—La espada —musito—. ?Para que quieren la espada si se van a entregar a los cristianos?
—?Tu espada? —pregunto el monfi. Hernando asintio—. Espera. —El hombre entro en la tienda y al cabo de unos segundos reaparecio con el alfanje de Hamid en las manos—. Te la quitaste al entrar en la fiesta —le dijo cuando se la entregaba—. Es incomodo sentarse con ella.
Hernando la cogio con delicadeza. Al menos no habia perdido la espada, pero... ?habria perdido a Fatima?
Hernando clavo las unas sobre el alfanje que le devolvio el morisco que montaba guardia frente a la tienda de Aben Humeya. Recorrio la mirada por el campamento, casi desierto tras la huida nocturna de gran parte del ejercito, y se dirigio al chamizo en el que se alojaban Brahim, Aisha y Fatima, pero a cierta distancia se escondio apresuradamente tras una de las chozas vacias: Fatima salia de la tienda. Llevaba a Humam en brazos. La vio alzar la cabeza al cielo, limpio y frio, y se parapeto detras del ramaje cuando la muchacha, con el semblante muy serio, se fijo en el campamento. ?Que decirle? ?Que lo habia perdido todo? ?Que acababan de forzarle unas bailarinas y habia despertado en brazos de una matrona depilada? ?Como mostrarse ante ella con el cuerpo aranado y el cuello y el rostro amoratado? Podia..., podia mentirle, si, decirle que el rey le habia retenido durante toda la noche. Podia hacer eso pero... ?Y si ella queria entregarse a el como le prometio? ?Como mostrarle su miembro desollado? ?Su entrepierna hinchada y mordida? Ni siquiera se habia atrevido a examinarlo con detenimiento, pero le dolia; le escocia al andar. ?Como explicarle todo aquello? La observo abrazar a Humam, como refugiandose en el nino. La vio acunarlo sobre su pecho, besarlo en la cabeza, tierna y melancolicamente, y desaparecer en el interior de la choza.
?Le habia fallado! Se sintio culpable y avergonzado, tremendamente avergonzado y, sin pensarlo, escapo de alli. Empezo a correr sin rumbo, pero al pasar por delante de la tienda de Aben Humeya, el guardia le detuvo.
—El rey quiere verte.
Hernando entro en la tienda, ofuscado y resoplando. Aben Humeya le recibio en pie, ya vestido, ostentosamente, como si nada sucediese.
—El ejercito... —farfullo al tiempo que indicaba hacia el campamento—. Los hombres... —Aben Humeya se acerco a Hernando y fijo la mirada en los moratones que aparecian en su cuello—. ?Han huido! —grito el muchacho incomodado.
—Lo se —contesto con serenidad el rey, no sin dejar escapar una picara sonrisa ante el aspecto de su visitante—, y no puedo recriminarselo. —En ese momento accedio a la tienda un monfi grande y fuerte, al que Hernando tenia visto y que se mantuvo en silencio—. Luchamos sin armas. Nos estan aniquilando en todas las Alpujarras. Despues de Paterna, el marques de Mondejar ha rendido muchos pueblos, pero se muestra magnanimo y les concede el perdon. Por eso huyen los hombres, en busca del perdon, y por eso te he mandado llamar. —Hernando hizo un gesto de sorpresa, pero Aben Humeya le contesto con una franca sonrisa—. Los hombres volveran, Ibn Hamid, no te quepa duda. Hace ya casi dos meses, tras mi coronacion, envie a mi hermano menor Abdallah en solicitud de ayuda al bey de Argel. Todavia no tengo noticias suyas. Entonces solo pude hacerle llegar una carta... ?palabras! —Anadio dando un manotazo al aire—. Hoy tenemos un cuantioso botin con el que procurar su voluntad. ?Mis hombres huyen, cierto, y la prometida ayuda no llega! Ahora mismo partiras con el oro en direccion a Adra. Te acompanara al-Hashum. —Aben Humeya hizo un gesto hacia el monfi que se hallaba en la tienda—. El embarcara y llevara el oro a Berberia, a nuestros hermanos creyentes en el unico Dios. Tu volveras a darme cuenta. El camino sera peligroso, pero debeis llegar a la costa y haceros con una fusta. Una vez en Adra, no os sera dificil conseguir lo necesario para cruzar el
