averiguar que trataban de expresar aquellos ojos negros ahora siempre apagados, pero solo podia leer en ellos una inmensa congoja.
Pero tambien Aisha dejaba escapar miradas tristes hacia el recien nacido. En el mismo momento en que las autoridades los censaron, como hacian con todos los menores deportados, les arrebataron a Aquil y Musa, quienes fueron entregados a piadosas familias cordobesas que debian educarlos y convertirlos a la fe cristiana. Aisha y Brahim, tan impotente como su mujer por una vez, se habian visto obligados a contemplar como los ninos, deshechos en lagrimas, eran apartados de su familia y puestos en manos de desconocidos. El r ostro del arriero expresaba una furia salvaje: ?eran sus varones! ?El unico orgullo que le quedaba!
Sin embargo, no era Fatima, ni la expectativa de compartir durante largo tiempo la habitacion con el joven matrimonio y su pequeno, lo que impulso aquel domingo a Hernando a levantarse antes de que saliese el sol y a salir con sigilo. Esa noche, amontonados todos en la habitacion y por primera vez en muchos meses, Brahim habia buscado a Aisha y ella se entrego a el como lo que era: su primera esposa. Hernando, encogido y tenso en su jergon, escucho los suspiros y jadeos de su madre justo a su lado. ?No habia espacio para mas! En la penumbra, los parpados prietos sobre sus ojos, sufrio al notar como ella procuraba el placer de Brahim, volcandose en el tal y como debian hacerlo las mujeres musulmanas: buscando el acercamiento a Dios a traves del amor.
No queria ver a su madre. No queria ver a Brahim. ?No queria ver a Fatima!
?Pero aquella sensacion de ahogo no cedio por mas que huyera de la habitacion y empezara a pasear por las calles de Cordoba bajo el sol que empezaba a alumbrarlas. Primero penso en dirigirse a la mezquita: contemplar de cerca aquella construccion que sobresalia por encima de todos los edificios de Cordoba y que tantas veces veia al cruzar el puente romano, cuando volvia a la curtiduria cargado con el estiercol. No quedaba ninguna otra mezquita en la ciudad de los califas. El rey Fernando ordeno que sobre ellas se levantasen iglesias; hasta catorce se construyeron a expensas de los lugares de culto musulmanes. Luego derribaron las demas. La mezquita de los califas tampoco lo era ya, pero se comentaba que aun podian verse las celosias sobre las puertas de entrada, los arabescos o las largas filas de columnas coronadas por dobles arcos de herradura en ocre y colorado que la hacian unica en el mundo; decian tambien que si uno se empenaba, todavia podian oirse los ecos de las oraciones de los creyentes.
Al recordar los insultos de los cristianos a su llegada a Cordoba y la suspicacia con la que la gente le miraba cuando, cargado de estiercol, se acercaba a la mezquita tras cruzar el puente romano, Hernando desecho la idea. ?Hasta los ninos parecian defender el templo de los herejes! Anduvo por lo tanto sin rumbo por las calles de la Ajerquia y la Medina, y se percato de que Cordoba era en si misma, toda ella, un gran templo de la cristiandad. A los catorce templos construidos por el rey castellano, que eran sede de las parroquias de la ciudad, se sumaba uno mas, posterior, y casi una cuarentena de pequenos hospitales o asilos, todos con su correspondiente iglesia. Entre iglesias y hospitales habia grandes extensiones de terreno con magnificos conventos ocupados por ordenes religiosas: San Pablo, San Francisco, la Merced, San Agustin y la Trinidad. Y tambien imponentes conventos de monjas, como el de la Santa Cruz, lindante con la calle de Mucho Trigo, donde vivia Hernando, el de Santa Marta, y otros tantos que se habian ido construyendo desde la conquista, todos escondidos a la curiosidad de los vecinos mediante largos y altos muros ciegos encalados, solo abiertos en las puertas de acceso.
En cualquier rincon de las calles de Cordoba aparecian pinturas o esculturas de Ecce Homos, Virgenes, santos o Cristos, algunos a tamano natural, e
