lugar, en una cuesta que considero casi inexpugnable, mientras el, los bagajes y la gente inutil para el combate entraban en el pueblo.
Hernando no quiso unirse al resto de la impedimenta puesto que no deseaba toparse con Ubaid, y nada mas llegar a Paterna busco un corral lo suficientemente amplio en las casas de los arrabales; las pequenas huertas de los edificios del centro del pueblo no podian acoger a su recua. Nadie le puso dificultades. Para desesperacion de Brahim, que veia en peligro su posicion, Aben Humeya confio en el publicamente.
—Haced lo que os ordene el muchacho —dijo a los demas soldados que custodiaban el oro—. El es el guardian de las riquezas que nos proporcionaran la victoria.
Asi que Hernando ni siquiera tuvo que excusar su decision. Una vez en Paterna, y mientras Aben Humeya se encerraba en una de las casas principales, espero la llegada de la retaguardia, donde entre las mujeres y los bagajes caminaban Aisha y Fatima. Las vio llegar arrastrando los pies, y el rostro anegado en lagrimas: Aisha a causa de la ya segura muerte de sus hijas; como los demas moriscos que acudieran a escuchar al espia, habia vivido con la tenue esperanza de que hubieran sobrevivido; Fatima, por su esposo y su incierto futuro con un hijo pequeno a cuestas. Aquil y Musa, sin embargo, se entretenian jugando a la guerra. Una vez reunidos, los soldados los acompanaron en busca del corral. Al ver que Hernando se afanaba en el cuidado de los animales, y confiados en que el ejercito morisco detendria a las fuerzas del marques en la inexpugnable cuesta elegida por Aben Humeya, los dejaron y se desperdigaron por el pueblo.
Empezaba a nevar.
Pero las previsiones de Aben Humeya relativas a la dificultad de acceso resultaron erroneas. Los soldados cristianos, desobedeciendo las ordenes del marques, atacaron y lograron poner en desbandada a las tropas que defendian el acceso al poblado. Entraron en el avidos de sangre y botin, cansados del perdon que su capitan general concedia a cuantos herejes y asesinos se rendian.
El caos asolo Paterna. Los moriscos huyeron del pueblo; las mujeres y los ninos buscaban a sus hombres, y las cautivas cristianas, libres de repente, recibian con vitores a sus salvadores y trataban de impedir la huida de las moriscas. Solo lucharon ellas. Los hombres del marques, a excepcion de algun que otro disparo, se lanzaron a la busqueda del botin, que encontraron sin vigilancia de ningun tipo en decenas de mulas reunidas junto a la iglesia del pueblo, levantada, como muchas otras de las Alpujarras, sobre una antigua mezquita. El fabuloso trofeo encendio la avaricia y las rencillas entre los cristianos: sedas, aljofar y todo tipo de objetos de valor se amontonaban entre las mulas.
En el desconcierto, nadie se percato de que faltaba el oro; tantas eran las mulas frente a la iglesia que aquel que no encontro el oro, creyo que estaria en algunas acemilas mas alla.
Con Sierra Nevada a sus espaldas, sin casas que le limitaran la vision, protegiendose del frio y de la nieve, Hernando fue el primero en observar como el ejercito morisco huia en desbandada por las sierras. A media legua de donde se encontraban, alli donde se produjo el primer enfrentamiento, centenares de figuras fueron punteandose en la nieve. Ascendian. Ascendian desordenadamente hacia las cumbres. Muchas de las figuras caian y resbalaban por pendientes y riscos; otras, de repente, quedaban inmoviles. Desde la distancia, Hernando no podia oir el estruendo de los arcabuces, pero si ver los fogonazos y la intensa humareda que las armas cristianas despedian tras cada disparo.
—?Vamonos! —apremio a Aisha y a Fatima.
Las dos mujeres perdieron unos instantes, atonitas ante la
