pasos y caballerias. «En la siguiente oportunidad saltare sobre ellos», se prometia despues de dejar escapar, oculto en los matorrales, a una partida de mercaderes tras otra. Pero cuando por fin aparecia ese nuevo grupo en el camino, la mano con la que asia el punal se le anegaba en sudor y las piernas que debian correr hacia ellos se negaban a hacerlo. ?Como iba a enfrentarse a varios hombres armados con espadas? Entonces, maldiciendose, escuchaba como sus risas y sus chanzas se perdian en la distancia. «Al siguiente —trataba de convencerse—. Los proximos no se me escapan.»
Estuvo a punto de decidirse al paso de dos mujeres y varios ninos que se apresuraban hacia Cordoba con una cesta de hortalizas, pero ninguna de ellas mostraba una misera ajorca, ni siquiera de hierro, en sus munecas o en sus tobillos. ?Que iba a hacer con una cesta de hortalizas?
Le asalto la oscuridad y el camino, pese a estar frente a el, desaparecio de su vista. Ningun mercader mas se atrevio a recorrerlo ante las sombras que borraron sus margenes y el silencio cayo sobre Brahim, machacandole su cobardia.
Transcurrio mas de la mitad del plazo de dos meses de
El nazareno se quedaria con Fatima. Ni siquiera esa posibilidad, que torturaba su conciencia sin tregua, le insuflo el valor necesario para arriesgar su vida frente a un punado de cristianos, por poco armados que fueran.
Brahim sabia de Hernando. Aisha se habia visto obligada a contarle que era de su hijo, y al comprobar que su esposo no reaccionaba con violencia, sino que se encerraba en si mismo, el panico la asalto al comprender a su vez la trascendencia de lo que sucedia: Brahim perderia a Fatima; Brahim iba a ser denostado y humillado frente a la comunidad... ?El!, ?el arriero de Juviles, el lugarteniente de Aben Aboo! Por el contrario, aquel hijastro al que habia aceptado a cambio de una mula y al que siempre habia detestado, prosperaba, obtenia un trabajo bien remunerado y, lo mas importante, le arrebataria a su preciada Fatima.
Dos jinetes que corrieron el oscuro camino a galope tendido le sobresaltaron.
—?Nobles! —escupio Brahim.
—Pideles el dinero a los monfies de Sierra Morena —le recomendo el hombre del punal a la manana siguiente, despues de que Brahim se lo devolviese y confesase su inutilidad—. Siempre necesitan gente en la ciudad o en los campos, hermanos que les proporcionen informacion acerca de las caravanas que van a partir, de las personas que llegan o se van o de las actividades de la Santa Hermandad. Necesitan espias y colaboradores. Yo consegui el punal de ellos.
?Como podia dar con los monfies?, se intereso Brahim. Sierra Morena era inmensa.
— Ellos seran los que daran contigo si acudes a Sierra Morena— le contesto el hombre—, pero procura que no lo hagan primero los de la Santa Hermandad.
La Santa Hermandad era una milicia municipal compuesta por dos alcaides y unidades de cuadrilleros, generalmente doce, que vigilaban los delitos que se cometian fuera de los cascos urbanos: en los campos, en las montanas y en los pueblos de menos de cincuenta habitantes, alli donde la organizacion de los grandes municipios no podia llegar. Su justicia acostumbraba a ser sumaria y cruel, y en aquellos momentos buscaban a los monfies
