
—No quiero problemas si el justicia se presenta en tu casa, Jose. Ya tenemos bastantes. Id —insistio a Hernando y Fatima.
Fatima le siguio como podria haber hecho con cualquier otro que hubiera tirado del ajado vestido que la cubria; esta vez con la muchacha a su lado, silenciosa y cabizbaja, Hernando volvio a internarse en las calles de Cordoba tratando de acomodar su paso al lento caminar de ella.
—Yo tambien echo de menos al pequeno —le dijo varias calles mas alla, tras haber desechado decenas de comentarios que le rondaron la cabeza. Fatima no contesto. ?Cuanto iba a durar aquello? se lamento el—. ?Eres joven! —salto exasperado—. ?Podras tener mas hijos!
Al instante se dio cuenta de su error. Fatima solo lo exteriorizo aminorando todavia mas su marcha.
—Lo siento —insistio Hernando—. ?Lo siento todo! Siento haber nacido musulman; siento el levantamiento y la guerra; siento no haber sido capaz de prever lo que iba a suceder y sonar esperanzado como lo hicieron miles de nuestros hermanos; siento nuestros deseos de libertad; siento...
Hernando callo de repente. Su deambular les habia llevado a la Medina, al barrio de Santa Maria, mas alla de la catedral, una intrincada de callejas y callejones sin salida, como en muchas ciudades musulmanas. Un grupo de personas corria hacia ellos: se agolpaban en el estrecho callejon, gritaban, y algunos se detenian un instante para mirar nerviosa y fugazmente hacia atras antes de reemprender la carrera.
—?Un toro! —oyo que gritaba una mujer al pasar junto a ellos.
—?Que vienen! —chillo un hombre.
?Un toro? ?Como podia ser que alli, en una calleja de Cordoba...? No tuvo tiempo de pensar nada mas. Se habian quedado parados; por aquel estrecho espacio se aproximaban cinco jinetes engalanados, tirando de un impresionante toro ensogado a sus sillas de montar: unas sogas en los cuernos, otras en el pescuezo del animal. Las grupas de los caballos chocaban contra las paredes y los jinetes volteaban sus monturas con habilidad. El toro se defendia bramando, y los hombres tiraban de el hacia delante cuando el animal se revolvia hacia atras o lo refrenaban desde atras cuando parecia que iba a alcanzar y cornear a los de
