cabeza. ?Donde estaba? La luz del amanecer que empezaba a colarse en el chamizo le recordo vagamente la noche, la fiesta... ?y despues? Intento moverse. ?Que se lo impedia? ?Donde estaba? La cabeza parecia a punto de reventarle. ?Que...? Unos brazos gordos, flacidos y pesados lo rodeaban. Entonces noto su contacto: el de su cuerpo desnudo contra... Salto del lecho de ramas. La mujer ni siquiera se inmuto; gruno y siguio durmiendo. ?Quien era aquella mujer? Hernando observo sus enormes pechos y su inmensa barriga, todo desparramado de lado sobre la manta que cubria las ramas. ?Que habia hecho? Un solo muslo de aquella matrona era mas ancho que sus dos piernas juntas. Las arcadas y el frio le asaltaron al mismo tiempo. Examino el interior del chamizo: estaban solos. Se levanto y busco su ropa con la mirada. La encontro tirada aqui y alla y trato de protegerse del frio. ?Que habia sucedido?, se pregunto, tiritando mientras se vestia. El simple roce de la ropa sobre su entrepierna le abraso. Se miro el miembro: aparecia descarnado. El pecho, sus brazos y piernas mostraban aranazos. ?Y su rostro? Encontro parte de un espejo roto y se miro: tambien estaba aranado, y su cuello y mejillas amoratados aqui y alla como si le hubieran succionado la sangre. Trato de remontarse a la fiesta, que gano frescor en su memoria... El baile... La bailarina. El rostro de la joven acudio a su memoria, contraido, bailando... A horcajadas sobre el, montandolo y agarrandole de las manos para llevarlas a sus pechos, igual que poco antes hiciera... Luego la bailarina se mordio el labio inferior, y aullo de placer, y varias mujeres se echaron encima de el, y le dieron de beber, y... ?Fatima! ?Prometio esperarle! Busco su nueva marlota. No estaba. Se llevo la mano al cinto que acababa de atarse instintivamente... Tampoco estaba la bolsa con los reales, ni el tocado de oro... ?ni la espada de Hamid!

Sacudio a la mujer.

—?Donde esta la espada? —La gorda refunfuno en suenos. Hernando la zarandeo con mas fuerza—. ?Y mis dineros?

—Vuelve conmigo —protesto la morisca despues de abrir los ojos—. Eres muy fuerte...

—?Y mis ropas?

La mujer parecio despertar.

—No las necesitas. Yo te calentare —le susurro, mostrandose obscenamente.

Hernando aparto la mirada de aquel obeso cuerpo, todo el depilado.

—?Perra! —la insulto mientras se volvia para escudrinar el interior del chamizo. Era la primera vez que insultaba a una mujer—. ?Perra! —repitio, apesadumbrado, al comprobar que habia desaparecido todo.

Se encamino a la cortinilla que hacia las veces de puerta, pero casi no pudo andar del dolor que le producia el roce de las ropas. Caminaba escocido, con las piernas abiertas.

Pese a que habia amanecido, el campamento se hallaba en un extrano silencio. Vio al monfi que montaba guardia en la entrada de la cercana tienda de Aben Humeya y se dirigio a el.

—Las bailarinas me han robado —solto sin saludarle.

—Veo que tambien te has divertido con ellas —replico el guardia.

—Me han robado todo —insistio—: los diez ducados, la marlota, el tocado...

—La gran mayoria del ejercito ha desertado esta noche —le interrumpio el monfi, esta vez con voz cansina.

Hernando volvio la mirada hacia el campamento.

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