conviviendo con otros caballos a sus lados; a comer de los pesebres, a beber en el pilon; a obedecer al ronzal y andar de la mano y a admitir los frenos o el peso de la silla necesarios para montarlos. Todo ello era desconocido para los jovenes caballos, que hasta entonces habian vivido en libertad en las dehesas, junto a sus madres.

Si en algun momento Hernando habia llegado a sonar con montar uno de aquellos fantasticos caballos, sus suenos se fueron desvaneciendo a medida que le explicaban cuales iban a ser sus tareas. Sin embargo, si que se cumplio otro sueno: en el segundo piso de las caballerizas reales, por encima de las cuadras, habia una serie de estancias para uso de los empleados, de las que le cedieron una amplia habitacion de dos piezas, independiente aunque compartiera cocina con otras dos familias. ?En sus diecinueve anos de vida jamas habia dispuesto de aquel espacio para el! Ni en Juviles ni mucho menos en Cordoba. Hernando recorrio aquellas dos piezas una y otra vez. El mobiliario se componia de una mesa con cuatro sillas, una buena cama con sabanas y manta, una pequena comoda con una jofaina (?podria lavarse!) y hasta un arcon. ?Que meterian en aquel arcon?, penso antes de dirigirse al ventanal que daba al patio de las caballerizas. Al mostrarle sus habitaciones, el administrador de las cuadras se volvio justo cuando Hernando abria el arcon.

—?Y tu esposa? —le pregunto como si hubiera sido a ella a quien debiera haberselo ensenado—. En tus papeles dice que estas casado.

Hernando ya tenia preparada la contestacion para aquella pregunta.

—Esta cuidando de un familiar enfermo —contesto con firmeza—. De momento no puede dejarlo.

—En cualquier caso —le advirtio el administrador—, deberiais acudir sin falta a censaros en la parroquia de San Bartolome. Imagino que tu esposa no tendra problema en dejar a ese enfermo el tiempo necesario para realizar ese tramite.

?Habria algun problema? La pregunta volvio a asaltarle mientras desde la ventana, ya a solas, miraba como Rodrigo trabajaba un caballo tordo, insistiendo en un ejercicio que el animal no terminaba de ejecutar correctamente; las largas espuelas de plata del jinete lanzaban destellos al sol de marzo cuando Rodrigo las clavaba en los ijares del tordo. Fatima todavia no era su esposa. Karim habia sido tajante: debian transcurrir los dos meses de idda concedidos a Brahim, durante los que Hernando no podia acercarse a ella. ?Y si Brahim obtenia el dinero suficiente para recuperar a Fatima?

El espolazo con el que Rodrigo castigo al caballo cuando este volvio a equivocar el ejercicio se hinco en las carnes de Hernando tanto como en los ijares del animal rebelde. ?Y si Brahim lo conseguia?

Se le habia echado la noche encima y ya no podia volver a Cordoba. ?Que excusa iba a alegar en la puerta?, penso Brahim. Agazapado entre los matorrales, en el camino que llevaba de la venta de los Romanos hasta la ciudad por la puerta de Sevilla, observo transitar a varios mercaderes, armados todos, que iban en grupo para protegerse. Habia conseguido un punal; se lo habia prestado un morisco que trabajaba junto a el en el campo, despues de insistirle una y otra vez.

—Vigila —le habia advertido el hombre—, si te pillan con el te detendran y yo perdere mi punal.

Brahim era consciente de ello. Entrar escondida un arma en Cordoba, confundido entre la multitud que volvia de trabajar los campos, era relativamente sencillo, pero volver por la noche, solo y armado, no era mas que una temeridad. En cualquier caso, de poco le estaba sirviendo el punal. Brahim lo empunaba con decision ante el rumor de

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