estilo de aquella Granada que todos anoraban. Antes de que terminasen, Karim, que tambien vivia en la calle de los Moriscos, paso por la casa del cardador y se unio a la fiesta despues de dejar a Fatima al cuidado de su esposa. Hernando y ella no podrian verse durante los dos meses de
?Que eran dos meses?, penso una vez mas Hernando de camino hacia las caballerizas. Su felicidad seria completa... si no fuera por su madre. Ya fuera de la casa, al despedirse, Hernando se intereso por Aisha, y Karim le contesto que su madre afrontaba la situacion con entereza, que no se preocupase: la comunidad estaba con ellos.
—Prospera, muchacho —le insto luego el anciano—. Hamid me ha contado lo de don Diego y los caballos. Necesitamos gente como tu. ?Trabaja! ?Estudia! Nosotros nos ocuparemos de todo lo demas.
Karim se perdio en la fresca oscuridad de aquella noche de marzo con un «confiamos en ti» que vino a turbar las fantasias acerca de Fatima que esa noche se permitio sin limite. ?Confiamos en ti! Cuando se lo decia Hamid era como si hablase al nino de Juviles, pero al escucharlo de labios de aquel desconocido anciano del Albaicin... ?Confiaban en el! ?Para que? ?Que mas debia hacer?
Cruzaba el Campo Real, sembrado de desechos como siempre, y desvio la mirada hacia su izquierda, donde se alzaba majestuoso el alcazar. ?La Inquisicion! Un escalofrio le recorrio la columna vertebral al contemplar las cuatro torres, todas diferentes, que se elevaban en cada una de las esquinas de la fortaleza de altas y macizas murallas almenadas. La larga fachada de las caballerizas reales empezaba alli mismo, al final del alcazar. Hernando pudo oler a los caballos en su interior, escuchar los gritos de los palafreneros y los relinchos de los animales. Se detuvo en el ancho portalon de acceso al recinto junto a la muralla antigua, cerca de la torre de Belen.
Estaba abierto, y aquellos sonidos y olores que habia percibido al otro lado de la fachada le golpearon cuando se detuvo en el umbral de la puerta abierta. Nadie vigilaba en la entrada, y despues de unos instantes de espera Hernando avanzo unos pasos. A su izquierda se abria una gran nave corrida con un amplio pasillo central, a cuyos dos lados, entre columnas, se hallaban las cuadras llenas de caballos. Las columnas sostenian una larga y recta sucesion de bovedas baidas que invitaban a adentrarse bajo esas curvas hasta rebasar un arco y encontrarse con el siguiente y el siguiente...
Los mozos trabajaban con los caballos en el interior de las cuadras.
Parado en la entrada de la nave, en el centro del pasillo, Hernando chasqueo la lengua para que los dos primeros caballos que estaban a su derecha, atados a unas argollas en la pared, dejaran de morderse en el cuello.
—Siempre lo hacen —dijo alguien a su espalda. Hernando se volvio justo cuando el hombre que le habia hablado, le imitaba y chasqueaba la lengua con mas fuerza—. ?Buscas a alguien? —le pregunto despues.
Se trataba de un hombre de mediana edad, alto y fibroso, moreno y bien vestido, con borceguies de cuero por encima de la rodilla, atados con correas a lo largo de la pantorrilla, calza y saya blanca ajustada, sin lujos ni adornos, y que despues de examinarlo de arriba abajo le sonrio. ?Le sonreia! ?Cuantas veces le habian sonreido en Cordoba? Hernando le devolvio la sonrisa.
—Si —contesto—. Busco al lacayo de don Diego... ?Lopez?
—Lopez de Haro —le ayudo el hombre—. ?Quien eres?
