Aisha busco la mano de Fatima y la presiono con fuerza.

— Brahim de Juviles —sentencio Jalil—, conocemos las penurias por las que esta pasando nuestro pueblo. Las sufrimos como tu y tenemos en cuenta las dificultades que todos tienen, no ya para gobernar a sus esposas, sino para vestir y alimentar a sus hijos. No aceptariamos la solicitud de una esposa por tales razones. Es cierto, tampoco yo puedo gobernar a mi esposa como lo hacia en Granada. Sin embargo, no hay ningun creyente en Cordoba que, como tu, tenga dos esposas. Si, como sostienes, nadie puede gobernar a una esposa en esta ciudad, ?como podria pretender hacerlo con una segunda? Te otorgamos un plazo de dos meses para que acredites ante este consejo que estas en disposicion de gobernar convenientemente a tus dos esposas. Transcurrida esa idda, si asi no lo hicieres y ella insistiera, Fatima sera quitada de ti.

Brahim no se movio mientras escuchaba la sentencia; solo sus ojos entrecerrados denotaban la ira que le devoraba. Entonces intervino Karim. Hamid se lo habia pedido a los dos ancianos. «Lo conozco bien —dijo refiriendose a Brahim—. Puede llegar a matarla antes que entregarla», aseguro.

— Tampoco, y en consideracion a tu nuevo hijo y a los escasos recursos de los que dispones, te exigiremos como ordena la ley que durante la idda mantengas a tu segunda esposa. Te liberamos de ello en beneficio del nino. Pero, mientras tanto, Fatima vivira bajo nuestra guarda.

—?Perro! —mascullo Brahim, encarandose con Hamid.

De inmediato, los tres jovenes moriscos se plantaron frente a Brahim.

—Ven con nosotros, Fatima —le insto Jalil.

En ese momento, Aisha deshizo el fuerte nudo que entrelazaba sus dedos con los de Fatima. Las manos les sudaban a las dos. Fatima extendio la mano en busca de un ultimo contacto con su companera y se adelanto hacia los ancianos.

32

Al alba, Hernando acudio a las caballerizas reales, un edificio de nueva construccion levantado junto al alcazar de los reyes cristianos, sede de la Inquisicion cordobesa. Desde que habia llegado a Cordoba, al igual que los demas moriscos, Hernando evitaba aquel barrio, el de San Bartolome, emplazado entre la mezquita y el palacio episcopal, el Guadalquivir y el linde occidental de la muralla de la ciudad. No solo se encontraban alli la Inquisicion y su carcel, el palacio episcopal, con el constante trasiego de sacerdotes y familiares de la Inquisicion, sino que a diferencia de los demas vecindarios de Cordoba, en el de San Bartolome no se hallaba censado ningun morisco libre. Sus habitantes eran distintos a los demas de la ciudad: se trataba de una parroquia anadida a la distribucion geografica que tras la conquista se hizo de la ciudad y que, por orden real, fue poblada con hombres valientes y fornidos en los que debia recaer la condicion de ser buenos ballesteros de guerra: una especie de milicia urbana siempre dispuesta a defender las murallas de la ciudad. Esas cualidades caracterizaban a las privilegiadas gentes de San Bartolome, que se enorgullecian frente a los demas vecinos, practicaban incluso una marcada endogamia y mantenian no pocas rencillas con las demas parroquias. Pocos moriscos querian mezclarse con inquisidores, sacerdotes, y gentes altivas y orgullosas.

Aquella noche pudo refugiarse en casa del peraile al que habia encontrado esposa, donde fue agasajado con una buena cena que saborearon, en un ambiente de cierta nostalgia, con cordero especiado con sal, pimienta y cilantro seco, frito en aceite al

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