acudieron a ellos. Los bandoleros merodeaban por el camino de las Ventas atentos a cualquier viajero procedente de Madrid, Ciudad Real o Toledo que no hubiera sido lo suficientemente precavido como para hacerlo en compania o protegido. Ya los habian descubierto la jornada anterior, vigilantes como siempre lo estaban a cualquier movimiento que pudiera significar la llegada de los cuadrilleros de la Hermandad, pero no les habian dado importancia: un hombre y una mujer con un nino que viajaban a pie y sin equipaje, evitando los caminos principales, carecian de interes. De todas formas, convenia saber que hacian aquellos tres en la sierra.

—?Quienes sois y que pretendeis?

Brahim y Aisha, que desayunaban sentados, ni siquiera los habian oido acercarse. De repente, dos esclavos profugos marcados al hierro en el rostro, armados con espadas y dagas, se plantaron ante ellos. Aisha apreto al nino contra su pecho; Brahim hizo ademan de levantarse, pero uno de los esclavos se lo prohibio con un gesto.

—Me llamo Brahim de Juviles, arriero de las Alpujarras. —El monfi asintio en senal de que conocia el lugar—. Mi hijo y mi esposa —anadio—. Quiero ver al Sobahet.

Aisha volvio la cabeza hacia su esposo. ?Que pretendia Brahim? Un tremendo presentimiento la asalto, encogiendole el estomago. Shamir reacciono a la congoja de su madre y rompio a llorar.

—?Para que quieres ver al Sobahet? —pregunto mientras tanto el segundo monfi.

—Es cosa mia.

Al instante, los dos esclavos huidos llevaron las manos a las empunaduras de sus espadas.

—En la sierra, todo es cosa nuestra —replico uno de ellos—. No parece que estes en situacion de exigir...

—Quiero ofrecerle mis servicios —confeso entonces Brahim.

—?Cargado con una mujer y un nino? —rio uno de los esclavos.

Shamir berreaba.

—?Hazlo callar, mujer! —ordeno Brahim a su esposa.

—Acompanadnos —cedieron los esclavos despues de consultarse con la mirada y hacer un gesto de indiferencia.

Todos se internaron en las entranas de la sierra; Aisha trastabillaba detras de los hombres, tratando de calmar a Shamir. Brahim habia dicho que queria ofrecerse al monfi. Era evidente que Brahim buscaba dinero para recuperar a Fatima, pero ?para que los llevaba a ellos? ?Para que necesitaba al pequeno Shamir? Temblo. Le flaquearon las piernas, cayo de rodillas al suelo con el nino abrazado contra su pecho, se levanto y se esforzo por seguir la marcha. Ninguno de los hombres se volvio hacia ella... y Shamir no cesaba de llorar.

Llegaron a un pequeno claro que habia servido como campamento a los monfies. No habia tiendas ni ningun chamizo; solo mantas esparcidas por el suelo y las brasas de un fuego en el centro del claro. Arrimado a un arbol, el Sobahet, alto y cejijunto, con barba negra descuidada, recibia explicaciones de los dos esclavos que habian acompanado a Brahim y Aisha. Examino a Brahim desde la distancia y luego le ordeno acercarse.

Cerca de media docena de monfies, todos herrados y harapientos, recogian el campamento: unos permanecian atentos a los nuevos visitantes, otros

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