—Me llamo Hernando.

—Hernando, ?que?

—Ruiz. Hernando Ruiz.

—Bien, Hernando Ruiz. Don Diego tiene muchos lacayos, ?a cual de ellos buscas?

Hernando se encogio de hombros.

—Ayer, en los juegos de toros...

— ?Ahora caigo! —le interrumpio el hombre—. Tu eres el que entro en la plaza el semental del conde de Espiel, ?no es cierto? Sabia que tu cara me era familiar —anadio mientras Hernando asentia—. Veo que no te pillaron, pero no deberias haber ayudado al conde. Ese hombre tendria que haber salido de la plaza a pie y humillado; ?que triunfo implica que el toro mate al caballo por su torpeza? Era un buen animal —musito—. De hecho, el rey deberia prohibirle montar, por lo menos delante de un toro... o de una mujer. Bueno, ahora se a quien buscas. Acompaname.

Abandonaron la nave de las cuadras y salieron a un inmenso patio central. En el se movian tres jinetes domando caballos, dos de ellos montados en soberbios ejemplares mientras el tercero, en quien Hernando reconocio al lacayo de don Diego, pie a tierra, obligaba a un potro de dos anos a trazar circulos a su alrededor, a la distancia que le permitia el ronzal del cabezon que el animal llevaba puesto por encima del freno y las bridas; los estribos, sueltos, golpeaban sus costados, excitandole.

—Es aquel, ?no? —le senalo el hombre. Hernando asintio—. Se llama Jose Velasco. Por cierto, yo soy Rodrigo Garcia.

Hernando titubeo antes de aceptar la mano que le ofrecio Rodrigo. Tampoco estaba acostumbrado a que los cristianos le tendieran la mano.

—Soy... soy morisco —anuncio para que Rodrigo no se llamase a engano.

—Lo se —le contesto el— Jose me lo ha comentado esta manana. Pero aqui todos somos jinetes, domadores, mozos, herradores, freneros o lo que sea. Aqui, nuestra religion son los caballos. Pero cuidate mucho de repetir esto en presencia de algun sacerdote o inquisidor.

Hernando noto que Rodrigo, al tiempo que decia esas palabras, le estrechaba la mano con franqueza.

Al cabo de un rato, cuando el potro ya sudaba por los costados, Jose Velasco lo obligo a detenerse, ato al cabezon el ronzal que utilizaba para hacerlo girar y acerco el potro a un poyo; se subio a este, y ayudado por un mozo que aguantaba al animal monto con cuidado sobre el. Los otros dos jinetes detuvieron sus ejercicios. El joven caballo se quedo quieto y expectante, encogido, con las orejas gachas, al notar el peso de Velasco.

—Es la primera vez —susurro Rodrigo a Hernando, como si levantar la voz pudiera originar un percance.

Velasco llevaba una larga vara cruzada por encima del cuello del potro y sostenia en sus manos tanto las riendas como el ronzal; las riendas sueltas, como si no quisiera molestar al potro con el freno que mordia en la boca; el ronzal, por el contrario, tenso a la argolla que colgaba por debajo del belfo inferior del animal. Espero unos segundos a ver si el potro respondia pero, al no hacerlo y continuar quieto y en tension, se vio obligado a azuzarlo con suavidad. Primero chasqueo la lengua; luego, al no obtener respuesta, atraso los talones de sus borceguies, sin espuelas, hasta rozar sus costados. En ese momento el potro salio disparado, corcoveando. Velasco aguanto el envite y al cabo, el potro volvio a detenerse, el solo, sin que el jinete hubiera

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